Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

¿Quién le teme a Big Brother?

El control de las poblaciones, desde los métodos de reconocimiento de individuos buscados hasta los dispositivos de incremento de la seguridad y prevención de accidentes, llevan implícitos todos los gérmenes de la autocracia. El riesgo reside en que buena parte de las poblaciones los percibe como medios eficaces para garantizar la seguridad, es decir, como una modernización de la democracia.

La ciudad de Boston, donde se generaron importantes investigaciones sobre videocontrol, puso rotundamente fin a esa experiencia. Su aeropuerto (donde habían embarcado 10 de los 19 terroristas del 11 de septiembre de 2001) acaba de suspender una experiencia de identificación por medio de cámaras: los cuarenta voluntarios que participaron de la misma sólo fueron reconocidos en el 60% de los casos. Poco tiempo antes, la policía de Tampa (Florida) había abandonado una experiencia semejante. Otros sistemas también fueron dejados de lado en los últimos años a raíz de la gran cantidad de errores registrados (detención de inocentes, no percepción de actos agresivos, no reconocimiento de rostros ya "fichados"). Como señala el responsable de una organización estadounidense para la defensa de los derechos cívicos: "Es posible que la identificación facial sea un concepto equivocado y se trate de la versión siglo XXI del detector de mentiras, famoso por su poca fiabilidad, a pesar de que quienes lo defienden desde hace décadas sostienen que algún día funcionará correctamente".

De hecho, los parámetros de reconocimiento de un rostro (líneas superiores de las órbitas, zonas en torno de los pómulos, bordes de la boca, ubicación de la nariz y de los ojos) no remiten a criterios fijos. El conjunto de los rasgos significativos son demasiado numerosos, cambian (con la edad, la expresión) y pueden ser modificados. La gran cantidad de parámetros existentes dificulta un "rendimiento" aceptable. Y quizás ese sea un problema imposible de solucionar, aun trabajando con personas que se prestan a experiencias de manera voluntaria. Pero eso no impide que muchas municipalidades sigan comprando esos costosos dispositivos.

La eficacia parece residir en el miedo que genera entre la gente la posibilidad de "detección". Así ocurre con el sistema "Basel" instalado por las autoridades israelíes en una ruta de Gaza, que combina dos tecnologías inciertas -la geometrización de la mano y del rostro- para controlar por medio de cámaras y tarjetas dotadas de chips a 30.000 palestinos que pasan por allí cada día para ir a trabajar. Porque cuanto más grande es el número de individuos considerados sospechosos, más difícil resulta el reconocimiento de una persona determinada...

Para impedir que sus clientes presten su tarjeta de temporada a sus amigos, el grupo Walt Disney intenta controlar a los titulares con un sistema que mide la geometría de dos dedos. Como esa tecnología es aun menos fiable que la de la digitalización de toda la mano, resulta evidente que la empresa intenta obtener un efecto disuasivo y preventivo, independientemente de los resultados reales.

Aun más evidente es el objetivo de la delirante teoría del neurólogo estadounidense Larry Farwell (mimado por el FBI y la CIA), según la cual en adelante se podrán reconocer las intenciones de una persona a través de un "escaneo" de su actividad cerebral (brain fingerprinting).

Se podría objetar que existen sistemas que probaron su eficacia, como las huellas digitales. Pero los especialistas saben muy bien (aunque evitan decirlo abiertamente) que tampoco es infalible. Por citar sólo algunos ejemplos, digamos que las personas de edad avanzada, ciertos grupos humanos asiáticos, o los trabajadores manuales, no pueden ser correctamente "fichados" por medio de sus huellas digitales.

Con el objetivo de impresionar, los poderes policiales -públicos y privados- siempre utilizaron las técnicas de vanguardia, aun cuando no funcionaran correctamente. Por lo tanto, no resulta sorprendente que ahora se empecinen, a pesar de los fracasos. Lo extraño es que la propia gente contribuya a mantener la creencia, aunque se trata de un fenómeno manifiesto.

