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Reformar el sistema financiero

Desde hace más de 25 años los gobiernos resignaron o se opusieron a la estructuración de políticas e instituciones destinadas a promover la inversión y el desarrollo de las pequeñas empresas o el consumo de los sectores de menores ingresos. La captación del ahorro y la distribución del crédito fueron dejadas en manos del mercado. El resultado ha sido la monopolización y extranjerización del sistema financiero, la concentración del crédito y el desfinanciamiento de actividades con potencialidad de crecimiento.

Las funciones del sistema financiero en una economía consisten en vincular los fondos disponibles con la demanda de crédito. Esa dinámica depende de factores como la eficiencia de los bancos, la forma en que orientan sus préstamos y la política oficial. En esta última se incluyen las medidas que influyen en el costo del crédito (encajes, requisitos mínimos de capital) y la existencia o no de programas e instituciones destinadas a financiar en forma subsidiada determinadas actividades.

La actual política financiera fue diagramada en los primeros años de la dictadura militar por los hombres de José Alfredo Martínez de Hoz y, hasta ahora, no fue modificada en lo sustancial. La Reforma Financiera de 1977 liberalizó el mercado, estableciendo una total libertad para la fijación de tasas de interés activas y pasivas por parte de los operadores privados y fijando montos de capital mínimos que promovieron la desaparición de entidades no bancarias, como las cajas de crédito y los bancos cooperativos. (Ver “¿Es posible otra banca?”, pág. 9).

Una de las primeras y fundamentales consecuencias de esta transformación fue el aumento de las tasas de interés locales, con el consiguiente aumento del costo del crédito y la reducción de los plazos de depósitos, lo que influyó, a su vez, en los plazos de los créditos. El resultado general fue el encarecimiento del financiamiento de la producción, el consumo y la inversión y el fomento de las actividades especulativas.

En la década de 1990 los aumentos de requisitos de liquidez y capital para los bancos, la apertura a la inversión externa y la publicidad de los bancos extranjeros anunciando que contaban con respaldo de sus casas matrices, promovieron la concentración y extranjerización del sistema. A fines de 2001 los bancos extranjeros reunían algo más del 50% de los depósitos, mientras los privados locales (que a principios de la década de 1990 tenían la mitad) se quedaban con el 17%. De este modo, Argentina se convirtió en uno de los países latinoamericanos con mayor participación de bancos extranjeros, superado sólo por México, donde ese segmento concentra el 75% de los activos.

La concentración y extranjerización influyeron sobre la orientación del crédito: los grandes bancos, locales y extranjeros, privilegiaron el crédito a grandes empresas y, en menor medida, los créditos hipotecarios, desatendiendo el crédito al consumo y a las pequeñas empresas. A medida que se agravaba la crisis en el sector privado y puesto que el Estado pagaba intereses más altos por los bonos de la deuda, el financiamiento al sector público aumentó.

Lógica del menor esfuerzo

El pico de créditos otorgados por los bancos se alcanzó en 1999, con 77.000 millones de pesos. De ese total, el sector privado recibió el 84% (el resto fue prestado al Estado). Los créditos al sector privado equivalían al 23% del PBI, un porcentaje notablemente menor al de otros países: en España es del 90% del PBI; en Estados Unidos del 70%; en Chile un porcentaje similar y en Brasil más de un 30%.

A partir de 1998, como consecuencia de la crisis, el crédito al sector privado siguió cayendo mientras el otorgado al Estado aumentó (un 135% entre 1998 y 2001)1. Además de caer, el crédito al sector privado se concentró: en diciembre de 2001, 69 deudores concentraban el 29% de los préstamos bancarios. Pero dos bancos reunían el 84% del total de los fondos prestados. Las Pymes recibían el 14% de la financiación del sistema. El 42% de ese crédito fue provisto por los bancos cooperativos2.

Los bancos siguieron una lógica del menor esfuerzo –entendible desde el punto de vista microeconómico– dado que operativamente es menos costoso prestar a pocos clientes grandes y solventes que dedicar recursos al estudio de la situación patrimonial y la capacidad de pago de muchos clientes más chicos, sean empresas o particulares.

