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Recuadros:

“¡Por aquí no hay nadie!”

El gesto de piedad que está en el centro de la novela Soldados de Salamina 1, de Javier Cercas, indica la posibilidad de una nueva mirada a la guerra civil española, caracterizada por la brutalidad propia de una contienda concebida por ambos bandos como una cuestión de supervivencia, que sólo podía terminar con el aniquilamiento total del enemigo. Los nietos de aquella generación intentan una síntesis compasiva.

Un título enigmático, al igual que la forma literaria de este libro2. ¿Se trata de un reportaje, como parece al principio? Un periodista llamado Javier Cercas, presentado como mayor que el autor homónimo, huérfano de padre, separado de su mujer y que además ha renunciado a la literatura (aunque quienes conocen al verdadero escribiente saben que todo eso es inexacto), es enviado por su diario a hacer un artículo en ocasión de los sesenta años de la muerte del poeta Antonio Machado –máxima voz española del éxodo republicano– en Colliure (Francia), donde yace. Allí, este “reportero” se entera de que en el mismo momento en que Machado moría, los “rojos” derrotados fusilaban, cerca de Gerona, a Rafael Sánchez Mazas, el más célebre falangista, fundador del movimiento fascista español junto a José Antonio Primo de Rivera (fusilado a su vez por el Frente Popular en 1936).

A partir de ese momento vemos a nuestro narrador tras otra pista, que consiste claramente en la rehabilitación o exaltación de un “nacionalista” de talento, escritor, poeta, intelectual e ideólogo (en particular, co-autor del himno franquista Cara al sol, y primero en aullar el grito de su invención “¡Arriba España!”, ese Heil a la española que sería repetido hasta el cansancio por todas las emisoras hasta la muerte del dictador Francisco Franco, en 1975). Algo olvidado hoy en día, ese Sánchez Mazas no es otro que el padre de Rafael Sánchez Ferlosio, el más grande escritor español de la posguerra, autor de Jarama, citado con nombre y apellido en la investigación desde las primeras páginas del libro y es también el hijo que cuenta al periodista la ejecución de su padre. Fusilado por los republicanos al mismo tiempo que otros 49 franquistas, Sánchez Mazas escapó milagrosamente refugiándose en la espesura y, según Ferlosio, fue descubierto allí por un miliciano quien, mirándolo a los ojos, habría gritado “¡Por aquí no hay nadie!” a un auditorio invisible.

Esa frase determina todo el libro, toda la investigación de esta novela calificada por su autor como “relato real”, a falta de otra apelación plausible. Ese final, la compasión del miliciano, obsesiona al reportero hasta el punto de que pierde el sueño y se lanza temerariamente a una “investigación” propiamente histórica donde, sesenta años después, interroga entre otros a esos “amigos del bosque” que ayudaron a Sánchez Mazas en su huida, cuya foto ocupó la primera plana de la prensa española cuando publicó Soldados de Salamina, el año pasado.

Sánchez Mazas, que volverá a reunirse con la camarilla franquista, sabrá recordar aquel gesto de socorro y ayudará, en tanto le sea posible, a esos pobres fronterizos de la República, perseguidos. El retrato de ese hombre es pues positivo. Pero esta apasionante búsqueda de la verdad va a desembocar, ineluctablemente, en la figura del miliciano salvador y desconocido. ¿Realmente se trata de aquel comunista catalán, Antoni Miralles, quien después de su gesto se enroló en la Legión Extranjera en Francia y participó de la campaña de Chad con las tropas del mariscal Leclerc y liberó París?

Javier va a seguir el rastro de ese Miralles y acabará por dar con él en un asilo de ancianos de Dijon, donde pasa un día, en el último capítulo. Si bien no descubre nada decisivo, comprende todo y junto al lector adivina al final, cuando arranca el taxi que lleva al narrador de regreso a su hotel, que ese hombre que no dice nada ha mascullado una palabra esencial, un nombre, que lo dice todo. Así, quienes en otros tiempos hemos leído tanto a Jünger y a Sartre, comentaristas de la guerra y sus horrores (cómo no recordar la terrible y soberbia réplica de Los Secuestrados de Altona: “Sorprendí a la bestia, disparé, un hombre cayó, ¿vi a la bestia, viva aún, en sus ojos moribundos?”), comprendemos que el héroe en ningún caso es el que mata ni el que es matado, sino justamente quien lo salva, comprende y perdona.