Así ocurre con los llamados controles "biométricos", que combinan las huellas digitales clásicas con la identificación por medio de otros rasgos físicos (fondo de ojo, forma de la mano). El actual desarrollo de esas técnicas está vinculado a la aceptación del público, como ocurre con el programa Inspass (immigration and service passenger accelerated service system) que permite a los "viajeros asiduos" no tener que presentar sus documentos de identidad entre los aeropuertos internacionales de Los Angeles, Miami, Newark, Nueva Jersey, Nueva York, Washington, Toronto y Vancouver. Estos viajeros reciben una tarjeta donde figura codificada la geometría de una de sus manos y que es escaneada en los puntos de control. Más de 50.000 personas aceptaron voluntariamente que se las identifique de esa manera.

Esa aceptación es condición indispensable para el buen funcionamiento técnico. Según una oficina de peritaje especializada, "las tecnologías de scanning facial son casi totalmente incapaces de identificar a las personas que no cooperan". Pero a adultos acostumbrados a franquear los peajes de las autopistas gracias a sistemas de identificación electrónica a distancia, o a niños habituados a videojuegos donde se abren las puertas accionando controles virtuales, la idea de que la verificación de la identidad no implica simplemente "reducir la velocidad" al pasar, sino una relación política de sometimiento, muchas veces ni se les ocurre.

Sin embargo, hay que reconocer que muchas personas tienen una inclinación espontánea al control. Al respecto cabe evocar la experiencia realizada en Francia: un sistema de televisión en circuito cerrado permitía a los habitantes de un edificio vigilar el hall de entrada y -desde la promulgación de la ley propuesta por el ministro Nicolas Sarkozy- denunciar a la policía a los jóvenes que allí se reunían. El éxito de ese dispositivo dio que pensar sobre el gusto popular de espiar a los vecinos.

El control social como religión de una sociedad-máquina avanza a partir de la adopción por parte de los particulares de sistemas antes reservados a las autoridades. O a la inversa, a través de la apropiación institucional de productos comerciales que borran las diferencias entre la función policial y la del ciudadano o la del usuario. Así, la webcam (cámara conectada a internet) empezó siendo un objeto destinado a favorecer el diálogo (ver a la persona con quien se habla), pero se desarrolló luego como medio de control privado (para observar la entrada de la casa de fin de semana), y terminó conectada con los sistemas de alerta de la policía.

No hay que pensar que el control de las personas apunta únicamente a la vigilancia o a la sanción. Al contrario, es en oposición a estos últimos objetivos que el público se interesa cada vez más por propuestas técnicas destinadas a eliminar los problemas desde la base... Por ejemplo, para justificar los gastos destinados a automatizar el manejo de los autos (y limitar así la capacidad de decisión individual, considerada una importante fuente de errores y accidentes), las autoridades apelan a los sentimientos: "41.000 muertos anuales en las rutas europeas" parece ser un argumento indiscutible en favor de los sistemas de transporte inteligentes (STI) destinados a teleguiar los vehículos (proyecto cybercar).

En Estados Unidos ya se trabaja sobre sistemas AHS (automated highway systems), al igual que en Japón, mientras que en Francia el proyecto Arcos propone una gama de opciones que van desde la simple advertencia al conductor hasta la toma de control del vehículo. Actualmente, los ingenieros trabajan junto a los juristas para resolver los problemas de "intrusión" que planteará esa orientación, ya adoptada. Pero las encuestas muestran un buen nivel de aceptación por parte del público.

Un elemento intermedio entre el público y la institución es el "profesional". Cada vez hay más profesiones que viven de la promoción del control técnico al control social. Eso contribuye a normalizar su imagen ante los consumidores y a incitar a las instituciones a efectuar pedidos cada vez más grandes. El policía, por ejemplo, es sensible al argumento según el cual las técnicas de represión se suavizaron tanto que permiten a su profesión convertirse en un simple elemento "neutro".

