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Ideología y política en la administración Bush

Cuando después de los atentados del 11-9-01 la administración Bush transmutó la lucha contra las redes terroristas transnacionales en una guerra contra “el eje del mal”, no hizo más que proseguir un proyecto político y estratégico nacido a mediados de los años ‘70. Entonces, una coalición liderada por la derecha radical se propuso enterrar la política de disuasión, en aras de una sociedad unificada por la guerra y la movilización permanente. El mismo proyecto fue readaptado al mundo de la posguerra fría después del derrumbe de la URSS, en 1991.

Hace ya más de un cuarto de siglo que la derecha neoconservadora estadounidense trata, con más o menos éxito, de establecer su hegemonía ideológica y política en Estados Unidos. Este proyecto, rechazado durante mucho tiempo por el juego democrático y la resistencia de la sociedad, está a punto de llegar a buen término gracias, en primer lugar, a la cuestionada victoria electoral de George W. Bush en 2000, y luego al desastre del 11 de septiembre de 2001 que transfiguró a un Presidente accidental en un César estadounidense. Desde entonces, Bush se ha vuelto el vector de una política que se apoya en el unilateralismo, la movilización permanente y la guerra preventiva.

Ni la guerra ni la militarización hubieran sido posibles sin los acontecimientos del 11 de septiembre, que trastocaron los equilibrios institucionales a favor de la “nueva derecha”. Sin embargo, se hubiera podido pensar en otras respuestas, menos desestabilizadoras del sistema mundial. Por ejemplo, un fortalecimiento efectivo de la cooperación multilateral para contener la amenaza, conjugado con una política de reducción de tensiones y de resolución de conflictos en las zonas de riesgo, especialmente en el Medio Oriente. O un esfuerzo de desarrollo regional basado en el modelo del Plan Marshall, que habría favorecido a las fuerzas democráticas locales, y cuyos efectos keynesianos sobre la economía estadounidense y mundial podrían haber tenido consecuencias dinamizadoras diferentes a las de la guerra.

Como sabemos, no fueron ésas las vías que se siguieron. Por el contrario, la administración Bush dejó agravar el conflicto entre israelíes y palestinos, lanzó una movilización militar de gran amplitud y optó por la guerra preventiva como medio de “gobernanza” global. Más allá de razones circunstanciales –como aprovechar la oportunidad estratégica de “reconfigurar” el Medio Oriente y la zona del Golfo Pérsico1– esta decisión refleja una ambición imperial más vasta. Como señala Anatol Lieven, del Carnegie Endowment de Washington DC: “El plan de la administración Bush, promovido constantemente desde el derrumbe de la URSS a comienzos de los años 1990 por un grupo de intelectuales cercano a Dick Cheney y Richard Perle, está dirigido a dominar unilateralmente el mundo por medio de una superioridad militar absoluta”2.

Este proyecto, que se tornó posible gracias a la unipolaridad lograda en 1991, en realidad se remonta a la década de 1970. En efecto, fue en aquel momento cuando se formó la coalición extremista que ahora está al mando del Estado. Su programa político era unificar la sociedad por medio de la guerra y la movilización permanente, asegurando la supremacía estratégica global de Estados Unidos. Ese proyecto autoritario, hoy ostensible, que requería la definición incesante de un enemigo y la implementación de un Estado fuerte independizado de la sociedad, era ya manifiesto a mediados de los años ’70, cuando la derecha radical hizo fracasar la política de distensión entre Este y Oeste. Luego se definió en los años 1980, cuando el mismo grupo de actores emprendió la más vasta movilización militar que Estados Unidos haya tenido nunca en tiempos de paz, y al comienzo de los años 1990, cuando los neoconservadores elaboraron la doctrina denominada de primacía3.

