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Lo que oculta la clonación

Los científicos no se ponen de acuerdo sobre las consecuencias de sus investigaciones en el terreno de la clonación. Los gobiernos, los legisladores y el conjunto de la sociedad deben decidir sobre la fundamentación de las nuevas tecnologías. La mayor parte de los países parecen dispuestos a prohibir toda forma de clonación humana.

En la revista Nature del 27 de febrero de 1997, que anunciaba el nacimiento de Dolly, la primera oveja clonada, el editor expresaba haber recibido un correo pidiéndole renunciar a esa publicación, con el siguiente argumento: "Cuando el procedimiento sea cada vez más utilizado, será inevitable su uso abusivo por grupos ilegales o extranjeros". El editor concedía que "la clonación humana podrá concretarse de aquí uno a diez años", y agregaba: "mientras el mundo científico desborda de ejercicios de previsión tecnológica, es una vergüenza que el presidente de Estados Unidos y otros políticos se inquieten sólo ahora por lo que hoy publicamos". Esta reflexión merece ser leída a la luz de un comentario anterior.

Tres años antes del nacimiento de Dolly, algunos de los mejores especialistas en procreación artificial se interrogaban sobre las perspectivas de la clonación humana1. Aseguraban que la clonación de un adulto era imposible y calificaban a esta perspectiva de"fantasía biológica" (biological fantasy). Su conclusión era entonces que "la ciencia ficción no puede ser materia de debates éticos serios, que deben respetar las leyes de lo plausible". Así, quienes practicaban la biomedicina reivindicaban poder decidir el momento en que sería posible un "debate ético serio". Lo que no les impide explorar lo imposible, por curiosidad, invitando a sus coloquios a investigadores que acaban de franquear una etapa significativa en los animales.

Muy al inicio de la fecundación in vitro (FIV), en ocasión del Congreso internacional de Viena de 1986, Steen Willadsen, especialista en clonación por división del embrión de oveja, fue invitado a presentar un cuadro de situación sobre esta técnica. Quienes practicaban la FIV también pudieron informarse en congresos posteriores sobre el estado del arte de la partenogénesis (desarrollo a partir solamente del óvulo), de la transgénesis (modificación del genoma de todo el organismo) y, por cierto, de la clonación de un animal adulto. Sucede que también los veterinarios se acercan a la medicina para informarse sobre novedades posibles de aplicar en animales, ya que no existe ninguna barrera biológica que impida aplicar al ser humano lo que se ha logrado en animales, y viceversa. Por eso la frontera ética no debiera conformarse con invocaciones a la responsabilidad médica, cuando lo que se teme ver aplicado al hombre existe ya para los animales.

Reconstruyamos la historia: si desde el nacimiento de Dolly se hubiera aprobado oficialmente la perspectiva de la clonación humana, los laboratorios de investigación hubieran cultivado en primer lugar su conocimiento en modelos animales, con el fin de intervenir en el ser humano con el mejor bagaje tecnológico. Ahora bien, a pesar de la indignación general contra la clonación humana, eso fue exactamente lo que pasó: se clonaron cabras y ovejas, vacas y ratones, cerdos y gatos; y los miembros de la secta Rael (que pretenden haber permitido el nacimiento de dos bebés clonados) realizaron por sí mismos esas experiencias previas. ¿Qué podemos concluir de esto? Que no hay peor hipocresía que fingir una frontera entre el saber experimental adquirido con los animales y el saber "clínico" utilizable en el ser humano. Para preservar a la humanidad de lo que se inflige a los animales es indispensable poder contar con medios reales de prohibición, y no solamente con discursos. Mientras esas medidas no reciban un aval internacional, acompañado de penalidades, la prosecución de los trabajos en animales desmiente cualquier voluntad de regulación ética.

Más que la ciencia oficial, son algunos iluminados o provocadores los primeros en haberse atrevido al tránsito del animal al ser humano. Se podría ver en eso el relativo éxito de una ética ampliamente compartida. Tal vez los desafíos fantasmáticos eran muy superiores a los científicos e industriales, y ya estaba a disposición cierto conocimiento a partir de la experimentación animal por una parte, y de los logros de la fecundación humana por otra. Resulta demasiado fácil tranquilizarse negando esos "éxitos" proclamados o atribuyendo tal deriva sólo a los representantes de la marginalidad científica2.

Se puede pensar, razonablemente, que los raelianos, así como el ginecólogo italiano Seveniro Antinori, se procuraron biólogos discretos, y que sus declaraciones no son más que propaganda3. Pero su audacia ha actuado como un catalizador, liberando proyectos que habían sido rechazados: se oye decir que podría haber buenas razones para practicar la clonación reproductiva, a condición de prohibir su gestión por parte de fanáticos, y confiándola, en cambio, a la prudencia médica, un discurso que llega incluso al Comité Internacional de Ética de Unesco4.