Al respecto puede mencionarse el uso del Taser X26, destinado a hacer entrar en razón al rebelde "sin producirle el menor mal". Adoptado en 41 países y considerado el arma del siglo XXI, consiste en un arma de mano de gran tamaño que dispara -a una distancia de seis metros y a una velocidad de 50 metros por segundo- dos sondas que se incrustan en el cuerpo (o en la ropa) y descargan una corriente de 1,5 miliamperes. Eso desorganiza el sistema nervioso central, neutralizando la comunicación entre el cerebro y los músculos. El disparo, cuyas características pueden transmitirse a una micro-computadora, no deja ninguna secuela.

La ideología del control se difunde rápidamente, como por imitación, por medio de una recodificación "técnico-militar" de la vida en común. Por ejemplo, en una gran estación ferroviaria, donde alternan las patrullas policiales con los llamados a la vigilancia solidaria contra el terrorismo, es posible entrar en una farmacia y ver que sus cinco empleados atienden desde ventanillas como las de los bancos a clientes filmados por cámaras y bombardeados de anuncios sonoros: "controle su presión arterial, controle su peso...". La analogía entre los estilos de control en los espacios públicos y privados es tan impresionante que uno acaba preguntándose si es la policía militarizada la que tiende -con la ayuda de la amenaza terrorista- a ocupar la vida cotidiana, o si por el contrario es un modelo de gestión del "bienestar social" el que está apoderándose de todas las relaciones humanas.

Es también el caso de ciertas escuelas (en Francia, en Alemania) donde -a menudo de común acuerdo con los padres de los alumnos- se instalaron lectores de la geometría de la mano para contabilizar los alumnos que van al comedor. Ni unos ni otros tienen la impresión de estar siendo controlados: todos suscriben al ideal de una buena gestión de los movimientos.

Cabe señalar que las profesiones más respetables y supuestamente más libertarias no escapan a esa pasión por la regulación colectiva. Así, cuando el ministro francés de Salud Jean-François Mattéi propuso retirar la llamada enmienda Accoyer, que reglamentaba la actividad de los psicoterapeutas (con el pretexto de eliminar a los "impostores sin diploma"), ciertos psicoanalistas, que decían "representar a miles de colegas" se comprometieron a suministrar un anuario unificado de la profesión, para poder ejercer un mejor control de sus miembros. Viniendo de quienes proponen una vuelta al "orden simbólico", esa diligencia en participar en la gestión del campo social resulta inquietante. Aún están presentes en la memoria los psiquiatras soviéticos que actuaban a las órdenes de los comisarios políticos. Claro que entonces se consideraba anormal a quien se mostraba en desacuerdo con el régimen, mientras que actualmente la normalidad y la patología son definidas por la tecnociencia de los diagnósticos y de los tratamientos, y quien no reconoce esa legitimidad resulta... peligroso.

No todas las profesiones implicadas en la cuestión del orden social se muestran serviles: en Estados Unidos, muchas asociaciones se rebelaron contra la video-vigilancia de los lugares públicos. En Francia, los trabajadores sociales y los docentes rechazaron la inscripción legal de la delación, que pone en tela de juicio todas las políticas de prevención de la delincuencia.

Del control a la autocracia

Por otra parte, la generalización de esos procedimientos tiende a crear un efecto de búmerang. Así es como el reciente fracaso de la derecha en Francia en las últimas elecciones se debería en parte al temor colectivo que generó la automatización de los "controles-sanción" (radares de verificación de velocidad en las rutas). Además, es posible que se hayan subestimado los conflictos que pueden producir esas técnicas. Sería el caso de la "exigencia estadounidense" de 35 datos personales de los pasajeros de las compañías aéreas que llegan a ese país, y de la "biometrización" de los pasaportes extranjeros. Al obligar a los ciudadanos estadounidenses a los mismos controles, Brasil puso en evidencia la ambigüedad de esas exigencias agresivas. Pero la débil reacción de las autoridades europeas a las amenazas de sanción estadounidenses muestra que la lucha no está ganada.

