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Los maoístas ganan terreno en Nepal

Nepal enfrenta desde 1996 una insurrección conducida por el Partido Comunista Nepalés-Maoísta. También crece la sombra de sus vecinos: China –quiere reforzar las rutas que llevan del Tíbet a Nepal– e India, objetivo de los maoístas, que tejen su red con los partidos hermanos de ese país. El embrollo perturba aun más el juego geopolítico del Himalaya.

En el marco de un conflicto que ha provocado cerca de 8.000 muertos desde 1996, la rebelión armada de corte maoísta extiende su control sobre una parte considerable de Nepal. Con una generación de retraso, el maoísmo nepalés se inspira en lo que fue el movimiento revolucionario marxista-leninista de la región india de Bengala occidental en los años 1960. Ha reivindicado su filiación con el naxalismo bengalí1 y, en ambos casos, se ha visto un extremismo de izquierda que se radicalizaba y entraba en la lucha armada, mientras las fuerzas comunistas tradicionales aceptaban el juego electoral2.

Los maoístas nepaleses se han convertido en miembros de un juego político triangular donde el gobierno, nombrado por el Palacio Real, se impone sobre los partidos políticos parlamentarios. Mientras tanto, la "guerra del pueblo" se alterna con fases de diálogo entre el poder y los insurgentes, conducidos por un dunvirato constituido por el ideólogo del movimiento Baburam Bhattarai y el presidente del partido, Pushpa Dahal, llamado Prachanda ("el Terrible").

En 1990 una alianza entre el Partido del Congreso Nepalés y el Partido Comunista Nepalés le impuso al rey Birendra, por medio de un poderoso movimiento de agitación popular, la implementación de una monarquía constitucional basada en una democracia parlamentaria. Fue una verdadera revolución en un país gobernado durante un siglo por una dinastía hereditaria de primeros ministros, y retomado luego por monarcas que prohibieron a los partidos políticos.

Llamado a la guerra popular

El Partido del Congreso Nepalés ganó las elecciones en 1991, pero el Partido Comunista Nepalés –denominado también United Marxist Leninist (UML) después de haber reincorporado a varios grupos disidentes– lo siguió bastante de cerca; tanto como para gobernar durante un año, en 1994-95. La franja comunista radical, que había criticado la desviación parlamentaria del Partido, se organizó en 1995 y estructuró el Partido Comunista Nepalés-Maoísta (PCN-M), que al año siguiente lanzó un llamado a la guerra popular. Se apoyaba en un programa de 40 puntos, una mezcla de reivindicaciones políticas y sociales, y de aspiraciones nacionalistas contra "los imperialistas" (estadounidenses) y "los expansionistas" (indios). La tierra para los campesinos, la lucha contra la existencia de intocables y contra las discriminaciones de casta (el 86% de la población nepalesa es de religión hindú), la igualdad para las hijas mujeres en cuestiones hereditarias y la igualdad de todas las lenguas de Nepal (el nepalés gana por lejos, pero existe alrededor de una docena de otras lenguas) son otras tantas reivindicaciones socioculturales de la ideología revolucionaria.

Políticamente, el PCN-M se declara partidario de un Estado laico (cuando el reino es el único Estado oficialmente hindú en el mundo), de la abolición de los privilegios reales (sin ser explícito sobre la abolición de la monarquía) y de una nueva Asamblea Constituyente.

Los maoístas comenzaron su acción en dos distritos del oeste del país, Rolpa y Rukum, donde ya existían bastiones de extrema izquierda. Adoptaron la estrategia de Mao consistente en "cercar a las ciudades desde el campo", contando con condiciones naturales favorables para una guerrilla de montaña. Sus acciones apuntan tanto a los notables como a los usureros, a los responsables administrativos y a los policías. Pero estos revolucionarios también saben usar, muy hábilmente, las identidades étnicas, marcando simbólicamente su territorio: los antropólogos señalan hasta qué punto han sabido aprovechar las culturas existentes, al mismo tiempo que parecían ser los únicos capaces de expresar vigorosamente en los espacios públicos las frustraciones económicas de una población hundida en un subdesarrollo3 que provoca la emigración hacia India para, entre otras posibilidades, enrolarse en los célebres regimientos gurkhas.

Desde sus bastiones rurales del Medio Oeste, el movimiento maoísta ganó terreno de a poco, combinando reivindicaciones populares con una violencia que vira al terror. La guerrilla, sus milicias y sus tribunales populares, que ejecutan a los "enemigos de clase", son eficaces ante una policía poco querida y a la cual el rey Birendra le confió la exclusividad de la represión. El movimiento controla cada vez más cantidad de zonas grises que pasan a estar bajo su gobierno local paralelo –en 2001, al menos cinco distritos de los 75 del país– al mismo tiempo que gana influencia en otros 25.