Para algunos médicos o investigadores, la ostentación ruidosa de su oposición a la clonación "reproductiva" no es más que una caución para obtener el acceso a la clonación "terapéutica". En este caso se trataría de medicina, es decir, de una cosa seria y útil, ya que su objetivo es producir, con vistas a realizar transplantes, células madres perfectamente compatibles con un receptor, que es también el donante del núcleo introducido en el óvulo. Sin embargo, la clonación terapéutica choca con la ética de varias maneras, pues se trata simultáneamente de crear un ser humano5 por clonación antes que por fecundación, de sacrificar el embrión con fines médicos, y de crear ese embrión con el propósito de sacrificarlo.

Por otra parte, la clonación terapéutica abre otras dos puertas. En primer lugar, la de la clonación reproductiva, ya que bastaría colocar en un útero el embrión así clonado y esperar que nazca un niño. Después del deslizamiento del animal al ser humano, es preciso entonces prever un deslizamiento desde lo "terapéutico" a lo "reproductivo". Jean-Paul Renard, especialista en la clonación de ovinos, preveía ya en 1999: "cabe poner en duda que la clonación reproductiva siga prohibida si se banaliza la clonación terapéutica"6. Un editorial reciente del diario Le Monde anticipa que la investigación sobre los embriones humanos es "la etapa que precederá a una legislación sobre la práctica de la clonación terapéutica"7. Lejos de conmoverse por eso, el texto desea que esta legalización esté "estrictamente encuadrada con el fin de no abrir la puerta a la clonación reproductiva"… ¿Cómo no inquietarse por estos deslizamientos progresivos de la ética?

La fantasía del doble

La otra puerta que abre la clonación terapéutica es la de un auge deliberadamente eugenésico del diagnóstico previo a las implantaciones (DPI), para eliminar en la probeta los embriones de genoma indeseable. La clonación es una gran consumidora de óvulos. Sus promotores deberían disponer, en primer lugar, de procedimientos éticos (ni raptos durante la fecundación in vitro y transferencia embrionaria -FIVTE-, ni compra a mujeres necesitadas) para acceder a esas indispensables pero escasas células femeninas. De allí proviene el decisivo impulso a las investigaciones que están en curso en el ser humano y en los animales, con el fin de transformar las células precursoras (los ovocitos del ovario) en óvulos aptos para la fecundación o la clonación. Si se dispusiera de óvulos por decenas, al término de la FIV se podría seleccionar el "mejor genoma" entre los muy numerosos embriones de una misma pareja, y así aumentar notablemente la exigencia eugenésica.

Nadie cree realmente que la clonación vaya a permitir crear uno o varios individuos absolutamente idénticos a otro preexistente, y no es la genética la que ha inventado la fantasía del doble, de lo cual Narciso podría dar testimonio. Pero los especialistas en genética exhiben un soporte material para esa fantasía: la molécula de ADN, y son muchos los que tienden a creer que esta molécula inerte encierra tanto el misterio de la vida como el de la individualidad. ¡Cuántas veces hemos oído alabar a la molécula imperial, "programa" para una existencia de la cual sólo seríamos los ejecutantes, "gran libro de la vida", "partitura" a interpretar nota por nota, como las hojas perforadas de un órgano mecánico. A pesar de sus negaciones episódicas contra esta imaginería simplista, los biólogos moleculares agregan, día tras día, nuevos eslabones a nuestra ilusión de ser libres, al pretender descubrir y luego controlar las claves químicas de cada persona, de cada patología o únicamente del riesgo de patologías, y hasta de los comportamientos. La "mística del ADN"8 le confiere un estatus cultural comparable al del alma en la imaginería religiosa, lo que tiene consecuencias para la vida cotidiana, las prácticas médicas o agrícolas, la escuela y la justicia.

Sin embargo, la marca genética, que la justicia considera como la "reina de las pruebas", no permitiría detectar a un culpable entre una serie de clones (o entre un par de verdaderos gemelos) ya que sus genomas serían idénticos. Las impresiones digitales, en cambio, indicarían la diferencia, porque ellas llevan las marcas de la vida desde el nacimiento. La identidad no está en el ADN sino en lo aleatorio que constituye a cada ser viviente. Si la imagen de los genes o del ADN se ha convertido en un "producto social", según dos sociólogos estadounidenses9, es porque los ciudadanos están sometidos a una mitología donde la ciencia bordea el cientificismo y el reduccionismo, pero también la complacencia y los negocios.

