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El fin de la transición

La Argentina política entró en el siglo XXI. A tropezones y arrastrando la estela de heces y basura de su tormentoso siglo XX, pero entró. Es muy difícil presumir ahora cómo será la política de este país en el futuro, pero es evidente que va dejando de ser como era. A diferencia de Venezuela, donde el sistema clientelar era bipartidista –socialdemócratas y socialcristianos– y se derrumbó en unos meses, el argentino era tripartidista y lleva años agotándose, como un enfermo terminal entubado.

Primero quedó atrás la opción del partido militar. Después de los crímenes y la corrupción, la última dictadura se lanzó a la descabellada aventura de las islas Malvinas y enterró en la turba austral el destino político que tantos caudillos militares y una porción considerable de la sociedad reservaban a las fuerzas armadas. No hace mucho pregunté a un honesto general retirado cómo era posible que las fuerzas armadas argentinas, teóricamente herederas de la tradición sanmartiniana, con una oficialidad salida de las familias de clase alta y formada en las mejores academias castrenses, hubiesen acabado torturando, violando y asesinando mujeres y niños, secuestrando empresarios para robarles sus propiedades y, en definitiva, comportándose como un vulgar ejército mercenario de ocupación. Me miró, desolado, y respondió: “Honestamente, no me lo explico…”.

Luego vino el turno del partido radical. En cuatro años, que van desde su arrasadora victoria en 1983 al desenlace de la rebelión “carapintada” de abril de 1987, Raúl Alfonsín dilapidó no sólo un caudal electoral y un prestigio que el radicalismo jamás había obtenido, sino también las esperanzas y la energía de una sociedad que, por primera vez, aceptaba las reglas del juego democrático hasta sus últimas consecuencias. Una fotografía política de aquella Semana Santa mostraría a un puñado de militares de ultraderecha encerrados en la guarnición de Campo de Mayo; a unas fuerzas armadas remolonas y en última instancia prescindentes; a centenares de miles de argentinos, de todos los colores políticos, repudiando la asonada y reclamando su castigo; a una dirigencia política y sindical unida, por primera vez en la historia, en defensa de la democracia; y por último, a un Presidente apoyado por toda la dirigencia mundial, desde Ronald Reagan hasta Fidel Castro, pasando por François Mitterrand, Felipe González y Daniel Ortega. La indigna capitulación del abogado de Chascomús y su famosa y desdichada frase “la casa está en orden, Felices Pascuas”, marcaron el principio de la agonía radical, que se prolongó en las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y, años más tarde, en las miserias del Pacto de Olivos entre Alfonsín y Carlos Menem. Como prueba de que ese partido agotó su ciclo, allí están la absurda administración de Fernando de la Rúa, las vergonzosas elecciones internas y el porcentaje testimonial obtenido por su candidato, Leopoldo Moreau, en estas presidenciales.

¿Y el peronismo? Es el único que sobrevive, pero obligado de ahora en más a definir claramente un perfil. Se acabó el “movimiento”, esa olla podrida en la que cabían en bloque todos los estamentos y perfiles ideológicos y morales de la sociedad, pero de la que las clases dominantes acababan siempre sacando el mayor provecho y las populares conformándose con los restos y el caldo. Por cierto que cuando surgió, a mediados del siglo pasado, muy otra fue su función (lo mismo vale para el primer radicalismo), pero hablamos aquí del peronismo que no vaciló en masacrar a su propia izquierda en Ezeiza (este mes de junio se cumplen 30 años de aquello); el de José López Rega, María Estela Martínez y Lorenzo Miguel y, por último, el de Carlos Menem. Ni la economía ni la sociedad dan ya para la picaresca peronista. Si en su primera presidencia Juan Perón pudo preguntar a los trabajadores si “alguna vez habían visto un dólar” porque un peso valía y estaba respaldado por reservas en oro y no por empréstitos externos, Menem les fabricó el espejismo de que un peso valía un dólar, mientras las multinacionales y un sector de la burguesía argentina se llevaban los dólares de verdad al exterior y los ciudadanos del país se quedaban con pesos devaluados y, además, encerrados en el corralito. Si la decadencia del radicalismo fue como su espíritu, tonta, cobarde y apagada, la del peronismo respondió claramente a su talante irresponsable y festivo. Provocó, como diría Zorba el Griego, una “catástrofe extraordinaria”.

Lo que vendrá

Por supuesto que esto se puede interpretar, como se ha hecho, de muy distinta manera: que se presentaron tres candidatos peronistas, que dos son los ganadores de la primera vuelta y que el conjunto terminará alineándose detrás del triunfador final; que los dos outsiders emergentes –Ricardo López Murphy y Elisa Carrió– vienen del partido radical y acabarán en alguna suerte de entente cordiale. Que por lo tanto, se trata de una nueva argucia de una dirigencia que tiene, como la iglesia católica, el don de la ubicuidad y la atemporalidad; que acomodándose a todo, es capaz de sobrevivir a cualquier cosa.

