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Retrato de Anthony Blair

Con baja popularidad y fuertes críticas desde su partido, el primer ministro británico, aliado incondicional de la administración Bush, recibe más adhesiones en EE. UU. que en su propio país. Blair propone fortalecer una "comunidad internacional" que defienda valores básicos. Pero su pragmatismo demuestra cierta dificultad para separar valores e intereses.

Los demócratas estadounidenses tienen un solo candidato válido para la elección presidencial de 2004: Anthony Blair. Al menos esa es la opinión sustentada por Thomas Friedman, cronista de The New York Times, para quien el interesado "es firme en materia de seguridad nacional, original en su manera de ver las cosas, querido por la gente, y un orador magnífico y tranquilizador"1. Por desgracia para un Partido Demócrata en retroceso, el primer ministro británico no está disponible. Y para él, la ironía del destino quiere que su posición frente a la crisis iraquí y la guerra contra el terrorismo le haga ganar menos amigos en el país que lo eligió que en Estados Unidos.

¿Cuál es la estrategia de Blair? Para comprender su posición, hay que analizar el marco de referencia en función del cual interpreta los asuntos internacionales. La política exterior y la estrategia militar de Downing Street se encuentran divididas entre la historia de una Gran Bretaña insular, colonial y comerciante, con una predilección por el Atlántico, por una parte, y por otra, la ambición de elevar al país al rango de potencia europea "posmoderna" del siglo XXI.

Desde que asumió el cargo de Primer Ministro, el 1º de mayo de 1997, el objetivo de Blair es demostrar que una administración de centroizquierda puede ser eficaz en términos de resultados. Paralelamente, aspira a ser un gran líder británico, con el temple de los dirigentes históricos, y a redefinir la política exterior de su país, en una época de globalización. Así pues, se propuso tres objetivos:

-poner al Reino Unido "en el corazón" de una Unión Europea en mutación;

-hacerle recuperar su vasta influencia estratégica, perdida tras la Segunda Guerra Mundial;

-fortalecer la capacidad de la "comunidad internacional" para prevenir y reparar las injusticias del mundo.

Percibida como modernizadora y pragmática, la democracia social preconizada por Blair despertó interés -y en ocasiones admiración- en el mundo entero. En el clima posterior a la Guerra Fría, su buena relación con la derecha se basa en la aceptación del capitalismo liberal en tanto único fundamento de la riqueza y el orden social. Al mismo tiempo, el mandatario británico siempre acordó prioridad a los objetivos sociales e individuales, y su doctrina central giraba en torno a la idea de "comunidad"2.

Bajo su conducción, el nuevo partido laborista garantizó, al mismo tiempo, una hegemonía en el plano político y un… generalizado desencanto. El New Labour nunca se aparta de su oportunismo pragmático. Si los discursos hacen referencia incesantemente a grandes principios inalienables, el gobierno no vacila en utilizar todas las oportunidades para el progreso de su causa. Su política social y económica toma prestadas ideas y prácticas de todo el espectro ideológico. Su maestría en cuanto a comunicación política, así como su gestión de los medios, reforzaron la suspicacia de todos aquellos que pensaban que el New Labour se definía más por su deseo de poder y pertinencia que por un anclaje en principios duraderos.

Es importante recordar esto, ya que los aspectos internos y externos de la política de Blair se confunden. Y con la crisis en Irak, las fortalezas y debilidades del proyecto Blair pasan a manifestarse en la escena internacional. Su discurso en Chicago, en 1999, sigue siendo la mejor guía para comprender su visión de las cosas. Anthony Blair intentaba formular "una doctrina de comunidad internacional". Emanada de la experiencia del conflicto en Kosovo, esa doctrina buscaba definir "una guerra justa, no basada en ambiciones internacionales sino en valores". Las nuevas formas de interdependencia -cambios climáticos, sistemas financieros, medios interactivos, organizaciones criminales trasnacionales o movilidad de la población- crearon las condiciones para un mayor intervencionismo en los asuntos ajenos. El aislacionismo de las naciones ricas y poderosas agrava los peligros que enfrenta el mundo. Frente a semejante situación, permanecer pasivo es inaceptable, por razones a la vez de interés (si un número demasiado elevado de naciones del mundo caen en el abandono o el caos, todos sufriremos las consecuencias) e imperativos de orden ético. En este sentido, en un discurso pronunciado en la conferencia del Partido Laborista, inmediatamente después del 11 de setiembre de 2001, Blair declaraba que "la situación africana es un golpe a la conciencia del mundo. Pero si el mundo en tanto comunidad se concentrara en ese problema, podríamos encontrar una solución".

Esa mezcla de preocupación evangélica por los excluidos del mundo y determinación de extender la influencia e importancia estratégica británicas en la era pos-colonial conduce al gobierno a aceptar aventurarse en ciertos conflictos armados: desde 1997, las fuerzas británicas entraron en acción en el norte de Irak, Kosovo, Sierra Leona y Afganistán, para no hablar de la guerra que se perfila contra Irak.

