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Horas decisivas en Venezuela

¿Cuántas veces puede una oposición política salir derrotada de una prueba de fuerza sin que la situación se resuelva? ¿Cuántas veces puede desafiar el régimen vigente, exigir la renuncia de las autoridades e intentar reemplazar al gobierno apelando a medidas extremas… sin lograrlo? En estos días debería resolverse la crisis política venezolana.

No importa el signo y el juicio de valor que se le adjudique a una y otra parte en pugna. En cualquier hipótesis, la respuesta es inequívoca: si una de ellas tiene más fuerza real, habrá de imponerse sobre la otra; si hay paridad, la sociedad ingresa en una fase de desgobierno, desagregación creciente y decadencia en todos los planos.

Gobierno y oposición saben esto en Venezuela. Y cada uno sabe, más allá de los desesperados esfuerzos por distorsionar los resultados ante la opinión pública nacional e internacional, cuál es su fuerza efectiva para continuar una batalla en la que no cabe suponer tregua ni armisticio.

Las movilizaciones del jueves 10 y el domingo 13 de octubre pasado en Caracas completaron una etapa más en el desarrollo de la feroz lucha por el poder en Venezuela. Al término de la primera los líderes de la oposición al presidente Hugo Chávez se trenzaron en una pelea a puñetazos en el palco mismo desde donde debían comunicar a los manifestantes los pasos siguientes para lograr la renuncia del gobierno. La causa de semejante conducta estaba delante de ellos: pese al mecanismo de prensa automático que desde Caracas a Buenos Aires comunicó que habían marchado "más de un millón de personas" (O Estado de Sao Paulo, un diario habitualmente serio, tituló no obstante "entre uno y dos millones de personas"), la verdad es que los manifestantes no llegaban a sumar 200 mil (fuentes creíbles de Caracas sostienen que apenas superaban los 100 mil). Y ése no era el problema mayor.

Tamaña multitud es en cualquier caso una fuerza poderosa y significativa de una realidad social -para constatarlo basta preguntarse cuánto tiempo hace que en Argentina, con un tercio más de habitantes que Venezuela, no se ve una marcha de tales dimensiones- pero más que la mengua de la masa dispuesta a seguirla, la dificultad de conducción opositora estriba en su propia fragmentación, en la deserción de franjas importantes del empresariado y en el cambio de actitud de buena parte de las clases medias. Como quiera que sea, cuando la batahola terminó sobre el escenario, quien arrebató el micrófono fue el titular de la Central de Trabajadores de Venezuela (CTV), Carlos Ortega, quien ante la consternación de los dirigentes de Fedecámaras exigió la renuncia de Chávez "antes del miércoles 16" y anunció que de lo contrario lanzaría una huelga general el 21.

A poco que se conozcan los acontecimientos previos a la marcha del 10, se entiende mejor el nerviosismo de los dirigentes de la Coordinadora Democrática que se trenzaron a golpes frente a sus seguidores y ante las cámaras de televisión de todo el mundo. En los días previos el ministerio de Interior había desbaratado y expuesto el plan que apuntaba a repetir el mecanismo del 11 de abril pasado, cuando las fuerzas armadas destituyeron y detuvieron a Chávez, quien como se sabe fue devuelto a su cargo por una movilización de masas en todo el país, acompañada por sectores claves de las fuerzas armadas que rechazaron el golpe. En esta oportunidad el hombre designado para asumir la presidencia era Enrique Tejera París (AD), quien junto con el general Raúl Salazar Rodríguez (Copei), son denominados en Caracas como "los hombres de Washington".

Tejera París, llamado "el Kissinger Venezolano", es un anciano de larga trayectoria en la cúpula del poder. Artífice del Pacto de Punto Fijo (el acuerdo entre Acción Democrática y Copei mediante el cual ambos partidos se turnaron en el ejercicio del poder durante casi medio siglo), fue abogado de empresas petroleras, funcionario de la ONU, funcionario de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, embajador de Venezuela en Washington, presidente del Banco Industrial y presidente alterno de la Corporación Venezolana de Petróleo, antes de ocupar la cartera de Relaciones Exteriores en 1989 y embajador ante la ONU durante la segunda administración de Carlos Andrés Pérez.

En las filas de la Coordinadora Democrática se reconoce a Tejera París como máxima figura intelectual de esa estructura que incluye a AD, Copei, CTV y Fedecámaras.

Pues bien, diez días antes de la marcha, la vivienda de Tejera París fue allanada por fuerzas del ministerio de Interior, donde se descubrieron documentos, videos y grabaciones de reuniones en las que se preparaba un golpe de Estado y la designación como presidente de este célebre anciano. En una de las grabaciones se urgía a consumar el golpe "antes del 6 de octubre, porque si gana Lula después será imposible".

Aunque el informe oficial no identifica la voz, es posible asociar esa premura con la que movió a Ortega, tras hacerse del micrófono a los golpes, a poner como día D el 21 próximo (la segunda vuelta en Brasil es el 27). La presunción respecto del dueño de la voz apresurada vacila sin embargo ante la noticia que daría Ortega, el mismo domingo 13, tras la marcha de los partidarios del gobierno. Allí, ante una multitud que cubrió 19 kilómetros a partir del escenario en la Avenida Bolívar (aproximadamente un millón 800 mil personas, según periodistas venezolanos que contaron con fotografías aéreas para hacer el cálculo), Chávez preguntó si debía aceptar la conminación de Ortega de renunciar antes del 15. Tras la previsible respuesta, el presidente desafió entonces al titular de la CTV a realizar el paro, dando por seguro que no tiene la fuerza necesaria. La réplica de Ortega fue adelantar la huelga general para el miércoles 16, día siguiente al que se redactan estas líneas.