El desarrollo de los mercados de bonos permitió a las empresas grandes colocar bonos en el exterior (o en el mercado local bonos nominados en dólares). Pero esa opción no está disponible para las chicas.

Después de la crisis el crédito siguió cayendo y concentrándose. Según un reciente trabajo de Jorge Schvarzer y Hernán Finkelstein, el crédito bancario al sector primario se redujo de 52.000 millones de pesos en diciembre de 2001 a 34.000 en junio de 2003 (una caída del 35%), a pesar del crecimiento de los depósitos a partir de los primeros meses de este año. En ese período las empresas más grandes recibieron la mayor parte del crédito otorgado3.

En esta ocasión los créditos no van al sector público porque el gobierno decidió no tomar más préstamos.

Desde los noventa en adelante los bancos oficiales no actuaron como promotores de proyectos de inversión, del consumo masivo o de la vivienda barata, aunque sí se dedicaron a financiar las empresas vinculadas con el poder, en muchos casos sin recuperar créditos otorgados.

En 1992 el gobierno cerró el Banco Nacional de Desarrollo (BND), que tenía graves problemas por mala administración y créditos basados en el favoritismo, y lo reemplazó por el Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE), dotado de recursos escasos. También se privatizó el Banco Hipotecario, lo que terminó con los pocos programas de viviendas subsidiadas que existían.

El actual gobierno manifestó su decisión de no privatizar los bancos oficiales y dispuso algunos programas de financiamiento de Pymes, a través del Banco Nación y del BICE. Pero de cualquier modo los programas siguen siendo limitados en comparación con las necesidades de financiamiento y de creación de instituciones de apoyo a la producción y con el esquema de instituciones financieras públicas que correspondería a un programa de desarrollo de la producción y las exportaciones.

¿Es necesario y posible cambiar ese perfil? ¿Son necesarias instituciones de crédito destinadas a financiar el crecimiento de acuerdo a estrategias públicas? Alejandro Vanoli, economista especialista en temas financieros y profesor de la Universidad de Buenos Aires, sostiene que hay que reconstruir el sistema financiero y construir un mercado de capitales local, que permita captar el ahorro local y financiar los proyectos de inversión. Un canal eficiente de ese tipo permitiría eludir la tentación de repetir un ciclo de endeudamiento externo. Es necesaria una mayor coordinación de los entes reguladores locales (Superintendencia de Entidades Financieras, Seguros, Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones y Comisión Nacional de Valores) para evitar que los bancos que poseen holdings de servicios financieros perjudiquen a los usuarios de esos servicios. Esto sucede cuando se realizan operaciones entre bancos y casas de bolsa, compañías de seguros y AFJP en beneficio de los grupos financieros, que pueden ser legales, pero reñidas con los principios internacionales de transparencia.

Para Schvarzer, Secretario de Investigación y Doctorado y director del CESPA de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, el país necesita imperiosamente instituciones financieras de desarollo que contribuyan a sostener la inversión interna como hacía el BANADE en su momento (pero de manera más eficiente); a incentivar la actividad de las Pymes como hace la Small Business Administration, en un país tan desarrollado como Estados Unidos; y a fomentar las exportaciones, como hacen todos los países del mundo. Por distintas razones, esas actividades no se pueden dejar únicamente en manos del “mercado”, porque surgen fallas operativas que no se pueden remediar en las condiciones normales de funcionamiento del sistema. Joseph Stiglitz analizó estos problemas en el sector financiero, y por esa razón le dieron el Premio Nobel. Argentina necesita, con urgencia, que haya nuevos recursos dirigidos a la inversión y la creación de empleo.

  1. FIDE, Coyuntura y Desarrollo, Buenos Aires, marzo de 2003.
  2. Leonardo Blejer, en FIDE, Coyuntura y Desarrollo, Buenos Aires, enero de 2003.
  3. Jorge Schvarzer, Hernán Finkelstein, “Asignación de créditos en el sistema financiero”, CESPA, Notas de Coyuntura, N° 14, FCE-UBA, Buenos Aires.
Autor/es Julio Sevares
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 54 - Diciembre 2003
Páginas:8
Temas Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía
Países Argentina