La “novela” de Cercas termina con la intensa emoción del viejo hombre de armas compasivo que, luego de haberse confiado tanto y de llorar a sus compañeros desaparecidos en combate, se abalanza sobre el narrador para abrazarlo, exclamando: “Hace años que no estrecho a nadie entre mis brazos”.

Si hay una lección a extraer de este libro sorprendente, apasionante, original y logrado, consiste en ese abrazo entre la generación de la guerra y la de los nietos, que quieren saber y comprender, mientras los hijos prefirieron olvidar. Del otro lado de esa efusividad, en el antagonismo fraterno entre el falangista y el miliciano, ¿cómo no ver que lo que Javier Cercas nos propone es, a fin de cuentas, una auténtica reconciliación entre las dos Españas?

Sin duda que para Jorge Semprún (y Alain Resnais) la guerra había terminado hace mucho tiempo, pero cuarenta años después de esa constatación (la edad del narrador en el relato, la edad del autor cuando su libro es publicado), la guerra de España revive bajo esa nueva luz, con una tonalidad trágica propia de Esquilo (el de Los Persas) y con ese derecho de inventario a partir de testimonios orales que fue la exigencia de Heródoto, el creador de la historia (¿cómo olvidar que en griego “historiai” significa “investigaciones”?). Tanto Esquilo como Herodoto nos trasmitieron, cada cual a su modo, la antigua batalla naval de Salamina, primer gran osario de la historia y la derrota de un hombre –Jerjes– que había ultrajado a los dioses…

  1. En Salamina, en el año 480 a.C., los griegos ganaron una decisiva batalla contra el imperio persa de Jerjes. Esquilo, en su tragedia Los Persas, homenajeó el coraje de los griegos, y a los “soldados de Salamina”, que combatieron por la democracia y la libertad.
  2. Javier Cercas, Soldados de Salamina, Tusquets Editores, Barcelona, 2001.

El exterminio, objetivo final

Juliá, Santos

En su libro La Velada en Benicarló, Manuel Azaña, último Presidente de la República española, cuenta un episodio terrible, evocación personal de los primeros días de la guerra civil : “Una noche, a fines de agosto, estando yo acodado en la ventana de mi habitación para tomar fresco, sonaron tres disparos del lado del cementerio. Después, silencio… Luego, repentinamente, un gemido a lo lejos. Agucé el oído. El gemido volvió a empezar, más fuerte, hasta convertirse en un desgarrador alarido… Ya entre los muertos, el agonizante gritaba de horror… El grito llegaba derecho a mí. Empujé a dos o tres personas del hospital a la ventana. (¡Vamos a buscarlo; tal vez podamos salvarlo!) Se negaron; yo me obstiné; me lo impidieron. ¡No nos vamos a meter! A lo sumo, dar aviso a la municipalidad. La alertaron. El tiempo pasó. ¡Bang, bang! Dos nuevos disparos en el cementerio. El gemido cesó”.

Este episodio, dos tiros de gracia a un fusilado agonizante, resume la ferocidad de la guerra de España, la impotencia de unos, la cobardía de otros, la falta de piedad del resto. En ese sentido, por su brutalidad, esta guerra civil fue una prefiguración de lo que iba a ser la Segunda Guerra Mundial. Los republicanos y los franquistas sabían que estaban librando una guerra de supervivencia que sólo podía terminar con el aplastamiento total del adversario, sin esperanza de negociación ni de paz. En esas condiciones, la distinción entre soldados y civiles, combatientes y no combatientes, era pura ilusión. La crueldad, las torturas, las violaciones, los asesinatos, las ejecuciones, los tiros de gracia, la política de la tierra quemada, la eliminación masiva se convirtieron en rutina: en España, cientos de miles de civiles –muchos más que los soldados muertos en el campo de batalla– encontraron la muerte en esta guerra.