De modo que los hechos que fatalmente llevan a una definición están desarrollándose ahora mismo. Para interpretarlos puede ser útil saber que luego de la detención domiciliaria de Tejera París y el conjunto de las acciones tomadas desde el ministerio de Interior, en la superficie del acontecer político venezolano se percibió un significativo cambio de actitud por parte de Washington. "Estados Unidos ha bajado el nivel de crítica que tenía antes de abril y se ha mostrado más pragmático y moderado en sus posiciones, ahora más apegadas a la Carta Democrática de la OEA, que condena toda ruptura del hilo constitucional", dice un medio de prensa insospechable1, para agregar enseguida con inocultable rencor: "La moderación (de Washington) también le sirve para lavarse la cara por su cuestionada participación en los sucesos de abril".

Es como el episodio de pugilato en el escenario de la Coordinadora Democrática… pero a distancia. Y en este caso ocurre entre el máximo medio de prensa de la oposición antichavista y la fuerza que hasta el traspié de Tejera París seguía moviendo los hilos de la conspiración.

Aun antes de conocer el desenlace de la anunciada huelga general, es posible concluir que la honda e irreparable fractura social y política que marca el curso de Venezuela desde hace tres años tiende a resolverse, en la coyuntura, con un saldo favorable a Chávez: en su discurso del domingo 13 señaló que la revolución bolivariana ya demostró suficientemente su capacidad de defenderse. Ahora, dijo, deberá mostrar su capacidad ofensiva. Una ofensiva destinada a aumentar los niveles de organización popular, a controlar y hacer funcionar correctamente el aparato del Estado, y una ofensiva económica, cuyos términos no aclaró.

Vuelco geopolítico

Por otra parte, son pocas las dudas respecto del resultado de la segunda vuelta electoral en Brasil. De modo que el curso actual de los acontecimientos podría ser interpretado como un afianzamiento de Chávez dentro y fuera de las fronteras venezolanas, o lo que es lo mismo, como una derrota de proporciones de la Coordinadora Democrática.

Si esta presunción se confirma, en realidad su dimensión excede por mucho a la realidad política venezolana. Según se pudo leer durante las últimas semanas en diversos medios y por expresiones de comentaristas ubicados a uno y otro lado del arco ideológico, analistas del Departamento de Estado alertan sobre un "nuevo eje del mal" (la expresión alude a la del presidente George W. Bush para definir como enemigos a Corea del Norte, Irán e Irak), formado por Caracas, La Habana y Brasilia. "Gobiernos y partidos opositores de izquierda de América Latina empezaron a prepararse para el vuelco geopolítico que podría acarrear la victoria del ex sindicalista Luiz Inacio Lula da Silva en la elección presidencial de Brasil, considerada en la región como inevitable"2.

Es una percepción aguda. Aunque algo tardía. El vuelco geopolítico ocurrió hace ya tiempo y viene determinando el conjunto de grandes líneas de acción por las cuales transitan los países de América Latina, y Estados Unidos frente a ella. Le Monde diplomatique Edición Cono Sur registraba en noviembre de 1999: "en el país de Simón Bolívar afloran corrientes subterráneas anunciadoras de alteraciones trascendentales a una escala que excede con largueza la geografía venezolana: en diez meses se reconstituyó la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), el barril de crudo aumentó alrededor de 300%, con el impacto que esto supone para la economía mundial. Al mismo tiempo, un brutal giro de los ejes geopolíticos del hemisferio pone en cuestión el significado estratégico del Mercosur para proyectar una nueva línea, con apoyo en Brasilia y Caracas"3.

La probable victoria del Partido dos Trabalhadores de Brasil el próximo 27 de octubre acentuaría significativamente aquel giro, a tal punto drástico que pasó en buena medida inadvertido. La perplejidad y posterior incomprensión de los resultados del fallido golpe de Estado en Venezuela en abril pasado, así como las interpretaciones desnortadas (y en algún caso que ahora busca reubicación, sorprendente) respecto de qué significaba el hecho de que Chávez no hubiese lanzado una contraofensiva devastadora al recuperar su cargo el 14 de abril, fincan precisamente en limitar el análisis a la circunscripción venezolana. Es curioso que esto ocurra incluso a plumas cuya mayor energía en los últimos años estuvo apuntada a escribir acerca de la "globalización". Este concepto, viejo de cinco siglos, tiene sin embargo carnadura nueva en la América Latina contemporánea: ningún país puede orientar (ni tan siquiera entender) su rumbo si mira la realidad fronteras adentro. Ocurrió así en el siglo XIX. Y se repite en la era de la más formidable revolución tecnológica de la historia humana. Chávez y Lula configuran en efecto un nuevo eje continental. Y a nadie escapa que por detrás de esa fotografía nueva del hemisferio se recorta la alta figura de Fidel Castro.

¿Nuevo eje del mal? Sin estudiar filosofía, más de 400 millones de personas, de las cuales 260 bajo el nivel de pobreza, definirán acerca del mal y del bien en un futuro que ya comenzó.

  1. María Teresa Romero, "Del coqueteo entre USA y Chávez"; El Universal, Caracas, 9-10-02.
  2. "Latinoamérica atenta ante ola izquierdista"; El Universal, Caracas, 9-10-02.
  3. Luis Bilbao, "La revolución pacífica del comandante Hugo Chávez", Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, Buenos Aires, noviembre 1999.
Autor/es Luis Bilbao
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Temas Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Venezuela