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El derecho social a la Información

La primera fase de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información tiene lugar en Ginebra del 10 al 12 de este mes, con el auspicio de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, organización especializada de Naciones Unidas. Previamente se organizaron tres conferencias preparatorias, en las que los actores del sector privado y de la sociedad civil fueron invitados a participar activamente. Se trata de “lograr un entendimiento común y armonioso de la sociedad de la información”, y de elaborar un “plan de acción para un desarrollo concertado”.

La Cumbre de Ginebra sobre la Sociedad de la Información se lleva a cabo apenas una década después del advenimiento de internet como red pública1. Esta prontitud se corresponde con el carácter estructurante del nuevo “recurso intelectual”, del nuevo “capital cognitivo”, en vías de trastornar profundamente todas las actividades humanas. Hoy se olvida con demasiada frecuencia que fue necesario esperar cerca de tres cuartos de siglo para que se cuestionara el leonino reparto del espectro de frecuencias entre las grandes potencias marítimas. Recién en 1979, y bajo la presión del Movimiento de los Países No Alineados, la Conferencia Administrativa Mundial de la Radio (CAMR) convocada por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), desmanteló el monopolio de las ondas.

La historia de la noción de “sociedad de la información” está cargada de ambigüedades. La noción más reciente, de “sociedad global de la información”, estrenada en 1995 por los siete países más industrializados (G7), no es menos ambigua. Hace ya mucho tiempo que toda una tradición de pensamiento crítico ha develado los presupuestos ideológicos del concepto de “información”, y ha señalado los efectos de sentido no controlados que alimentan la confusión entre este último y el de conocimiento.

La información es un asunto de ingenieros. Su problema consiste en encontrar el código de mejor desempeño (en velocidad y costo) para transmitir un mensaje telegráfico de un emisor a un destinatario. Lo único que importa es el canal. La producción del sentido no está incluida en el programa. La información está separada de la cultura y de la memoria. “Corre tras lo actual”, como decía el historiador Fernand Braudel. La forma de temporalidad que implica decide sobre el tiempo de elaboración del conocimiento. El esquema mecánico del proceso de comunicación es consustancial con la representación lineal del progreso. La innovación se difunde desde arriba hacia abajo y desde el centro hacia la periferia.

Esta perspectiva instrumental explica en la práctica por qué un organismo técnico como la UIT puede ser promovido como anfitrión de una conferencia sobre el futuro de la “información” y de sus redes, y por qué la Organización Mundial del Comercio (OMC) puede clasificar a la “cultura” como un “servicio” y reivindicar prerrogativas al respecto. También permite detectar las razones por las cuales la “sociedad de la información”, en tanto paradigma del futuro pos-industrial, se ha encontrado asociada, desde los años 1950, a la tesis del fin de las ideologías y del fin de los intelectuales contestatarios, en beneficio del ascenso irresistible de los intelectuales “positivos”, orientados hacia la toma de decisiones.

La propia Unesco, después de haber privilegiado durante largo tiempo el término “sociedad de la información”, tiende a sustituirlo por la idea de “sociedades del conocimiento”. Así se hace posible tejer un vínculo orgánico entre el tema de las tecnologías y el de la “diversidad cultural”, cuestión de actualidad gracias al proyecto de Convenio Internacional para la Preservación de la Diversidad Cultural, presentado al término de la última Conferencia general que esta organización realizó en París en octubre de 2003.

Cuestionar la noción de sociedad de la información sigue siendo hoy una tarea prioritaria. Pero esta crítica no es más que un hito en la batalla de las palabras contra todos los desvíos de la lengua, los neologismos globalizantes que, día tras día, se naturalizan sin que los ciudadanos hayan tenido tiempo de practicar en su contra la duda metódica y de identificar el lugar desde donde hablan sus inventores y sus operadores.

“Unificación del género humano”

El mesianismo es algo inherente a la historia de los imaginarios de la comunicación. Con cada salto en el control del tiempo y del espacio se ha reciclado la promesa de una sociedad más solidaria, transparente, libre, igualitaria y próspera. En 1849, Víctor Hugo profetizaba el “hilo eléctrico de la concordia” que “rodeará el globo y estrechará el mundo”. En vísperas de la Gran Guerra, Jack London celebraba el film mágico, “mensajero de la educación universal, que acercará a los pueblos del mundo”. Y al llegar el segundo conflicto mundial, el padre Teilhard de Chardin pronosticaba la “planetización de la noosfera”, punto omega de la unificación del género humano.