Desde el principio, en 1936, el conflicto tomó asimismo el cariz de una guerra de exterminio: los odios de clase, de religión, de nacionalidad (contra los vascos, catalanes, gallegos) desempeñaron un papel similar a los odios raciales o las limpiezas étnicas. Los discursos de guerra tanto de la rebelión militar como de la revolución social, estigmatizaban al enemigo como un “invasor extranjero” (fascista o bolchevique) a quien había que masacrar, aniquilar. Aunque no faltaron algunos proyectos en ese sentido por parte de la República, nunca se dio espacio a una perspectiva de mediación, ni de paz negociada. Cuando el Reino Unido, alentado por el Presidente de la República, intentó una mediación y solicitó el apoyo del Vaticano, un cardenal español declaró confidencialmente que nadie había comprendido el verdadero carácter de esa guerra, que se trataba de un conflicto que sólo podía terminar con la victoria total de uno de los antagonistas.

Y así fue efectivamente, con las consecuencias que conocemos: los cadáveres al costado de las rutas, los fusilados diseminados por los cementerios, las víctimas de los exterminios en las fosas comunes (véase el artículo de José Maldavsky) sobrepasaron en número a los caídos en el frente. Fue una guerra despiadada en la que el enemigo no era sólo el soldado de la trinchera de enfrente, sino también el civil que o bien había votado por el bando contrario, o bien había actuado como delegado de un partido o un sindicato en una mesa electoral, participado en una huelga, e incluso manifestado ideas contrarias a las del bando vencedor. En España, entre 1936 y 1939, a la hora de decidir la suerte de la vida del otro, si uno era civil, pertenecer al bando opositor equivalía a firmar la propia condena a muerte.

Durante el conflicto y durante la larga noche que se abatió sobre los vencidos, esta feroz brutalidad se alimentó con el mito de una “verdadera España” (la de los militares y la Iglesia Católica) en lucha contra una “anti-España” (la de los “Rojos”). El mito de dos principios eternos, enfrentados a muerte, no permitía escuchar en ningún momento las razones del bando adversario; por el contrario, alentaba a una política de sospecha, persecución y eliminación. La represión fue sin tregua. Luego, con el paso del tiempo, la definición de la guerra civil como “guerra contra un invasor” fue reemplazada, en la memoria colectiva, por una representación de la guerra como “guerra fratricida”.

Esta nueva memoria, que sirvió de fundamento moral a la firma de acuerdos entre las fuerzas políticas de la oposición y el exilio y diversos grupos disidentes del franquismo, en los años ‘60 y ‘70, implicaba una nueva visión de la historia, que valorizaba los principios de perdón y reconciliación antes que los de venganza, represalias y exterminio. La memoria de la guerra como guerra fratricida hizo posible una política de amnistía y reconciliación, en la medida en que implicaba una mirada compasiva y de perdón hacia el adversario.

Pese a la enorme cantidad de libros que se escribieron tanto en España como en el extranjero sobre este horrendo conflicto, ese discurso y esa memoria de la guerra carecía de una materialización literaria. Allí interviene Javier Cercas con su formidable novela-investigación, Soldados de Salamina. Ese episodio típico de las guerras de exterminio, la ejecución masiva de prisioneros sin juicio, alcanza su paroxismo en un momento de piedad debido al azar. Cuando el soldado que registra la zona da de narices con el fugitivo, lo mira fijamente y grita a sus compañeros: “¡Por aquí no hay nadie!”, salvándole la vida, lo que hace es rechazar la fatalidad de las políticas de exterminio y abrir una brecha para la piedad. Ese gesto abre la puerta a la reconciliación porque demuestra que durante la guerra existieron momentos de perdón.

La acción de ese soldado, miembro anónimo de un pelotón de ejecución, no tiene más motivación que su voluntad. En contrapartida, el grito de agonía en La Velada en Benicarló refleja lo que debía pasar en Madrid o en Barcelona, así como en Sevilla o Pamplona, en el verano de 1936. Lo mismo que tendría que haber pasado con el cautivo sorprendido en su escondite: Bang, bang… y adiós Rafael Sánchez Mazas.

Pero no fue así. En un acto de absoluta libertad, o tal vez de hastío frente a tantos muertos, esta vez el soldado no disparó, no dio aviso a sus compañeros. Miró fijamente a los ojos al fugitivo, dio media vuelta y abandonó la escena.


