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Argentina en vilo por la crisis de los partidos

En medio de la más grave crisis de su historia, la República Argentina vive la zozobra de un proceso electoral que no acaba de definir plazos ni condiciones, pero que sin embargo es el requisito esencial para comenzar a resolver los problemas nacionales. Grave crisis peronista y radical e indefinición de la izquierda.

Hace exactamente cuatro meses, decíamos en esta columna que la crisis argentina se veía agravada por la falta de alternativas sólidas, por el vacío político. "El radicalismo agoniza, el peronismo estalla y la izquierda no se define", señalábamos1. El tiempo transcurrido ha ido confirmando esos presagios. La elección interna de la Unión Cívica Radical (UCR), que enfrentó a los precandidatos presidenciales Rodolfo Terragno y Leopoldo Moreau, terminó en un vergonzoso escándalo, con los dos rivales acusándose mutuamente de fraude, la renuncia del presidente del Comité Nacional, Angel Rozas, y todo el asunto en manos de la justicia electoral. Uno de los dos populismos que -junto con los militares- se alternaron en el gobierno del país a lo largo de todo el siglo XX; el gran partido surgido de una revolución de la incipiente clase media a finales del siglo XIX, acaba de este modo su andadura. Sólo una renovación profunda de cuadros dirigentes y métodos políticos -que no se atisba por ahora en el horizonte- podría salvarlo de una lenta extinción.

En cuanto al otro populismo argentino, el peronismo, si en septiembre "estallaba", ahora sigue siendo una burbuja que no cesa de hincharse y flota sobre un país consternado, amenazando con ahogarlo en el tumulto y la inmundicia de sus querellas. Dividido en numerosos clanes (uno por cada provincia; varios por cada ciudad o circunscripción) aferrados a lo que queda de los que fueron sus intereses y privilegios -recursos del Estado; coimas y sobornos a empresarios y comerciantes; reparto de recursos delincuenciales con sectores de la policía, etc.- el peronismo no atina, por primera vez, a resolver sus problemas internos. Su fundador, el general Juan Domingo Perón, decía que "los peronistas son como los gatos; cuando todos creen que se están peleando, en realidad se están reproduciendo". Y lo cierto es que la historia daba razón al viejo líder, puesto que ante cada alternativa electoral el peronismo -aunque no podía esconder esa horrible fauce protomafiosa- siempre acababa por plegarse disciplinadamente a las decisiones de su conductor. Pero ya a finales de los ´60 y comienzos de los ´70, con Perón aún vivo, el peronismo había advertido al país hasta dónde podía llegar en la resolución de sus diferencias internas: aquél período fue un baño de sangre, con centenares de muertos2.

La emergencia en 1989 de Carlos Menem, un líder que fue capaz de aglutinar al partido a 15 años de la muerte de Perón y a 6 de la primera derrota electoral (en 1983, a manos del radical Raúl Alfonsín), parece haber sido la excepción. Es que los tiempos y las cosas han cambiado. El sistema clientelar, base de sustentación de todo populismo, gozó en Argentina duránte décadas de las ventajas y prerrogativas de un país y un Estado ricos. Ante un conflicto en una provincia, o con la masa trabajadora, siempre se podía votar una ley y disponer de los recursos que calmaran los ánimos; ante el riesgo de una derrota electoral, siempre se podían tomar medidas económicas que favorecieran a la masa de votantes y aventaran el peligro; ante la módica necesidad de reunir una multitud para un acto político, siempre se podía disponer de decenas de vehículos de transporte, llenos de gente a tanto por cabeza. Después de la muerte de Perón, los actos políticos del peronismo pasaron progresivamente del fervor y la adhesión espontánea de millones durante las primeras presidencias (1945/1955), a convertirse en una cada vez más patética mezcla de melancólica nostalgia de parte de los sectores más desfavorecidos de la población y de la picardía criolla de parte de sus millares de parasitarios y corruptos cuadros dirigentes. Por no hablar de las campañas electorales: el populismo de país rico es tan fastuoso, que en Argentina hubo quienes se han atrevido a sugerir que era el motor de la economía.

Pero es el propio peronismo el que cortó la cabeza de la gallina de los huevos de oro. El gobierno de Carlos Menem (1989/1999), precipitó al país en la crisis económica y financiera más grave de su historia. Derrotado por el radical Fernando de la Rua en 1999, volvió a colocar en la cabeza del Estado a uno de sus hombres, Eduardo Duhalde, luego de que una multitud forzara la renuncia de De la Rúa el 20-12-01 y de que un golpe de palacio desplazara a su sucesor, Adolfo Rodríguez Sáa, otro peronista3.