Pero la sociedad no ha dicho eso y las condiciones materiales ya no dan para esas piruetas. Tanto López Murphy como Carrió aparecen, uno a la derecha y otra en el centroizquierda, netamente diferenciados desde el punto de vista programático y, sobre todo, de estilo. Se han ido dando un portazo del radicalismo, carecen de antecedentes de corrupción, no son populistas –no al menos por ahora y en el sentido tradicional– y han hecho campaña al margen de todo aparato o forma de clientelismo. Son, para una parte de los ciudadanos, la expresión positiva del “que se vayan todos”: López Murphy para la derecha y Carrió para el centroizquierda representan algo nuevo y entre los dos sumaron más del 30% del electorado, sin olvidar que muchos de sus votos posibles se orientaron en sentido “útil” en esta elección presidencial. No será así en las próximas legislativas.

En cuanto a los dos ganadores peronistas, parece claro que si hubiese “arreglo” entre ellos y otros sectores internos después de las elecciones, sería a costa del perdedor. Menem y Kirchner son, al menos desde el punto de vista de lo que proponen (otra cosa es lo que realmente harían después) totalmente opuestos. Y si, como todas las encuestas indican, es finalmente Kirchner el que se impone, la estrella de Menem se apagará, sus votos de derecha irán al nuevo partido de López Murphy y sus votos peronistas volverán al redil. A menos que arriesguen la ya difícil gobernabilidad decepcionando a sus votantes y eventuales aliados, Kirchner y el peronismo no tendrán otra opción que instalarse en el centro del espectro político, con un discurso soberanista y ligeramente escorados hacia la izquierda. Esa es la alternativa que tiene las mayores posibilidades de imponerse en la segunda vuelta; y si así sucede, al peronismo no le quedará otro remedio que intentar ponerla en práctica, porque la sociedad estará de guardia y patrullando las calles y el fantasma de un final como el del radicalismo lo acechará en cada esquina.

De todos modos y cualquiera que sea, el nuevo gobierno sólo sabrá dónde está parado después de las elecciones legislativas del próximo diciembre. Allí el voto “útil” no tendrá valor y es altamente probable que el próximo Congreso resulte un mosaico, pero con una línea claramente marcada entre izquierdas y derechas, como lo es de algún modo –sólo que concentrada por fuerza de circunstancias excepcionales– la alternativa que se presenta a los ciudadanos en la segunda vuelta, este 18 de mayo. Es previsible que en los sucesivos comicios municipales y provinciales, hasta las elecciones presidenciales de 2007, este nuevo mapa político argentino vaya tomando forma y consolidándose.

Pero en estas elecciones la sociedad ha dicho otra cosa, la más importante: que aun no creyendo en la mayor parte de los candidatos, es capaz de anteponer el funcionamiento del sistema democrático a cualquier consideración personal o política. El nivel de asistencia y el porcentaje casi nulo de votos en blanco o impugnados, hablan claramente en ese sentido, y es mérito del gobierno provisorio haber organizado un comicio inobjetable. También ha quedado demostrado que aunque una parte considerable de la ciudadanía argentina es ideológica y culturalmente de izquierdas, no se siente políticamente expresada por las opciones actuales, aunque éstas pueden progresar ligeramente en las legislativas. La representación política de la izquierda sigue faltando a la cita.

Ninguno de los problemas de fondo de Argentina ha quedado resuelto, ni era el caso. Pero sí se ha abierto una nueva etapa institucional, cuya consolidación dependerá de que la sociedad sepa mantenerse movilizada y vigilante. En la Argentina actual es difícil imaginar a cualquier presidente disponiendo nuevos ajustes por decreto o respaldándose, como hasta ahora, en una legislatura y un sistema judicial corruptos. Nadie podría hacerlo sin que una parte de la sociedad se movilice. Carlos Menem lo tiene claro, razón por la que ya en su campaña afirmó que trasladaría a las fuerzas armadas tareas de represión interna.

En diciembre de este año se cumplirán exactamente veinte años del final de la última dictadura militar. Ese mismo mes, con las elecciones legislativas, habrá concluido la transición democrática. “Transición: acción o efecto de pasar de un modo de ser y estar a otro distinto”, según la Real Academia. Estas elecciones podrán ser el comienzo de una nueva institucionalidad y de la recuperación del país, o el regreso a tiempos tormentosos de impredecible carácter, según como haya asimilado una mayoría de argentinos las experiencias del siglo XX y el sentido profundo de sus responsabilidades en democracia.

Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 47 - Mayo 2003
Páginas:3
Temas Historia, Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina