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Reseñas de libros

Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo (1880-1910: Derivas de la “cultura científica”)

De Oscar Terán

Editorial:
Fondo de Cultura Económica
Lugar de publicación:
Buenos Aires
Fecha de publicación:
Enero de 2000

Como todo excelente trabajo, éste puede leerse en varias claves, desde la sabia visita guiada al debate de ideas en la época posterior a la derrota del rosismo, pasando por el sobresalto que provocó en las clases dirigentes su propia iniciativa de abrir las puertas a la inmigración y el choque cultural consiguiente, hasta el análisis de la influencia del positivismo en la conformación de la República o, desde otro punto de vista no excluyente, en la lucha de clases.

Pero hay otra lectura que no surge del texto (aunque seguramente es una de las intenciones del autor, quizá la principal), sino que se va conformando paralela e inevitablemente en el lector: la comparación entre el tipo y nivel del debate y la calidad e intencionalidad de los actores de entonces con sus equivalentes actuales.

El resultado de este ejercicio es una profunda desazón. Dos finales de siglo, dos momentos de crisis y transformaciones, el primero rico, apasionado, basado en la ilusión del progreso científico, laico y moral hasta en sus expresiones más reaccionarias –como ciertos momentos de Carlos Octavio Bunge– y con un objetivo: la construcción de una nación moderna. El segundo… basta mirar alrededor.

Desde esta perspectiva, es interesante observar cómo Miguel Cané, José María Ramos Mejía, el citado Bunge, Ernesto Quesada y José Ingenieros –los intelectuales de que se ocupa el libro– representaban al mismo tiempo al pensamiento y a la dirigencia del país; cómo analizaban e intentaban resolver los problemas generales y las amenazas a su propia clase generadas por sus proyectos, con tanta lucidez que hasta dibujaron el presente: “Nuestros padres eran soldados, poetas y artistas. Nosotros somos tenderos, mercachifles y agiotistas. Ahora un siglo, el sueño de la juventud era la gloria, la patria, el amor; hoy es una concesión de ferrocarril, para lanzarse a venderla en el mercado de Londres” (Cané).

La dirigencia intelectual de la época tenía sin dudas una visión elitista sobre las necesidades de una República (aunque con matices importantes: Quesada apoyó a Alemania en la primera guerra mundial; Ingenieros acabó adhiriendo a la revolución soviética), pero debatían para conformarla integrada, culta, progresista según los valores de entonces. Temían el desborde revolucionario, pero luchaban para integrar a esas masas “heterogéneas, amorfas, incultas” al proyecto nacional y a lo que consideraban los valores nacionales mediante la educación y –aquí también con matices– la defensa de sus derechos sociales. De los trabajos de todos ellos se desprende una preocupación verdadera por la soberanía real del país y, porqué no, la idea de un “destino manifiesto” que, en sus valores intelectuales y morales, contraponían al de Estados Unidos.

Con idealización del pasado, elitismo y todo, otra dirigencia, otros intelectuales, otro país.

Autor/es de esta reseña Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 23 - Mayo 2001
Temas Filosofía, Historia, Literatura