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Un hito en la lucha por el derecho a abortar

El 26 de septiembre último una manifestación convocada por la Asamblea por el derecho al aborto marchó en la ciudad de Buenos Aires de Plaza Congreso a Plaza de Mayo bajo la consigna "Anticonceptivos para no abortar. Aborto legal para no morir". En muchas ciudades del interior, concentraciones simultáneas hicieron escuchar los mismos reclamos.

“El 28 de septiembre de 1888 se decretó en Brasil la libertad de vientres, que abolió la esclavitud de los hijos transmitida por la madre. Desde 1990 el 28 de septiembre se trata de otra forma de transmisión de libertad: la de decidir si tener hijos y cuándo”, escribe Martha Rosenberg1.

Desde que en 1990 el V Encuentro Feminista Latinoamericano reunido en San Bernardo, provincia de Buenos Aires, consagró el 28 de septiembre como el Día por la Legalización del Aborto en América Latina y el Caribe, fue la primera vez que la fecha fue evocada en esta ciudad por algo más que volanteadas impulsadas por puñados de mujeres, dando lugar a una marcha compacta, donde confluyeron grupos feministas con organizaciones sociales y políticas.

El relieve que adquirió la fecha no fue producto del azar. El último Encuentro Nacional de Mujeres, celebrado en la ciudad de Rosario del 16 al 18 de agosto pasado, había establecido una continuidad y una unanimidad del movimiento de mujeres y organizaciones feministas en su compromiso de participar el 28 de septiembre por la despenalización del aborto, el 1º de noviembre por las reivindicaciones de gays, lesbianas y travestis, el 25 de noviembre contra todas las formas de violencia hacia la mujer. Y había lanzado la idea de la organización de un primer Encuentro Nacional por el derecho al aborto antes del 10 de diciembre, día de los derechos humanos.

El XVIII Encuentro Nacional de Mujeres, cuya culminación fue precisamente una marcha bajo la misma consigna que la del día 26, se había convertido por sí mismo en un hito, al lograr el aglutinamiento de organizaciones, grupos y corrientes muy diversas en la reivindicación del derecho de las mujeres a la anticoncepción y el aborto. Esta unanimidad había resultado galvanizada por la campaña de la Iglesia católica, que lo mismo que en los Encuentros de los últimos siete años, había preparado a grupos de catequistas para que se hicieran presentes en los talleres de temas críticos del Encuentro. Obviando la dinámica propia de esos Encuentros: discusión y debate de las cuestiones, las catequistas fueron con el objetivo de imponer las concepciones católicas acerca del carácter natural de los roles femenino y masculino en la familia y la sociedad, el repudio a cualquier forma de sexualidad que no se dé en el marco del matrimonio y con fines de procreación, y la presentación del aborto como el máximo crimen, cualquiera sea la circunstancia en que se lo realice.

A diferencia de Encuentros anteriores, donde la hegemonía de la “cuestión social”(como si el aborto no formara parte de ella) hizo que solamente los grupos feministas estuvieran en condiciones de polemizar con las representantes de la Iglesia, mientras las organizaciones partidarias y sociales parecían tomadas de sorpresa por la embestida eclesiástica, en este Encuentro hubo una estrategia preparada previamente que unificó a la abrumadora mayoría de las concurrentes en la oposición al integrismo católico y en la reivindicación del derecho a la anticoncepción y el aborto como derechos humanos básicos. La tradicional consigna de la Comisión por el Derecho al Aborto: “Anticonceptivos para no abortar. Aborto legal para no morir”, fue asumida tanto en el Encuentro como en las concentraciones del día 26 también por organizaciones de desocupados, por asambleístas, por agrupaciones políticas y gremiales. Toda una movilización indisociable del movimiento social surgido a partir del 20 de diciembre de 2001.

