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Recuadros:

Mongolia, el país de la estepa gris

Rodeada por China, Rusia y el mundo turco-iraní, Mongolia, tierra de paisajes vacíos e infinitos, ha debido jugar un papel sutil para preservar su identidad y no someterse indefinidamente a los imperios. Inspirado por las fotografías de Sophie Zénon, el autor de este artículo, nacido en una familia de pastores nómades, demistifica los lugares comunes sobre la civilización mongol nómade y chamánica, y narra la vida en las estepas, dura, solidaria. Un mundo donde el tiempo es más largo que en otras partes…

En la estepa de Mongolia la mayoría de las cosas adquieren un significado que rompe con la época actual, y que es en ciertos aspectos arcaico. Tal es el caso del techo que protege a los hombres, la carpa circular hecha con madera y fieltro, que fuera de nuestras fronteras llaman yurt. En nuestra tierra, la mirada de quien camina está siempre atenta, e inevitablemente resulta excitante el momento en que la yurt aparece en algún punto, en los confines de la estepa infinita, como un corazón que late, solitario. Pues donde se la encuentra, se encuentra el agua, la vida, el calor durante el invierno riguroso y la frescura en medio de los veranos ardientes. La puerta de la yurt está abierta para todos. Aunque no haya nadie, hay que entrar sin dudar, servirse bebidas o alimentos, encender el fuego para preparar la comida. El anfitrión, que estará aún en camino con su manada de animales, y que posiblemente tenga hambre y sed, calor o frío, acabará por llegar...

La yurt difícilmente tiene un diámetro superior a seis pasos, y seis visitantes llegados del mundo suntuoso donde -dicen- reina el bienestar, alcanzan para llenarla totalmente. Sin embargo, cuando es necesario, puede cobijar hasta sesenta personas. De un lado se aprende a separar los codos y las rodillas, y del otro a plegarlos.

Lo mismo puede decirse sobre las distancias. Para recorrer un örtöö, unidad equivalente a 30 kilómetros, a menudo se requiere toda una hora de auto, y a veces más. Y esa hora parece más larga que todas las otras que se dejaron pasar despreocupadamente en cualquier lugar del mundo. Una vez en la estepa, uno queda tan a merced del tiempo, del puro tiempo de vida, que todas sus olas y sus rayos penetran en cada poro de la piel. Ellos pueden calentar o refrescar la delgada capa interior, vuestros paisajes íntimos, trabajando activamente sobre lo que acabó por aislarlos y recubrirlos como una muralla invisible pero impenetrable, oponiéndose a la vivacidad primitiva, siempre sensible, de las células del cuerpo humano.

Y lo que vale para una hora, vale para todo el día, que aquí dura más tiempo que en otras partes. No se trata de una simple sensación que haría dudar y sonreír a cualquier materialista, sino de un hecho mensurable: la última vez que visité a mi tribu 1 en la estepa montañosa del Alto-Altai, el 16 de julio de 2002, el jeep al que yo había subido más de cinco horas antes en la ciudad del distrito, a 110 kilómetros de allí, recién alcanzó su meta poco antes de las 23; y aún era de día. Para satisfacer rápidamente a quienes desean una explicación, digamos que Mongolia forma parte del techo del mundo y que no está demasiado lejos del Polo Norte. Pero abandonemos ese terreno de la lógica escolar europea: a pesar de haber llegado tan tarde, era impensable irme a dormir inmediatamente. Hubo que tomar un té antes de medianoche, comer una carne luego de medianoche y, entre tanto, contar las novedades acaecidas desde el último encuentro. Y así pasaron otras tantas horas.