Pero este enfoque presenta un problema de máxima importancia: la dificultad para separar los principios del interés. En su discurso de Chicago, Blair se interrogaba acerca de las circunstancias que obligarían a los países democráticos a "involucrarse activamente en los conflictos ajenos": la no intervención, afirmaba, "no es un principio con el que debamos sacarnos irreflexivamente un peso de encima. Un Estado no debe pensar que tiene el derecho de cambiar el sistema político de otro, fomentar un movimiento subversivo o tomar las porciones de su territorio que estima deben ser suyas. Pero el principio de no intervención debe venir unido a importantes precisiones. En ningún caso los actos de genocidio pueden considerarse asuntos internos. Cuando la opresión acarrea grandes movimientos de refugiados, que desestabilizan a los países vecinos, entonces se los puede calificar como verdaderas ´amenazas a la paz y la seguridad internacional´". Esta apreciación, que tiende a ver la soberanía de un Estado como una de las máximas debilidades de las Naciones Unidas, es compartida por muchos, lo que no quita que saltea la cuestión de saber si la posición de las grandes potencias está exenta de intereses ajenos a los de la defensa del derecho internacional.

Es evidente que el interés de Estados Unidos en Irak tiene que ver con el tema del petróleo, y su papel histórico en la región es complicado, así como el de Gran Bretaña. Por cierto, Georges W. Bush y Anthony Blair conducen una estrategia diplomática pública, enarbolando "informes" y preparando a la opinión pública para un conflicto armado -pero son inevitablemente parciales y selectivos en cuanto a qué cuestiones aceptan debatir públicamente. Cuando la fuerza dominante es controlada por quienes tienen intereses más elevados, resulta difícil creer que actúen únicamente en beneficio de la comunidad en su conjunto.

El análisis blairista de la política exterior no se funda solamente en convicciones o un estilo personales. Su base conceptual se encuentra en el pensamiento de Robert Cooper, diplomático británico, director de la Secretaría del Alto Representante en Política Exterior de la Unión Europea, Javier Solana. Cooper3 estima que el mundo está dividido según su nivel de modernidad: los Estados "premodernos", tales como Afganistán o Somalía, que son incapaces de establecer un gobierno y una seguridad interna básicos; los Estados-naciones "modernos", tales como India, China, o Brasil, que se concentran en la adquisición del estatuto clásico de gran potencia; y los Estados "posmodernos", es decir, concretamente, Europa Occidental. Para Cooper, las nuevas herramientas de seguridad de la zona posmoderna son la transparencia y la interdependencia. Las naciones que antiguamente fundaban su estrategia en el equilibrio de los poderes y las amenazas de destrucción mutua hacen inspeccionar sus armamentos e intervienen las unas en las otras, a través de la Unión Europea, entre otros acuerdos. Esto implica "una nueva forma de Estado" y plantea numerosos problemas sobre el derecho y la seguridad en el mundo.

La tesis de Cooper se ha visto ilustrada, por ejemplo cuando la tensión entre la India y Pakistán llegó a un punto máximo, o en la guerra de Afganistán. De todos modos, la parte más difícil e intrigante de esta tesis radica en el lugar que le otorga a Estados Unidos. En este sentido, en 1996 escribía lo siguiente: "No es seguro que el gobierno o el Congreso estadounidenses acepten (la idea de) que la interdependencia es necesaria y deseable; tampoco es seguro que acepten también sus impactos en cuanto a la apertura, la vigilancia mutua o la intervención". Desde esa fecha, la hipótesis fue verificada una y otra vez, con la negativa de Bush a ratificar el Protocolo de Kyoto y a aceptar la autoridad de la Corte Penal Internacional, pero también con la publicación de la "doctrina Bush" que plantea abiertamente la legitimidad de un ataque preventivo por parte de Estados Unidos, no con el objetivo de garantizar la justicia a nivel mundial o limitar la extensión de un conflicto, sino para defender sus intereses nacionales4.

En otros términos, el pensamiento dominante tras de la estrategia estadounidense robustece la "razón de Estado" -la protección de los intereses nacionales por todos los medios útiles-, y la suspensión de las reglas normales de ética y de derecho dentro del escenario internacional. Así, pese a su nuevo estatuto de superpotencia mundial y al rápido aumento de sus gastos militares, que lo ubica fuera del alcance de los presupuestos de las demás naciones, Estados Unidos sigue fiel a la lógica de Estado-nación "moderno", sin volcarse hacia lo "posmoderno", caro al primer ministro británico. La guerra contra el terrorismo permitió por lo demás a Bush fortalecer el sentimiento de unidad e identidad nacional en Estados Unidos y consolidar su propia posición política interna.