El desmantelamiento de la política de distensión entre Este y Oeste fue el momento fundante. Como respuesta a la rebelión de la sociedad contra el Estado de seguridad nacional, hacia mediados de los años 1970 se produjo una convergencia entre la derecha radical del Partido Republicano conducido por Ronald Reagan, algunos elementos revanchistas del aparato de seguridad nacional, afectados por la derrota de Vietnam, y los neoconservadores demócratas provenientes del ala dura anticomunista de ese partido. Esta coalición, decidida a restablecer la autoridad del Estado y el consenso nacional que había suscitado la Guerra Fría, así como la supremacía estratégica de su país, llevó a cabo una acción política e ideológica metódica para enterrar la distensión. Denunció la política “realista” de Richard Nixon y de Henry Kissinger que, a su modo de ver, marcaba un peligroso debilitamiento de la voluntad colectiva estadounidense, y propuso una movilización militar de gran amplitud y una estrategia ofensiva destinadas a hacer retroceder al régimen soviético. Se trataba de pasar de la contención y de la coexistencia a “medidas activas”. Como lo señala el propio Kissinger, “mientras a los primeros actores de la Guerra Fría les había bastado la contención para obtener cambios (del sistema soviético), sus sucesores prometían cambios significativos gracias a una presión directa estadounidense”4. Richard Perle, uno de los miembros conservadores más influyentes de la actual administración, lo reconoce con franqueza: “Había que mostrar que la distensión no podía funcionar, y restablecer objetivos de victoria”5. La derecha radical, cuya empresa fue facilitada por la caída ignominiosa de Richard Nixon y el ascenso de Gerald Ford, un presidente débil y sin vuelo, logró imponerse en unos años.

Campañas de mentiras

Para reanimar la voluntad de victoria de los estadounidenses y neutralizar a los partidarios de la coexistencia armada (que, es bueno recordarlo, tampoco eran “palomas”), la derecha radical falsificó datos, exageró la amenaza y calumnió a los individuos e instituciones que podían haberse opuesto a ella, en particular el Departamento de Estado y la CIA. En 1974, Albert Wohlstetter, de la Rand Corporation, padre espiritual de la corriente neoconservadora y suegro de Perle, lanzó la primera fase de la ofensiva “acusando a la CIA de subestimar sistemáticamente el despliegue de misiles soviéticos”. En el mismo sentido, los “conservadores lanzaron un asalto concertado”6, reemplazando al ministro de defensa de esa época, Donald Rumsfeld, por su protegido, Richard Cheney, en ese momento jefe del estado mayor del presidente Ford, y por un grupo consultivo de inteligencia estratégica dependiente de la Casa Blanca (el President’s Foreign Intelligence Advisory Board, PFIAB).

Esta campaña terminó con la creación, el 26 de mayo de 1976, del “Team B” (Equipo B), un organismo externo de “expertos” encargados por el nuevo director de la CIA, George Bush, de hacer una evaluación alternativa de la amenaza soviética. Esta puesta en competencia de la CIA y de sus críticos (de la derecha, ya que no se convocó a nadie de la izquierda) era particularmente sorprendente porque el antecesor de Bush en la CIA, William Colby, había rechazado una iniciativa similar en 1975, so pretexto de que le resultaba “difícil concebir cómo un grupo ad hoc “independiente” de analistas (…) podría preparar una evaluación de las capacidades estratégicas soviéticas más exhaustiva que la realizada por la comunidad encargada de la inteligencia”.

El “Team B”, dirigido por el sovietólogo Richard Pipes –padre del publicista neoconservador Daniel Pipes– que contaba entre sus miembros eminentes al actual viceministro de defensa Paul Wolfowitz, iba a producir, como lo demostró Anne Hessing Cahn, una serie de informes catastróficos, puras construcciones ideológicas sin fundamento empírico.