En la estepa el tiempo es más largo que en otra parte. Esa apreciación se verifica permanentemente. Así ocurrió ayer, cuando yo estaba frente a Damdin, que con 58 años es el más viejo de la tribu Alalar. Es un sabio de cabellera blanca, que en una breve vida humana entendió lo que en otros lados sólo pueden captar -como mínimo- tres generaciones sucesivas. Su piel me hacía pensar en un paisaje del desierto, el sudor que corría por su frente arrugada parecía agua de lluvia resbalando sobre el tronco de un álamo y llenando con su brillo los surcos de su corteza. Lo mismo ocurrió hoy frente al joven Taewing, de 22 años, que se ocupa de los caballos. Su piel y su mirada, como sus ideas, parecen diferentes y más maduras que las de los jóvenes de su misma edad que viven en la ciudad. El tiempo debe haber venteado y soplado durante más tiempo sobre él y en él; podría decirse que con su cerebro de niño y su estómago de león es capaz de rivalizar con más de un hombre de treinta años de hoy en día.

Una idea muy extendida pretende que la civilización mongol nómade y chamánica posee varias características poco halagadoras a juicio de nuestros contemporáneos: pereza, glotonería, lentitud, superstición, impureza, etc. Ciertamente, la nación mongol no tiene nada de una raza de señores que sobresaldría por sus nobles atributos, como algunos quisieran afirmarlo, en referencia a Gengis Khan (hombre del milenio) y al cuño azul mongol (sello celeste). Pero la mayoría de las faltas de que se nos acusa, o bien son mentiras intencionales, imputables a un sentimiento de venganza hereditario que remonta a pasadas derrotas, o bien se deben a malentendidos.

Es cierto que los nómades viven a otro ritmo, condicionados por la actividad que les permite subsistir. A lo largo de todo el año, bajo el sol, la luna o cualquier constelación, hay que ocuparse de las manadas de animales y protegerlas. Mientras que la agricultura exige de los trabajadores una dedicación total en la estación cálida y el trabajo en las fábricas se realiza únicamente por turnos, el pastor nómade debe repartir sus energías a lo largo del año, y hasta de su vida, pues no está protegido ni durante la infancia ni cuando llega la edad de retirarse.

En la estepa el clima es caprichoso y los mismos animales pueden mostrarse imprevisibles. Hay que estar siempre atento y preparado para cualquier eventualidad. ¿Cuál es la mejor manera de lograrlo? Reflexionando en silencio, con los sentidos tensos y los músculos relajados; manteniéndose exteriormente tranquilo pero experimentando una gran tensión interna. Gracias a mis capacidades orales y librescas, adquiridas a través del arte escolar europeo de la medida y el cálculo, puedo ver que mi padre, que pasó 74 años en este mundo, supo apropiarse las experiencias esenciales alcanzadas por la humanidad en el curso de los últimos 1.500 años. Era un hombre que no podía soportar las palabras vanas y que solía decir: "¿Por qué perder el tiempo sentado conversando? ¡Más bien pregúntese qué es lo que aún falta hacer! ¿Hay afuera suficiente estiércol como para calefaccionarnos? ¿Y hay adentro bastante para comer? ¿Todos los zapatos están secos? ¿Toda la ropa está en su lugar? ¿Han dormido todos suficientemente? ¡Al menos hay que tomarse el tiempo para hacer sus necesidades!"

Los extranjeros parecen no imaginar toda la tensión que reina en la vida de un pastor nómade. Por eso me duele cada vez que oigo hablar de la supuesta pereza de los mongoles. En cuanto a la glotonería, recordemos que comer para almacenar de vez en cuando energías simplemente forma parte de nuestro sistema de vida. Pues a menudo ni siquiera sabemos cuándo tendremos tiempo para sentarnos y calmar el hambre y la sed.

Que muchas personas no se laven a fondo, y para colmo no muy seguido, es injustificable. Pero si se habla de la pureza, puedo decir lo siguiente en toda conciencia: el polvo, la arena, la tierra, el barro, son cosas que existen en esta parte del mundo, pero la suciedad, de ninguna manera.