El fin del milenio no es una excepción a la regla. Con la desregulación de las redes financieras y de la información, la burbuja discursiva sobre los paraísos reticulares se puede comparar con la burbuja especulativa. La primera enmascara las realidades del apartheid tecnológico, la segunda, la economía real. La confrontación entre los gobiernos, las agencias de Naciones Unidas, el sector privado y la sociedad civil en el marco de las conferencias preparatorias de la Cumbre está en vías de alterar la credibilidad de los discursos hechizados con la llamada “revolución de la información”.

¿Qué vías pueden encontrarse para la implantación social de las tecnologías? ¿Con qué actores hacerlo? A medida que se iban sucediendo las diferentes versiones de la “Declaración” y del “Plan de acción” de esta fase preparatoria, las correcciones y las supresiones propuestas permitieron ver una trama de respuestas diferentes. Las negociaciones que debían cerrarse en la tercera conferencia preparatoria (15 al 26 de septiembre de 2003), la última oficialmente prevista, no alcanzaron una versión que tradujera un “entendimiento común y armonioso”. Los artículos de la Declaración, unos cincuenta, distribuidos en once secciones, han quedado llenos de frases o de palabras entre corchetes. De manera que los organizadores han debido convocar a dos sesiones complementarias, una a mitad de noviembre y otra del 7 al 9 de diciembre de 2003.

Bienes públicos vs. mercado

La filosofía de los bienes públicos comunes, según la cual la información, el conocimiento y la cultura deben escapar a la lógica exclusiva de la mercancía, tiene muchas dificultades para hacerse un camino entre la invocación de los imperativos de la “cultura de la seguridad” y de la “seguridad de las redes”, prestos a sacrificar el derecho de los ciudadanos a comunicarse en el altar de las legislaciones antiterroristas y los manifiestos sobre las virtudes auto-reguladoras de las nuevas fuerzas de la naturaleza: el mercado y la técnica. El sector privado, agrupado en el Comité de Coordinación de los Interlocutores Comerciales, bajo la presidencia de la Cámara de Comercio Internacional, reivindica la posición de mentor y artífice de la sociedad de la información.

El Estado debería limitarse a organizar un “entorno favorable” para el despliegue tecnológico, a suprimir las trabas a la inversión y a liberar la competitividad. No se niega que el respeto de la diversidad cultural y lingüística está en el origen de la sociedad de la información, pero se hace valer que la promoción de contenidos locales no debe “engendrar barreras irrazonables al comercio”. El mercado crea la diversidad de la oferta. Todos argumentos ampliamente expresados en el marco de otras tribunas, como la OMC y el G8, a los que se unen los gobiernos a los que les falta un proyecto de “modernización”.

Los grandes grupos de comunicación no tienen ningún deseo de ver llevado a la plaza pública el tema de la censura económica en el contexto de la creciente concentración, y los gobiernos autoritarios se muestran poco inclinados a responder sobre su régimen de censura permanente. Asimismo, los actores de la sociedad civil experimentan todas las dificultades del mundo para hacer oír su opinión sobre la democracia y los medios. La decantación final se orienta hacia un artículo muy breve. Lo que resulta paradójico, considerando el carácter estratégico que debería revestir el debate sobre la libertad de expresión y el derecho a la comunicación

Pero es uno de los pocos artículos que se refieren abiertamente al servicio público y a los medios comunitarios en la creación de medios “independientes, pluralistas y libres” (estas palabras estaban todavía entre corchetes en la versión de la tercera conferencia preparatoria). Las organizaciones de la sociedad civil no han dejado de expresar a los organizadores de la Cumbre su descontento ante la manera en que el proyecto de Declaración tomaba en cuenta el conjunto de sus contribuciones. Sin dejar de participar en las tratativas oficiales, al término de esta tercera conferencia acordaron producir, antes de la realización de la Cumbre, su propia Declaración común. Una prueba de que en esta primera experiencia de participación activa en una cumbre de Naciones Unidas, la sociedad civil organizada logró constituirse en una fuerza unida en sus propuestas, a pesar del carácter heteróclito de sus componentes.