Los profesionales situados en primera fila de la producción de tecnologías de control no son los menos conscientes ni los menos preocupados por los posibles excesos que de ellas puedan derivarse. Es el caso de un técnico de una gran firma automotriz, que comprobó con preocupación que se estudia la fabricación de trenes de ruedas capaces de girar en una dirección diferente de la que se le ordena con el volante. La computadora del auto podrá así oponerse a una falsa maniobra, siguiendo la lógica que domina el proyecto STI. Pero quizás también el sistema pueda ser útil... para recuperar un auto robado. Conectado con modernos aparatos de tele-vigilancia, con radares incorporados al vehículo, y con redes GPS, el dispositivo ya estaría en condiciones de lograr lo siguiente: supongamos que le roban su auto y se lo llevan muy lejos. Usted sería inmediatamente prevenido y podría visualizarlo en la pantalla de su teléfono celular. Apretando determinados botones podría tomar el control del vehículo y -como en un videojuego- dirigirlo hacia la comisaría local, con la que estaría conectado gracias a una localización satelital en tiempo real.

Además, usted podría enviar una fuerte descarga eléctrica a las nalgas del ladrón (sistema previsto para los taxis en Francia, y que ya es común en ciertos países) para que el individuo no presente ningún peligro para la policía, que podrá apresarlo cuando usted decida desbloquear las puertas del auto a distancia.

Pero -agrega el mismo ingeniero- "también se puede imaginar una hipótesis diferente: usted es un opositor político y una noche que regresa de una manifestación, su auto se niega a doblar por la ruta que lo lleva a su casa, y en cambio lo lleva por un camino alejado, deteniéndose frente a un galpón. Las puertas del auto están bloqueadas y sólo se abren cuando un grupo de agentes encapuchados lo sacan a usted a los empujones y lo encierran en una inmensa sala embaldosada donde ya esperan cientos de compañeros de desgracia, militantes o simpatizantes".

Uno no se atreve a imaginar lo que sigue, pero ya se sabe -por jóvenes manifestantes del Foro Social Europeo- que esas grandes salas ya existen en la periferia de París, preparadas para recibir grupos enteros de "delincuentes" detenidos simultáneamente, por ejemplo durante manifestaciones prohibidas o consideradas violentas. Y cabe recordar que ya existen también cañones sónicos, dignos de la Syldavie de la historieta Tin Tin, capaces de arrojar al suelo a multitudes enteras, por su efecto vibratorio y ensordecedor.

Incluso cuando la eficacia de ciertos sistemas es muy notoria (como en el método de cruzar los indicios disponibles a través de una computadora, utilizado por la policía británica para detener a los nacionalistas irlandeses, y por extensión, para descubrir a los miembros de un grupo terrorista griego), ello se debe al parecer a una combinación de métodos, donde el factor inhumano ocupa cada vez más espacio. Es sabido que una de las formas casi irresistible de lograr que un detenido confiese "sin utilizar la violencia" es la privación sensorial (cámara sorda). Este sistema (utilizado por el ejército estadounidense contra los detenidos en Guantánamo) es un tormento espantoso, a pesar de que no figura en la lista de torturas.

Por lo tanto, el "control científico" de la población no será nunca una suerte de adaptación moderna de la democracia, como mucha gente que se rebela con razón frente a la inseguridad contemporánea estaría dispuesta a creer. Ese dispositivo encierra fermentos de una autocracia inaceptable. Razón por la cual debe ser objeto de una atenta vigilancia ciudadana, ya sea que se presente como una norma para el bienestar sanitario, como una investigación para reducir los accidentes viales, o como un método para identificar terroristas.

Autor/es Denis Duclos
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 62 - Agosto 2004
Páginas:30,31
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Sociología, Tecnologías