Contrariamente al tiempo, que aquí es más largo, el crecimiento de todas las cosas es más breve. Esto vale para la hierba, los árboles, los animales y las personas. Todos ellos tienen dificultad para crecer y siempre son de pequeña estatura. Pero hay mucho valor nutritivo en la hierba corta, valor calórico en el pequeño árbol, resistencia en el diminuto caballo y fuerza en el hombre de baja talla, como si la estepa brindara generosamente su sustancia a todo lo que surge de ella. La estepa, indiscutiblemente inmensa y poderosísima, es el núcleo y la estructura de nuestra patria mongol. 

Por otra parte, únicamente quien captó la multitud de símbolos que hay en un owoo puede comprender hasta qué punto los elementos, como el agua, la tierra o el aire, bajo todas sus formas y denominaciones, están arraigados en la conciencia de los hombres, y hasta qué punto ejercen una fuerte influencia. El owoo es la fórmula visible y tangible de la veneración del pueblo nómade por el "gran todo" y por cada una de sus partes. Saber reunido a sus pies un bien espiritual, la totalidad de los acontecimientos rutilantes en el espacio material y cuasi material de todos los mundos; saber amontonadas sus preocupaciones personales sobre un montículo de piedras, verdadero ombligo del universo creado por las propias manos, todo eso es algo demasiado grande para denigrarlo llamándolo superstición. Si aquí es necesario apelar permanentemente a los espíritus, es porque se puede percibir su omnipresencia y porque se sabe que necesitan del respeto de los hombres.

La Mongolia chamánica está en el centro de nuestro tiempo, igual que el Tíbet budista, el Vaticano cristiano, la Meca islámica u otros sitios del mundo, y vive también esos cambios y transformaciones que determinan nuestra existencia sobre el planeta. La aceleración de los ritmos y todo lo que resulta está hundiendo cada vez más y cada vez de manera más irremediable al país de la estepa gris. Cosas nuevas nacen, viejas cosas mueren. Y eso no concierne únicamente lo visible, si no también lo invisible: los enfoques y los puntos de vista.

La cronología mongol tradicional se base en un cálculo por períodos de sesenta años, en lugar de cien como en la mayoría de los países. Esos sesenta años se refieren a un ciclo de doce años y a sus cinco colores. El año 1990, que marcó una ruptura en todo el mundo, aquí fue el año del caballo blanco. El año 2002 fue también del caballo, pero negro esa vez. Por lo tanto, un ciclo interno concluyó, lo que permite hacer un pequeño balance provisorio: la civilización nómade mongol está amenazada como nunca antes, pero seguirá siendo capaz aun durante mucho tiempo de salvaguardar los pilares que la sostienen. Estos son la estepa, la yurt, el deel (vestido nacional mongol) y el caballo. Por ahora, ninguno de ellos está en peligro. El mundo de la estepa, cuya belleza inigualable se venga de tanto en tanto, y la vida que se desarrolla en su seno seguirán existiendo, con su perfume, su color y su sabor únicos.

  1. La de los nómades tuvas (ampliamente sedentarizados actualmente), en Mongolia occidental.

El “medio de los imperios”