En la Asamblea por el derecho al aborto que preparó esa estrategia de unificación, la implementó durante el Encuentro y organizó la marcha del día 26, confluyeron feministas y mujeres organizadas antiguas y nuevas, a través de colectivos propios o de estructuras gremiales, barriales, partidarias, universitarias. Como la Comisión por el Derecho al Aborto, el Foro por los Derechos Reproductivos, Mujeres al Oeste, Católicas por el derecho a decidir, Red de Mujeres Solidarias, Red de Mujeres de La Matanza, Mujeres en resistencia, Amas de Casa del País, Acción Política Lésbica, Gay, Travesti, Transexual, Transgénero, Bisexual, Comisión de Mujeres de la CTA; Lesbianas en lucha; Área de estudios Queer (UBA), Instituto Social y Político de la Mujer, Comisión de Mujeres de la Facultad de Ciencias Sociales, por mencionar sólo algunas. Y cosecharon una avalancha de adhesiones, personales e institucionales, para la declaración que en forma de solicitada se publicó el 26 y el 28 de septiembre en el diario Página 12, uno de cuyos párrafos dice: “Para ejercer nuestro derecho a ser madres por elección y ser libres de decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra sexualidad, llamamos a construir otro mundo. Un mundo donde el derecho de las mujeres a la vida no esté amenazado por su vulnerabilidad inherente al embarazo y al parto, y donde esa vulnerabilidad no se vea agravada por la falta de acceso a la salud y educación. Esto será posible cuando todas las mujeres que así lo decidan tengan acceso al aborto legal, gratuito y seguro en el sistema de salud pública…”.

La Asamblea por el Derecho al Aborto tiene por delante el desafío de seguir siendo un referente de unificación para grupos, colectivos y organizaciones muy heterogéneos. Y de avanzar con su impacto sobre una conciencia social incipiente. En efecto, según resulta de encuestas recientes2, sólo una minoría en la opinión pública apoya el derecho al aborto como decisión autónoma de la mujer; pero en cambio la aceptación de legalizar el aborto asciende hasta volverse mayoritaria en la medida en que la decisión aparezca motivada por circunstancias como malformaciones del feto, riesgo para la salud psíquica o física de la madre, violación, penuria económica, etc.

Por una parte, la Asamblea debe tejer los hilos que integren a las organizaciones feministas que llevan décadas de actividad con las organizaciones recientes de las jóvenes. Por otra, las tensiones que atraviesan el movimiento de desocupados, y también de asambleístas, no la escatiman. “Para construir en diversidad hay que poner las diferencias sobre la mesa y discutirlas en profundidad”, dijo una joven asambleísta en medio de una reunión de balance de la marcha del 26. Dio en el clavo de una de las graves deficiencias de nuestra cultura política: la escasa capacidad para acumular fuerzas, en este caso a favor del derecho a la anticoncepción y el aborto, sin para eso exigir acuerdos absolutos, conceptuales ni metodológicos, con todos los grupos involucrados. La tendencia a ocultar las discrepancias hasta que de todos modos estallan, tiene que ver con la idea de que la explicitación de las diferencias lleva a la disolución de las agrupaciones. A su vez esta suspicacia ante las diferencias está nutrida en la experiencia de conductas facciosas demasiado frecuentes tanto en agrupaciones políticas como sociales, a partir de las cuales se diría que el interés está centrado en hegemonizar un movimiento, aun incipiente – como lo demostró la experiencia de las asambleas barriales en el 2002 – antes que en lograr un objetivo social masivo: en este caso, garantizar el servicio de aborto libre y gratuito en los centros de salud públicos para toda la población que lo requiera, consagrando a la maternidad como una elección conciente y no como un destino ciegamente aceptado. Y terminar por una parte con los circuitos del aborto clandestino, y por otra con el alto porcentaje de muertes por abortos realizados en malas condiciones. Estas muertes y la internación en grave estado de mujeres que llegan a los hospitales públicos con las consecuencias de abortos sépticos constituyen un grave problema de salud pública, que se ha convertido en el punto de partida de los debates sobre la despenalización y legalización del aborto.

Los diferentes grupos que confluyen en la Asamblea alientan discrepancias profundas: si los Encuentros Nacionales deben seguir siendo, como hasta hoy, no vinculantes o resolutivos; si la lucha por el derecho al aborto debe ser llevada a cabo en los mismos espacios que la lucha por los derechos de gays, lesbianas y travestis; si la prostitución es una opción sexual o la imposición de una sexualidad patriarcal; si el sistema social en que rija el aborto legal será capitalista o socialista. Todos estos conflictos, que no son banales, repercuten en la Asamblea. Sin embargo, no es imprescindible resolverlos previamente para lograr una estrategia común de lucha por el derecho a la anticoncepción y el aborto. Cómo logre la Asamblea organizar el primer Encuentro Nacional sobre Aborto permitirá decir si la extraordinaria energía que hizo posible el resultado del XVIII Encuentro Nacional llega a plasmar en formas duraderas, o se dispersa en confrontaciones secundarias a la existencia de esa Asamblea.

  1. Suplemento Las doce, 26-9-03
  2. Página 12, 26-9-03.
Autor/es Marta Vassallo
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 52 - Octubre 2003
Temas Derechos Humanos, Justicia Internacional, Salud
Países Argentina