La oposición a la clonación se expresa a partir de dos lógicas diferentes. La del Congreso estadounidense o la Academia de Medicina francesa, por ejemplo, que temen sobre todo las malformaciones o patologías que pueden afectar al niño clonado. Esta objeción podría desaparecer con el tiempo y el progreso técnico, revelando así una verdadera brecha ética. La otra lógica de oposición se indigna por la ausencia de autonomía del clon, como si éste debiera responder automáticamente a lo que se espera de él. La primera lógica se limita a la exigencia de seguridad médica y la segunda refleja la alienación ante el todopoderío de los genes. Si hay que condenar formalmente la clonación de un ser humano, no es porque la copia sería parecida al modelo, sino porque la copia no ha sido creada más que para ser tal10. Lo que resulta criminal es esa voluntad de transformar al ser humano en un instrumento, aun cuando el desdichado clon se rebele y haga fracasar el proyecto.

Podemos arriesgar una analogía entre la clonación y el diagnóstico previo a las implantaciones (DPI): ambos apuntan a favorecer en el zigoto una cierta identidad del niño, acorde con una persona existente o con una norma médica o social. Estos dos procedimientos se inscriben en la mística genética, aun cuando el DPI pretende referirse a una norma objetiva (por ejemplo, el "mapa del genoma") y la clonación a una norma subjetiva (por ejemplo, el ideal privado). El DPI rechaza el riesgo de la procreación aleatoria y la clonación rechaza el riesgo de la alteridad. A mediano plazo, las demandas dirigidas al DPI por los genitores deberían mostrarse unívocas, todas ellas apuntando hacia la utopía del "handicap cero", materializando así criterios universales para todos los cuerpos, como para una fábrica de clones biomédicos.

Las finalidades del DPI y de la clonación son hermanas en eugenismo, aun cuando el primero pretende ser caritativo mientras la segunda demuestra ser egocéntrica o de clan. Estas técnicas simbolizan la obsesión por las identidades dudosas o aleatorias, son los instrumentos para la represión de construcciones biológicas singulares. Concluyamos: allí donde el liberalismo ya selecciona, como en el ganado, el rendimiento o la competencia entre humanos, ¿cuál es el futuro más seguro para un genoma, reconocido como "excepcional" gracias al DPI, sino su reproducción idéntica por la clonación?11.

Habrá, sin duda, humanos clonados, sobre todo si logramos evitar las graves patologías observadas en los animales. Pero la clonación no puede volverse un modo de engendramiento generalizado. La acumulación progresiva de fragilidades adquiridas, que se ha observado después de reiterados desquejes de vegetales, se encuentra también en los ratones, que se vuelven enfermos y estériles al término de una clonación repetida durante siete generaciones. Además, este procedimiento, eminentemente elitista y privado de perspectiva racional (¿quién "merece" ser clonado?), no es conveniente para la economía mundializada del mercado. Por el contrario, la reificación del ser humano, en ocasión entre otras de la clonación terapéutica abre un mercado para las células madres, e incluso para los embriones, caracterizados, patentados y congelados, capaces de reparar o de prevenir los desvíos de la normalidad.

Un clon puede esconder a otro, y la "investigación sobre el embrión humano" (eufemismo para calificar ensayos tecnológicos) podría resultar más temible que el nacimiento de algunos desdichados niños clonados. Así, en vez de censurar el uso que un "loco" o un "Estado totalitario" podría hacer de la reproducción humana por desqueje, más vale armarse jurídicamente, y a nivel internacional, para refutar algunas justificaciones humanitarias o terapéuticas de la biomedicina.

  1. Howard W. Jones, Robert Edwards, George E. Seidel, "On attempts at cloning in the human", Fertility and Sterility, Los Angeles-Nueva York, vol. 61, págs 423-426, marzo de 1994
  2. Los iluminados no tienen el monopolio de los éxitos fraguados. Hay que recordar a esos científicos oficiales que nos anunciaron las falsas noticias de la fecundación in vitro animal (Pincus, 1935) o humana (Menkin y Rock, 1946),e incluso de la partenogénesis (Hope y Illmensee, 1982).
  3. "Loft story du clone", L´Humanité, París, 28-1-03.
  4. Michel Rever. "Pour un clonage reproductif humnain maîtrisé", Le Monde, París, 2-1-03.
  5. Contrariamente a "persona humana", la expresión "ser humano" es una definición objetiva según la especie. También se puede decir "ser porcino" o "ser roedor" para calificar a los embriones de cerdo o de ratón, porque no pueden volverse otra cosa que cerdos o ratones.
  6. Jean-Paul Renard y coll., "Clonage: le présent et les perspectives", Contraception Fertilité Sexualité, Paris, vol. 27, Nº 6, pp. 405-411, 1999.
  7. París, 29-1-03.
  8. Dorothy Nelkin y Susan Lindee, La mystique de l´ADN, Belin, París, 1998.
  9. Ibidem.
  10. Es lo que quise mostrar en la novela Eve ou la répétition, Odile Jacob, 1998.
  11. Des Hommes probables: de la procréation aleatoire à la reproduction normative, Le Seuil, 1999.
Autor/es Jacques Testart
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 46 - Abril 2003
Traducción Lucía Vera
Temas Genoma Humano, Derechos Humanos, Estado (Política), Salud