Rufin, Jean-Christophe

Más que nunca, Mongolia es el “medio de los imperios” como dijera Michel Jan. Entre Rusia, China, y el mundo turco-iraní, la estepa mongol, lugar vacío o casi, está rodeada de poderosas civilizaciones. A merced de sus diferentes expansiones, Mongolia resultó sacudida, codiciada, sometida. Sin embargo, no dejó de jugar su papel –sutil– en ese gran juego. En los peores momentos de lo que podría considerarse su sometimiento, supo mantener su identidad y transformar a sus pretendidos conquistadores en protectores. Así es como el largo período soviético permitió a Mongolia preservarse del avance del imperio chino.
Sin embargo, hoy en día el país se ve confrontado no sólo a cambios de alianzas y de relaciones de fuerza, sino también a rápidas transformaciones sociales. Esa situación, paradójicamente, lo coloca en uno de sus momentos históricos de mayor libertad, pero a la vez de mayor peligro para su propia identidad.
Mongolia, que asistió desde la primera fila al derrumbe de la URSS, fue víctima de una brutal avalancha de liberalismo salvaje. Las privatizaciones de los años 1990 alcanzaron un ritmo y una dimensión inimaginables en nuestras viejas economías socialdemócratas. La entrega de los bienes públicos permitió amasar rápidas fortunas a unos, pero hizo caer en la pobreza a poblaciones enteras.
País poco poblado, de tradición nómade y pastoral, Mongolia pagó con atraso la política de sedentarización forzada y de campesinado asalariado desarrollada en la época soviética. Ese sistema sólo pudo mantenerse por las importantes subvenciones estatales cuya repentina desaparición produjo un dramático empobrecimiento de los pastores. Estos son aún suficientemente nómades como para vender lo que les queda de sus manadas y aglutinarse en la periferia de las ciudades –en particular de Ulan Bator–, donde sólo el 30% de la población está establecida desde hace más de 5 años.
Así, la Mongolia actual está marcada por extremos tan violentos como los del clima, particularmente duro en los últimos años, con inviernos muy rigurosos a causa de los terribles vientos secos (Dzzüd). Se trata de un país rico por sus recursos naturales, pero poblado por muchos pobres. País turístico también, gracias a sus incomparables bellezas naturales, pero que oculta la fealdad de sus ciudades soviéticas, de sus villas miseria donde abundan las yurt miserables y de sus niños abandonados. País estratégicamente bien ubicado, que acepta la mano tendida de los estadounidenses –a raíz de la austeridad rusa– y de los chinos –a raíz de la falta de espacio–, Mongolia sabe que debe resistir a esos amigos que la aprecian demasiado. Por un lado debe evitar el liberalismo acelerado que le “aconseja” Estados Unidos, a la vez que desconfía más que nunca de China, que podría absorberla.
Ambos riesgos corren juntos: el gran centro de la actividad económica regional y de inversiones del Oeste está en China, y Mongolia tiende a volverse muy dependiente del mismo.
Nada es sencillo en este país que cultiva la apariencia de la simplicidad. Todo está marcado por lo infinito del espacio y del tiempo. Mongolia tiene un largo pasado y su preocupación consiste en preservar su esencia. Pero ese camino está comprometido como nunca antes.


Referencias

Índole del Estado: República. El actual presidente Natsagyin Bagabandy fue elegido por 4 años por sufragio universal.
Capital: Ulan Bator.
Superficie: 1.567.000 km2.
Población: 2.751.314 habitantes, de los cuales el 75% son mongoles jaljas.
Lengua oficial: mongol.
Densidad: 1,8 hab/km2.
Esperanza de vida: 65,3 años.
Mortalidad infantil: 21/1.000.
Religiones: budismo lamaísta y chamanismo.
Educación: obligatoria de los 7 a los 16 años. Tasa de alfabetización: 90%.
Tasa de desempleo: más del 20%.
Tasa de crecimiento anual: 1,4%.
PNB: 0,86 mil millones de dólares.
PNB por habitante en 2002: 430 dólares.
Presupuesto del Estado: 3% del PNB.
Índice de desarrollo humano: 113º en el rango mundial sobre 173 países.
Unidad monetaria: tugrik (1 euro=1.447 tugrik en julio de 2004).

Algunas fechas

1911: la caída de la dinastía imperial lleva a la separación entre Mongolia interior, que sigue vinculada con China, y Mongolia exterior, bajo influencia rusa.
1924: bajo protección soviética se proclama la independencia de la República Popular de Mongolia.
1946: China reconoce a Mongolia como Estado
independiente.
1961: admisión a la ONU.
1989: retirada de las tropas soviéticas.
1990: primeras elecciones libres.
1991: el Partido Revolucionario Mongol, comunista, renuncia al marxismo-leninismo.
1992: nueva Constitución.
2000: los ex comunistas vuelven al poder.


Autor/es Galsan Tschinag
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 62 - Agosto 2004
Páginas:20,21
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Sociología, Geopolítica, Sectas y Comunidades
Países Mongolia