Riesgo de determinismo técnico

Si hay un tema controvertido es el del régimen de la propiedad intelectual. Incluso puede llegar a ser el origen de una nueva división Norte/Sur. Las propuestas de revisión hechas por muchos gobiernos del Tercer Mundo, apoyadas por las organizaciones de la sociedad civil, chocan con el hecho de no ser recibidas. Se aduce que la cuestión corresponde a otras instancias multilaterales, como la OMC y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI). En su versión provisoria (entre corchetes) de septiembre de 2003, el artículo 33 se limita a señalar: “La protección de la propiedad intelectual es indispensable para alentar la innovación y la creatividad en la sociedad de la información. Sin embargo, establecer un equilibrio justo entre, por un lado, la protección de la propiedad intelectual y, por otro, su utilización y la posibilidad de compartir el conocimiento, es esencial para la sociedad de la información”.

Sin embargo, no se ve con claridad el criterio que, en una sociedad-mundo bajo el dominio de los monopolios de la información y del conocimiento, permitirá fijar el “equilibrio justo” (fair balance), como fundamento de una “infoética”, retomando la expresión de la Unesco. En cualquier caso, está lejos de cumplirse el deseo expresado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en su Informe sobre el desarrollo humano, publicado en 1999, de ver evolucionar las reglas de gestión de la propiedad intelectual de manera de “establecer un sistema que no impida a los países en vías de desarrollo el acceso al conocimiento”.

Parece, por otra parte, que cualquier intento de romper con el unilateralismo y la falta de transparencia de las instituciones, privadas y públicas, que tienen entre sus competencias aspectos relativos a los mercados abiertos a la sociedad de la información, está destinado a encontrar fuertes reticencias. Es lo que ocurre con el estatuto del ICANN (Internet Corporation for Assigned Names and Numbers), institución privada que, desde Estados Unidos, administra las direcciones de internet a escala mundial, símbolo del tropismo de la red de redes. Desde ese punto de vista, nada resulta más normal que predicar el “principio de la neutralidad tecnológica”. Para decirlo claramente, incitar a la Cumbre a abstenerse de “promover y desarrollar el software libre”, en contra de los partidarios de la revisión del régimen de la propiedad intelectual.

El riesgo que corre la Declaración final es proclamar grandes principios, con los cuales nadie puede estar en desacuerdo, sobre la solidaridad “entre los pueblos del mundo”, la cooperación internacional, las identidades culturales, etc., mientras en las profundidades reina el determinismo técnico.

El objetivo es contener la “fractura digital” (digital divide) de aquí al año 2015, conectando a internet a las escuelas, bibliotecas, hospitales, administraciones públicas locales y nacionales, etc. La “conectividad” se vuelve la palabra clave; la e-educación, la e-salud y el e-gobierno su vitrina promocional. La escalada sobre la fractura digital sirve de pantalla a las innumerables fuentes de la fragmentación social. Comenzando por la que está en el origen de las desigualdades en materia de escolarización. La solidaridad, a su vez, se dirige hacia lo digital. Ante el rechazo de los gobiernos del Norte para financiar proyectos, el gobierno de Senegal ha propuesto la creación de un “fondo de solidaridad digital”, financiado, si es preciso, por donaciones de usuarios de la informática.

Las fundaciones filantrópicas de las grandes empresas informáticas no han esperado esta iniciativa para estimular de esa manera a la demanda. Estamos lejos de las recomendaciones hechas por el PNUD en el informe ya mencionado: establecer un impuesto a los flujos internacionales de telecomunicaciones y a las patentes registradas ante la OMPI, con lo que se obtendrían recursos mundiales comunes.

¿Hacia qué “sociedades del conocimiento” nos dirigimos? Si no se quiere continuar con los mitos tecnicistas que portaba la “sociedad de la información”, habrá que decidirse un día a interrogarse sobre los cambios estructurales actualmente en curso en las condiciones de producción y de circulación de los conocimientos, en todas partes del mundo. He aquí la urgencia de cambiar la idea de Cumbre de la información por la de Estados generales del conocimiento. Deseando que esta vez la dinámica esté dada por una sociedad civil ampliada, preocupada por insertar la cuestión de la técnica en el devenir de la democracia.

  1. A. Mattelart, “La clave del nuevo orden internacional”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2003.
Autor/es Armand Mattelart
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 54 - Diciembre 2003
Páginas:32,33
Temas Derechos Humanos, Estado (Justicia), Estado (Política), Periodismo