Criticando los análisis de la CIA y apuntando a través de ellos contra la política de distensión, el grupo de Pipes afirmaba: “Las previsiones nacionales de la inteligencia (de la CIA) están llenas de juicios sin fundamento sobre las intenciones soviéticas. Esta práctica es la causa de las subestimaciones recurrentes en cuanto a la intensidad, la extensión y la amenaza implícita que representa la movilización estratégica soviética”. El “Team B” se jactaba de conocer las verdaderas intenciones soviéticas: “Las teorías políticas y militares rusas y soviéticas son claramente ofensivas (…). Su ideal, formulado por un comandante ruso del siglo XVIII, el mariscal A. V. Suvorov (?), es la ciencia de la conquista”. En otros términos, los soviéticos, armados de misiles nucleares intercontinentales y de una cultura estratégica al estilo Clausewitz, que privilegiaba la ofensiva, no sólo estaban en condiciones de lanzar un golpe preventivo contra Estados Unidos, sino que también eran culturalmente proclives a hacerlo.

Estas generalizaciones absurdas salpicadas de falsedades –ya que los gastos militares soviéticos habían comenzado a declinar en 1975, con una tasa de crecimiento estimada en 1,3% anual entre 1975 y 19857– fueron pura y simplemente fabricadas con el fin de hacer cambiar los equilibrios institucionales estadounidenses. Según Howard Stoertz, en ese momento responsable en la CIA de los análisis sobre la URSS, la dirección de George Bush “fue un desastre absoluto para la CIA”8. Pero para la derecha radical fue un éxito importante y desempeñó un papel decisivo en el abandono de la política de distensión en 1976, fecha en la cual esta palabra desapareció del vocabulario oficial. En ocasión de la elección presidencial de 1976 Ronald Reagan retomó por su cuenta la logomaquia del “Team B”: “Esta nación ha pasado a ser la número dos en un mundo en el cual resulta peligroso, incluso fatal, ser segundo.”

Como es sabido, el inventor de la expresión “Imperio del mal” iba a continuar algunos años más tarde con ese impulso, incorporando a su equipo las figuras emblemáticas de la época de Ford, comenzando por Perle y Wolfowitz, iniciando así un vasto esfuerzo de defensa y relanzando las operaciones clandestinas de gran envergadura, detenidas después de la derrota de Vietnam, especialmente en Afganistán y en América Central.

En marzo de 1983 Ronald Reagan cuestionó la arquitectura de seguridad nuclear global instituida por la administración Nixon y basada en el tratado antibalístico de 1971 (ABM). Lo hizo al lanzar la iniciativa de defensa estratégica (SDI o IDE), programa de investigación y de desarrollo dirigido a la creación de un escudo antibalístico terrestre y espacial. Al mismo tiempo la Casa Blanca lanzaba operaciones ofensivas de inteligencia alrededor de la URSS y de su espacio aéreo, “provocaciones políticas importantes”, según las palabras de un analista de la CIA, destinadas a poner en evidencia la vulnerabilidad de los sistemas de defensa soviéticos9.

El fin de la Guerra Fría en 1991 iba a consagrar la supremacía estratégica estadounidense, otorgando a Estados Unidos un monopolio de hecho para recurrir a la violencia en las relaciones entre Estados. Pero, simultáneamente, la caída de la URSS hacía desaparecer la razón de ser del “Estado de seguridad nacional” disolviendo el sentido que sólo procura un enemigo mortal. Como han escrito dos investigadores estadounidenses: “se hubiera podido pensar que los neoconservadores se regocijarían con la muerte de su enemigo”. Pero no fue precisamente así. Atormentados por el espectro de la desmovilización nacional y “preocupados antes que nada por la legitimidad política y cultural del régimen estadounidense”, buscaban un nuevo “demonio (…) capaz de unificar y de inspirar al pueblo (…). Un enemigo para combatir, que le recordara al pueblo el sentido y la vulnerabilidad de su cultura y de su sociedad”10.

La guerra del Golfo de 1991 y la sustitución de la URSS por los “Estados canallas” como adversario estratégico global autorizaron una nueva movilización nacional y permitieron la preservación y la extensión del archipiélago planetario de Estados Unidos. Esta guerra, según Cheney –en ese momento secretario de defensa– representaba la “prefiguración del tipo de conflicto que podríamos tener en la nueva era (…). Además del Sudoeste Asiático tenemos intereses importantes en Europa, en Asia, en el Pacífico y en América Latina. Debemos configurar nuestras políticas y nuestras fuerzas de manera tal que disuadan o permitan vencer rápidamente parecidas amenazas regionales en el futuro”11.