Los osarios de Franco

Maldavsky, José

Desde 1937, Isabel González, de 85 años, conoce la ubicación de la fosa común donde fue enterrado su hermano Eduardo, originario de Palacios del Sil, en la provincia de León, en el noroeste de España. Su amiga Asunción Álvarez, de 87 años, le había dibujado un mapa de Piedrafita de Babia, 40 kilómetros al sur de su pueblo. “Lo asesinaron los falangistas de Franco. Así sea después de tu muerte, tus herederos sabrán dónde se encuentra el osario“, le había dicho ella.

La aparición de las primeras osamentas en Priaranza del Bierzo, hace dos años, dio la razón a Isabel. Desde 1943, esta mujer de mirada decidida y voz firme ha ido en secreto, el 1º de noviembre de cada año, a Piedrafita de Babia, con un ramo de flores en la mano. “Para rendir homenaje a mi hermano, denunciado por el cura del pueblo. Todo lleva a creer que uno de los cuerpos encontrados luego de las excavaciones del año pasado, es el de Eduardo”, dice, con los ojos fijos en la tierra roja de la fosa común.

En Palacios del Sil, Isabel es casi la única que se atreve a hablar del pasado. El muro de silencio sigue allí, fijo en el tiempo. Su vecina Carmen, “la falangista”, pasa de largo sin saludarla. Desde hace sesenta y seis años. “Hoy estoy dispuesta a llamar a la puerta de los jueces que callan, de las autoridades políticas que se esconden detrás de la reconciliación nacional, del Rey que nunca hemos elegido, para reivindicar la memoria de mi hermano”.

Otro caso: el de Emilio Silva Fava, registrado como desaparecido desde 1937. Fue un vecino de Ponteferrada el que puso la pulga en la oreja de Emilio Silva, nieto del desaparecido. “Aquí en Priaranza del Bierzo, hay más muertos afuera del cementerio que adentro”. Con la ayuda de una pala, comenzó a excavar y apareció la osamenta de su abuelo, junto a otras, al pie de un nogal… Emilio Silva Fava había llevado una vida agitada. Había vivido en Argentina, después en Estados Unidos, antes de regresar a España en 1925, a su región natal del Bierzo. Once años después, estallaba la guerra civil y junto a otros doce republicanos iba a ser fusilado al costado de una ruta, a la altura del kilómetro 8 de la carretera nacional que lleva de Ponteferrada a Orense. Era el 16 de octubre de 1936. Hoy es el “desaparecido Nº 2” y forma parte de los trece de Priaranza que fueron encontrados en 2000 en una fosa común anónima.

El médico forense José Antonio Llorente confirmó que “el desaparecido Nº2” es un hombre, con el cráneo fracturado por dos balas… Lo que permitió identificar el cadáver fue su prótesis dental, realizada en Estados Unidos. La prueba definitiva llegaría más adelante, gracias a un test de ADN. El método aplicado por el doctor Llorente para estudiar los cadáveres encontrados en Priaranza es idéntico al que permitió analizar los cuerpos de algunas víctimas de la dictadura del general Pinochet en Chile, o de la represión de los estudiantes asesinados en 1968 en México.

“El tiempo apremia, ya que la localización de los osarios depende a menudo de la memoria de unos pocos testigos de edad avanzada, que conocieron la represión llevada a cabo por los seguidores del general Franco, durante y después de la guerra civil. Hace tiempo que venían a visitar las fosas comunes, en silencio, por miedo a ser denunciados. Pero ni siquiera los socialistas, entre cuyos militantes hay un alto porcentaje de desaparecidos, quieren hablar del tema”, dice Emilio Silva.

Eduardo González Lozada y Emilio Silva Fava forman parte de los cerca de 30 mil “soldados desconocidos” que siguen enterrados en algún lugar a lo largo de las rutas, sin sepultura digna de tal nombre desde hace 66 años. Los restos de opositores a la dictadura de Franco yacen todavía en fosas comunes clandestinas. La guerra civil terminó el 1º de abril de 1939, pero cuando el miedo se convierte en un modo de vida, la gente se condena a convivir con el silencio. Silencio que, lejos de ser sinónimo de olvido, se trasmite de generación en generación…

Los desaparecidos de esa época que en este último tiempo fueron encontrados junto a las rutas de España, corrieron la misma suerte que el célebre poeta Federico García Lorca, cuyo cuerpo nunca fue hallado desde su asesinato en julio de 1936, cerca de Granada… Agrupadas en la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH)1, las familias de las víctimas decidieron romper el silencio. En agosto de 2002 presentaron una demanda ante el grupo de trabajo de las Naciones Unidas sobre las “desapariciones forzadas”. Piden al Estado español que ordene la exhumación de los cuerpos, su identificación mediante estudios de ADN, y si esto no fuera posible la creación de sepulturas colectivas identificadas con un monumento público.