El 1 de junio de 2001, una carnicería diezmó a la familia real. Durante una comida familiar, el príncipe heredero Dipendra acabó con sus padres y parientes, antes de volver el arma contra sí. Murió tres días más tarde. Su tío Gyanendra, ausente ese día, era el único heredero directo del difunto rey que quedó vivo. En contra de la tesis oficial de un "momento de locura debido a una pena de amor", muchos nepaleses creyeron en un complot. Ésta fue también la tesis nunca probada de los maoístas, que denunciaron una conspiración contra el rey Birendra, demasiado liberal para recurrir al ejército contra los insurgentes.

Cuando el rey Gyanendra subió al trono, los maoístas ya habían asestado graves golpes al régimen, y el Partido del Congreso Nepalés en el poder, dividido respecto a la política a seguir frente a la insurrección –y también castigado por luchas intestinas–, dio pruebas de su debilidad. El primer ministro Girija Prasad Koirala renunció el 19 de julio de 2001 y fue reemplazado por Sher Bahadur Deuba, un nuevo dirigente del partido. Éste creía que los maoístas buscaban una salida política a la crisis, pues el PCN-M multiplicó los contactos con los partidos de la izquierda parlamentaria.

El PCN-M y el gobierno acordaron un alto el fuego. El diálogo se instauró, pero los encuentros de agosto, septiembre y noviembre fracasaron. Deuba anunció reformas que retomaban algunos puntos del programa social del PCN-M, pero no pudo ceder a las demandas referidas a la abolición de la Constitución, que abrían el camino a un régimen republicano. Hacia fines de noviembre los maoístas retomaron la lucha: lucha política, con una huelga general de tres días; y lucha armada, por medio de operaciones en todo el país y ataques realizados directamente contra los militares, a quienes el rey Gyanendra, a diferencia de su hermano difunto, decidió involucrar en el conflicto.

Ante una recomendación del gabinete, el rey proclamó el estado de emergencia el 26 de noviembre de 2001. El 11 de septiembre había tenido su influencia: los "insurgentes" se convirtieron en "terroristas", y el ejército se dedicó a reducirlos, con el apoyo de asesores estadounidenses, luego de la breve visita del secretario de Estado estadounidense Colin Powell a Katmandú el 18 de enero de 2002. Powell ofreció al gobierno armas livianas y financiamiento.

Ocho años de insurrección

Declarado por tres meses, el estado de emergencia fue prorrogado por el rey a pedido del Primer Ministro, quien fue inmediatamente expulsado del Partido del Congreso Nepalés por Girija Prasad Koirala, que temió un fortalecimiento del poder real. Al mismo tiempo, dos llamados del líder maoísta para un nuevo cese del fuego fueron rechazados, y el ejército reforzó sus operaciones. Por primera vez, el "camarada Prachanda" exigió la organización de una reunión con los partidos políticos, el Palacio y el Ejército; una manera de reconocer que el rey tiene una función que cumplir.

El 4 de octubre de 2002 el rey destituyó a Deuba, postergó las elecciones previstas para noviembre y constituyó un gobierno "apolítico" dirigido por Lokendra Bahadur Chand en el cual cohabitan miembros de la "sociedad civil" y políticos cuidadosamente elegidos para dividir a las fuerzas parlamentarias. Condenando la destitución de Deuba, los maoístas iniciaron paralelamente una política de llamado al diálogo y de intensificación de las operaciones en una cantidad de distritos cada vez más numerosa: 55 de los 75 distritos hacia fines del 2002. Las fuerzas políticas se dividieron. El Partido Comunista, que se oponía a la demanda maoísta de una Asamblea Constituyente, preconizaba reformas constitucionales graduales, mientras Girija Prasad Koirala seguía exigiendo la convocatoria a la Asamblea disuelta por el rey.

A fines de enero de 2003 los maoístas declararon un nuevo cese del fuego. Mientras las fuerzas pro parlamentarias se encontraban en un punto muerto, los agentes del rey dialogaban con los insurgentes, que continuaban su trabajo político en el terreno. En marzo ambas partes adoptaron un "código de buena conducta". Fue una victoria importante para los maoístas, que se mueven con habilidad. En principio, el acuerdo restringía la violencia de ambos lados. De hecho, redujo los márgenes de maniobra del ejército y otorgó cierta legitimidad al poder del PCN-M y a su brazo combatiente, el Ejército Popular de Liberación. Al mismo tiempo, los maoístas solicitaron la participación de todas las fuerzas públicas en el proceso de paz y de reforma, y que se tome en cuenta a todos los grupos sociales desfavorecidos, aunque sin mencionar la abolición de la monarquía.