Algunos meses más tarde, Wolfowitz y Lewis Libby, actual viceministro de defensa y consejero de Cheney en asuntos de seguridad, elaboraron la Defense Policy Guidance 1992-1994 (DPG) (Directiva de Política de Defensa 1992-1994), documento del Pentágono que preconizaba “impedir a cualquier potencia hostil dominar regiones cuyos recursos le permitan acceder a la situación de gran potencia”; “desalentar a los países industrializados avanzados de cualquier intento dirigido a desafiar nuestro liderazgo o a echar abajo el orden político y económico establecido” y “prevenir la emergencia futura de cualquier competidor global”12.

Al transmutar, después del 11 de septiembre de 2001, la lucha contra las redes terroristas transnacionales en una guerra contra “el eje del mal”, la administración actual de Bush no hace más que proseguir con el proyecto político y estratégico definido en los años ’70, y readaptado luego a comienzos de los 1990 para la posguerra fría. La doctrina de guerra preventiva oficializada en septiembre de 2002 marca una ruptura con la doctrina de contención y de disuasión aplicada con constancia por el Estado estadounidense. Pero se inscribe en la continuidad de esa voluntad persistente de la derecha radical, nacionalista y neoconservadora estadounidense de establecer su poder por medio de la guerra. Como dijo William Kristol, ideólogo neoconservador y fundador del Project for a New American Century (Proyecto para un nuevo siglo estadounidense), “siempre es un buen signo que el pueblo estadounidense esté dispuesto a hacer la guerra”13.

  1. Joe Klein, “How Israel is wrapped up in Iraq”, Time Magazine, 10-2-03, sobre el “fantasma” estratégico neoconservador para reestructurar Medio Oriente.
  2. Anatol Lieven, “The Push for War”, London Review of Books, Vol. 24 Nº 19, del 3-10-02.
  3. Definida en “Defense Planning Guidance 1992-1994”, Department of Defense (DOD), Washington, 1992.
  4. George Meany, citado en el libro de Henry Kissinger, Diplomacy, Simon & Schuster, Nueva York, 1994.
  5. Entrevista a Richard Perle el 13-3-1997. Véase www.gwu.edu/~nsarchiv/coldwar/interviews/ episode-19/perle1.html
  6. Las citas y las referencias sobre el Team B están sacadas de Anne H. Cahn, “Team B: The Trillion Dollar Experiment”; y John Prados, “Team B: The Trillion Dollar Experiment, Part II”, Bulletin of the Atomic Scientists 49, Nº 3, Chicago, 1993.
  7. Frances Fizgerlard, Reagan, Star Wars, and the End of the Cold War, Simon & Schuster, Nueva York, 2000.
  8. John Prados, op. cit.
  9. Benjamin B. Fischer, “A Cold War Conundrum”, un análisis que se hizo público, del Center for the Study of Intelligence, CIA, Washington, 1997. Según Fischer, estas iniciativas estadounidenses fueron interpretadas en Moscú como preparativos de guerra.
  10. Grant Havers y Mark Wexler, “Is US Neo-Conservatism Dead?”, The Quaterly Journal of Ideology, Vol. 24 (2001), Nº 3-4, Louisiana State University, 2000.
  11. Declaración ante la Comisión de Defensa del Senado, el 21-2-1991.
  12. Mencionado en The New York Times, 8-5-92. Se vuelven a encontrar, casi palabra por palabra, las frases de la DPG 1992-1994 en el National Security Strategy, dado a conocer por la Casa Blanca en septiembre 2002.
  13. Parafraseado por Grant Havers y Mark Wexler, op. cit.
Autor/es Philip S. Golub
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 45 - Marzo 2003
Páginas:8,10
Traducción Lucía Vera
Temas Mundialización (Cultura), Tecnologías, Armamentismo, Conflictos Armados, Terrorismo, Mundialización (Economía)
Países Estados Unidos