Las doctrinas estadounidense y británica se encuentran pues, en este punto, muy alejadas. Blair aspira a una lógica de "comunidad" que podría forzar al mundo industrializado a cumplir más obligaciones respecto al extranjero. En la práctica, de todas formas, esos principios no siempre se aplican, y si Blair ha demostrado una evidente capacidad de persuasión al impulsar a la OTAN a intervenir militarmente en Kosovo, dejó a Timor Oriental en otras manos, y fue vehementemente criticado por haber aprobado una venta de material militar a Indonesia a principios de 2000.

El pragmatismo político de Blair, con sus decisiones específicas para cada caso, no permite hacerse una idea de las estructuras internacionales que, según esta doctrina, podrían hacer finalmente más igualitarias las relaciones internacionales. De todas formas, se involucró también en zonas poco gratificantes: en especial en Sierra Leona, donde Gran Bretaña detenta singulares responsabilidades. También buscó, junto a sus colegas Gordon Brown, ministro de Hacienda, y Clare Short, secretario de Estado para el Desarrollo Internacional, aportar más justicia a los países pobres, proponiendo, por ejemplo, medidas para reformar la política agrícola europea o para anular la deuda externa, y presentando una "iniciativa África" destinada a la creación de un nuevo ciclo de programas de ayuda y desarrollo.

Aunque sus doctrinas difieren, Bush y Blair están de acuerdo respecto a Irak. ¿Pero por qué se pone Blair en una posición que da lugar con tanta facilidad a que se lo caricaturice como un "caniche" (poodle) de Estados Unidos? ¿Por qué toma partido a favor de una guerra concebida en función del interés estratégico de los estadounidenses, y cuya utilidad para la causa de la justicia internacional no resulta nada clara?

La respuesta se apoya en tres aspectos. En primer lugar, el pragmatismo. Para Blair, los principios no son pertinentes en absoluto si él no influye en el devenir de los acontecimientos. Con su "estrategia diplomática pública", brinda a Estados Unidos un apoyo y una lealtad sin fallas, con la esperanza de participar en la definición de la posición estadounidense. A partir del 11 de setiembre de 2001, Blair es la voz extranjera más influyente en el debate, y aunque esto aún no ha sido demostrado, habría tenido una participación directa en persuadir a Bush de actuar con el aval de las Naciones Unidas. La cuestión de si esto tendrá finalmente un impacto real a largo plazo sigue abierta.

En segundo lugar, las convicciones. Blair estima, como muchos, que la amenaza que Saddam Hussein representa es importante y creciente. Al igual que en el caso de Kosovo, piensa que hay que responder a esta amenaza, aunque no se haya propuesto ninguna opción coherente y legítima de reemplazo del régimen.

En tercer lugar, la influencia. Para el primer ministro británico, Europa no podrá ejercer una verdadera influencia sobre el mundo en general si no es capaz de actuar estratégica y militarmente de un modo unificado. En tal sentido, Irak es una oportunidad que no hay que dejar pasar. Por eso Blair utilizó la situación post 11 de septiembre para proponer la adhesión de los rusos a la OTAN y la celebración de un consejo OTAN-Rusia. De ese modo procura construir para el Reino Unido una nueva función de mediación y gestión en los conflictos internacionales, y de influencia sobre Estados Unidos.

¿Será capaz de hacerlo? En cuanto a Irak, Blair puede explicar que la invasión es la menos mala de las soluciones disponibles. Este argumento sería no obstante más creíble si estuviera igualmente dispuesto a admitir que la política de sujeción mediante sanciones y las zonas aéreas de exclusión, instaurada en particular por Londres, fue un fracaso. En efecto, la estrategia de compromiso oportunista no puede ser eficaz a largo plazo a menos que venga acompañada por una instancia legal sobre los problemas de paz y justicia social. Y Londres sostiene su mutismo en cuanto al futuro de Palestina, Afganistán o Irak. Silencio también sobre la indispensable refundación de las relaciones internacionales a partir del derecho y las Naciones Unidas. La cuestión de si las necesarias reformas pueden ser elaboradas a partir de un abordaje puramente pragmático emanado de los conflictos en curso sigue abierta.

  1. Thomas Friedman, "Blair for US president", The Guardian, Londres, 19-12-02.
  2. Para Anthony Blair, "los individuos se desarrollan cuando están sostenidos por una fuerte comunidad". En este contexto, la comunidad significa un conjunto de normas sociales y morales, traducidas en reglas formales y en comportamientos obligados, que constituyen el marco en el que actuán los individuos.
  3. The postmodern state and the world order, Demos, Londres, 2000.
  4. Paul-Marie de La Gorce, "Nuevo concepto: guerra preventiva", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2002.
Autor/es Tom Bentley
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Traducción Patricia Minarrieta
Países Inglaterra