Desde entonces el peronismo asiste atónito a un fenómeno que desconocía: ninguno de sus candidatos supera el 15% de las intenciones de voto. Ya suena extraño decir "ninguno de sus candidatos", porque se supone que un gran partido serio, en el marco de una crisis nacional seria, debería comportarse seriamente y definir con seriedad su propuesta. Pero es que el peronismo tiene ahora mismo al menos cuatro candidatos (Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Sáa, Néstor Kirchner y José Manuel de la Sota); ha anunciado varias veces sus elecciones internas y las ha suspendido otras tantas; ha desplazado la fecha de las elecciones generales; ha anunciado que cada candidato peronista correría por su cuenta y luego lo ha desmentido; ha intentado imponer (contrariando la Constitución Nacional), la llamada "Ley de Lemas"4 y luego ha desistido ante el evidente repudio de la sociedad. Lo último que se sabe -o se especula con cierto fundamento- sobre estas idas y venidas, es que las elecciones generales podrían postergarse nuevamente, que podría haber un quinto candidato -el propio Duhalde- o que éste intentaría agrupar el peronismo detrás de la Kirshner, el candidato con mejores antecedentes -los otros son sencillamente impresentables-, el que ha conseguido la adhesión de los sectores más progresistas y democráticos del partido y el que podría atraer los votos no peronistas en una eventual segunda vuelta.

En suma, cualquier cosa puede ocurrir en el peronismo, desde lo peor a lo menos malo y más sensato. Mientras tanto, la izquierda sigue sorda a los reclamos de una porción importante de la sociedad para que se unifique detrás de un proyecto de salvación nacional, aprovechando una oportunidad histórica.

Y merced a estos vaivenes, el país continúa en el borde de la cornisa, a pesar de cierta estabilidad lograda por el ministro de Economía Roberto Lavagna y gracias a la madurez de la población. La explicación a tanto desatino puede estar en que, entre otras muchas cosas, Argentina sufre de la ausencia de treinta mil desaparecidos y cientos de miles de exiliados internos y externos; una generación entera de cuadros intermedios intelectuales, políticos, sindicales, estudiantiles, barriales, radiados de servicio por la dictadura (1976/1983) y que la fatiga, el desencanto, el asco y el bloqueo de la dirigencia tradicional mantuvieron en esa condición desde que se recuperó la democracia. Hombres y mujeres de acción plenos de ideas e ideales, cuya falta se hace sentir en los niveles de decisión de la Argentina de hoy5.

En cualquier caso, al año transcurrido desde la crisis que precipitó la caída del último gobierno elegido por la ciudadanía ha demostrado que si bien la crisis argentina es global (económica, financiera, institucional, política, social y moral), su nudo gordiano es político. Bastó que no hubiese más grandes negocios ni recursos para la corrupción y que la gravedad de la crisis obligase al gobierno de Eduardo Duhalde a administrar con un mínimo de sensatez -a partir del nombramiento del ministro de Economía Roberto Lavagna- para que la caída hacia el abismo al menos disminuyera su velocidad. La población, por su parte, ha dado sobradas muestras de combatividad y sensatez, una combinación poco habitual. Es por eso que la conformación de una alternativa política pasible de ser apoyada por una mayoría confortable de la ciudadanía es el paso esencial para comenzar a salir de la crisis. En este momento de su historia, a pocos años del bicentenario de su independencia, la República Argentina atraviesa un largo, dificultoso y crucial momento de transición política, de cuyo desenlace depende el futuro.

  1. Carlos Gabetta, "Peligroso vacío político en Argentina", Info-Dipló, 12-9-02.
  2. El 20 de junio de 1973, al regresar Perón a Argentina al cabo de 18 años de exilio, el ala derecha del Partido Justicialista, alentada y apoyada por su líder, masacró en el aeropuerto de Ezeiza a centenares de jóvenes militantes de su ala izquierda. En esos años se produjeron también numerosos atentados individuales entre uno y otro sector, en un contexto general de graves enfrentamientos armados entre grupos de izquierda y derecha -dentro y fuera del peronismo- en todo el país.
  3. Dossier "Cacerolazos al sistema", Le Monde diplomatique edición Cono Sur, enero de 2002.
  4. Pueden presentarse varios candidatos de un mismo partido; el más votado recibe automáticamente los votos de los demás.
  5. Carlos Gabetta, "La debacle de Argentina", Ediciones Icaria, Barcelona, 2002.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 43 - Enero 2003
Países Argentina