“Es la primera vez que un país del ‘Primer Mundo’ es acusado de haber mantenido en silencio semejante crimen colectivo”, señaló en las Naciones Unidas Monserrat Sans, abogada y nieta de un republicano español muerto en un campo de concentración en Alemania. “Más allá de la justicia, pensamos que no se puede construir una democracia sobre los fantasmas del pasado”, insiste la jurista franco-española. Las fosas comunes más numerosas se encuentran en Mérida (3.500); Oviedo (1.600); Gijón (2.000); Sevilla (2.500); Teruel (1.005). Sans reprocha a las autoridades españolas “no hacer nada para facilitar la apertura de las fosas comunes”.

El gobierno de José María Aznar hizo saber que haría todo para responder a las demandas de las Naciones Unidas. Pero más allá de esa “promesa verbal”, el gobierno pone trabas de todo tipo2. Durante las “Segundas Jornadas de la deuda histórica de la democracia: Los caminos de la memoria”, que se desarrollaron en Ponferrada los días 28 y 29 de septiembre pasado, la ARMH reclamó al gobierno medidas de rehabilitación de la memoria de las víctimas, así como la atribución de las pensiones adeudadas a los ex combatientes. “Y también la supresión en las calles y plazas de España de los símbolos y monumentos que ensalzan aún como ‘liberadores’ a los autores de violaciones gravísimas y sistemáticas a los derechos humanos”, señala Emilio Silva.

“Fue el franquismo el que concibió la idea de hacer desaparecer a sus enemigos. Después el nazismo y las dictaduras latinoamericanas aplicaron la receta. Había que castigar a las víctimas y llenar de angustia a las familias, con el fin de atemorizarlos”, explicó Xoán Carlos Garrido Couceiro, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Madrid, ante un público compuesto principalmente por octogenarios. Por su parte, el historiador Sergio Rodríguez, autor de una tesis de doctorado titulada “Una prisión bajo tierra: los desaparecidos”, observa: “Hasta la CIA abrió los archivos de la represión en América Latina. Desgraciadamente, en España los archivos de la guerra civil siguen bajo custodia de la Guardia Civil y el ejército. El trabajo de búsqueda se vuelve una auténtica carrera de obstáculos”.

En ocasión de la presentación en Madrid de su ensayo Los desaparecidos de la guerra de España, Rafael Torres3 declaró : “El pacto de amnesia instaurado por la transición española ‘hacia la democracia’ es la última manera de hacer desaparecer nuevamente a todos los españoles de la guerra civil”4. Todo conflicto interno tiende a echar un velo de pudor y sobre todo de vergüenza sobre su pasado, sobre sus causas y sus excesos, porque se cree que hay que olvidar para reconciliarse. Pero la reconciliación pasa por la verdad y el reconocimiento del crimen.

  1. Para contactarse con esta asociación, dirigirse por correo electrónico a: memoria36@hotmail.com. También se puede consultar el sitio web: http://www.memoriahistorica.org.
  2. El pasado 6 de noviembre, los diputados del Partido Popular, mayoritario en las Cortes (Asamblea Nacional), se negaron a votar un crédito de un millón de euros, solicitado por el Partido Socialista, para financiar los trabajos de apertura de las fosas comunes de los fusilados de la guerra de España. El País, Madrid, 7-11-02.
  3. Los desaparecidos de la guerra de España, La esfera de los libros, Madrid, 2002, forma parte de una serie de cinco ensayos publicados por el autor sobre la guerra de España: El amor en la época de Franco, Ese cadáver, Los esclavos de Franco y Víctimas de la victoria.
  4. El Mundo, Madrid, 24-10-02.


Autor/es Albert Bensoussan
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 43 - Enero 2003
Páginas:34,35
Traducción Patricia Minarreta
Temas Literatura
Países España