Al verse en peligro de quedar marginados, los partidos políticos lanzaron un movimiento de agitación masiva en mayo de 2003. La renuncia del primer ministro Lokendra Bahadur Chand, el 30 de mayo, "para favorecer la reconciliación nacional", resultó ser un signo más de la confusión política predominante.

El avance maoísta plantea un problema en sí mismo, que el rey Birendra había dejado crecer. Su sucesor, más activo, utiliza la insurrección para marginar a las fuerzas políticas favorables a un régimen parlamentario; éstas, por su parte, sospechan que el rey quiere restablecer un régimen autoritario. Pero el poder de los maoístas revela una crisis más grave, estructural, que les da cierta popularidad, más allá de la cobertura territorial de las milicias y del terror de la "guerra del pueblo".

La denuncia de las desigualdades, el llamado al respeto de las pluralidades y el nacionalismo de un proyecto económico muy anti-indio encontraron un eco que explica, en parte, el crecimiento del movimiento. Hoy resulta difícil decir si los maoístas esperan su hora para intentar una revolución radical o si se darán por satisfechos con una integración a las estructuras del poder que les permita aplicar algunos aspectos del programa de 40 puntos.

Sin embargo, las cancillerías se alarman. Pekín se ha desmarcado totalmente del movimiento, acusado de empañar el nombre de Mao Zedong. China no puede alegrarse de ver a asesores estadounidenses operando en Nepal. Desde el 11 de septiembre se ha reforzado la presencia estadounidense en Asia Central, en Afganistán y en Pakistán, mientras los ejércitos indio y estadounidense multiplican las maniobras conjuntas. En lo que se refiere a India, frecuentemente acusada en Katmandú de dejar que los maoístas utilicen su territorio, e incluso de alentarlos bajo cuerda, no se ve bien qué ganaría con una desestabilización en Nepal. Con más razón cuando los maoístas del PCN-M denuncian abiertamente los intereses económicos indios, y podrían reforzar los movimientos maoístas que desestabilizan Bihar y Andhra Pradesh.

India y Nepal pudieron renovar en 2002 el tratado comercial de 1996, y Nueva Delhi señaló al entonces Primer Ministro nepalés su inquietud respecto de que agentes de los servicios de inteligencia pakistaníes utilicen su país en beneficio de grupos de la yihad activos en Cachemira o de movimientos que buscan desestabilizar al Estado indio. Los recientes signos de un estrechamiento en las relaciones chino-indias deberían permitir calmar el juego en una frontera cuestionada por ambos países, desde Cachemira a la Línea MacMahon4, pasando por Sikkim, territorio indio siempre reivindicado por Pekín.

Sin embargo, el Himalaya sigue siendo un arco de crisis, abiertas o sordas –Cachemira, Nepal, Tíbet–, flanqueado por zonas de riesgo como la región china de Xinjiang5, agitada por las reivindicaciones uigures que explotan las redes islamitas, y el Nordeste indio, alrededor de Assam, con focos separatistas controlados pero recurrentes. Enclavado entre los dos gigantes nucleares de Asia, en lucha contra una insurrección maoísta, Nepal parece retrasado en la Historia escrita por el pensamiento político actualmente dominante. Pero hay que estar atentos. El siglo XXI puede reservar sorpresas.

  1. Referencia al poblado de Naxalbari, al norte de Bengala, donde se realizaron las primeras operaciones de la "guerra del pueblo". Los naxalitas fueron aplastados en pocos años, aunque movimientos paralelos perduraron en Bihar y en Andhra Pradesh, pero sin amenazar realmente el poder del Estado.
  2. India tiene todavía bolsones que podrían llamarse naxalitas: en Bihar, cerca de Nepal, se desarrolla el Centro Comunista Maoísta, mientras en Andhra Pradesh no se logra reducir al Grupo de la Guerra del Pueblo. En julio de 2001, estos dos movimientos, el Partido Comunista Nepalés-Maoísta y otras seis formaciones de la India, Bangladesh y Sri Lanka, crearon un Comité de Coordinación de los Partidos y Organizaciones Maoístas del Sur de Asia, de alcance más simbólico que funcional, ya que sólo los tres primeros movimientos tienen un peso efectivo.
  3. Nepal, con 140.000 kilómetros cuadrados y 26 millones de habitantes, está en el puesto 142 del índice de desarrollo humano.
  4. La Línea MacMahon fue el resultado de un acuerdo firmado en 1914 entre el Imperio Británico y el Tíbet. China la recusa, y la atravesó durante la guerra contra India en 1962.
  5. Ilaria Maria Sala, "Asimilación forzosa en el Xinjiang chino", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2002.
Autor/es Jean-Luc Racine
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 49 - Julio 2003
Traducción Lucía Vera
Temas Sectas y Comunidades
Países India