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Reseñas de libros

Alabados sean nuestros señores. Una educación política

De Régis Debray

Editorial:
Sudamericana
Cantidad de páginas:
475
Lugar de publicación:
Buenos Aires
Fecha de publicación:
Enero de 1999

“Mal hijo de las Luces, necesité de jefes para luego pasarme de ellos”. Si hubiera que resumir esta autobiografía política de Régis Debray escrita en un idioma alegre, mordaz, grave, lírico y constantemente elegante; si hubiera que condensar esta larga seguidilla de relatos, revelaciones, consideraciones morales y filosóficas, se podría precisamente tomar como epicentro esta aserción murmurada como por descuido en el repliegue de una sutil argumentación. Esta frase lo dice todo. Dice que Debray no dejó de embarcarse en tortuosas aventuras que, entre tormentos y tempestades, terminaban siempre llevándolo al punto de partida. Dice que este brillante vástago de la alta burguesía, traicionando a su clase para reunirse con el pueblo de la esperanza (de Cuba, de los revolucionarios “latinos”, del movimiento social francés embarcado en el torbellino de los años ‘70), volvió decepcionado y desesperado, pero sin haber renegado de ninguno de sus compromisos.

Queda el lote de dudas y de preguntas: ¿cómo sucedió todo, por qué Debray se encontró en el corazón de la historia en rebelión, y sobre todo qué hacer con toda esta herencia que huele muy fuerte a Waterloo? Hombre de convicciones, creyente a su manera, Régis Debray está a priori fascinado por una síntesis imposible: la del saber y el poder. Marxista, émulo de un Louis Althusser que se la pasó insistiendo acerca del peso de las estructuras y de los efectos del sistema, quiere llevar a cabo la teoría revolucionaria.

Venganza de la realidad sobre su representación ideológica: la estructura despótica del poder encarnado por Fidel Castro, fundada sobre el templado acero de la burocracia cubana, lleva a un resultado inversamente proporcional a la emancipación proclamada. Cuanto más canta Fidel la libertad, menos ésta existe. Descripción muy fina y por dentro de un experto del poder castrista, de la alienación generalizada que de allí surge para todos, del terrible poder de atracción-destrucción que emana de un jefe omnipotente. Autocrítica simultánea del revolucionario Debray que veía, sentía y justificaba casi todo. ¡Tanto puede poseernos la fe!

Pero, si el sistema pesa, existe por suerte el compromiso total, riesgo hegeliano de la muerte por el reconocimiento. Valiente (por cierto entonces para nada irresponsable, a pesar de que lo piense hoy), Régis Debray camina por delante de ella, la muerte. Se dirá: se preparó bien con su exitosa controversia: Revolución en la Revolución. No se engañen, para él era la verdadera vida. La que valía la pena y por causa de convicciones. Se hunde entonces en las montañas bolivianas para juntarse con el Che, corre para la batalla, se salva justo, paga la experiencia a un alto precio (cárcel, golpizas, condena a muerte, simulación de ejecución: como por pudor, se niega a dar detalles de los infinitos días de su encarcelamiento). Y vuelve. Eso es todo. Moral para las futuras generaciones: el castrismo, era el despotismo realizado, la guerrilla una aberración, el Che el infierno entrevisto.

¡Ah, la bella imagen romántica que se tenía del Che! Un puro, un santo, un misionario convencido al punto de imponer a su entorno y a él mismo, una disciplina y un modo de ser terroríficos y devastadores. El Che, humillante para aquel que demuestra debilidad o duda, envuelto en una camisola de rigor y dureza sólo vista en los locos de Dios o los samurais con la sentencia de muerte en suspenso, sumido como por desesperación en su sueño. ¿Debray ajusta cuentas? Por haber conocido el desastre, tiene por lo menos derecho a preguntarse en voz alta. ¿Por qué había que seguir, cuando la guerrilla apareció rápidamente como un asunto suicida? ¿Por qué el Che, que lo sentía, no quería saber nada? ¿Quemado por Fidel, que hizo de él una suerte de mártir por procuración, el Che debía morir para sacralizar, a la manera de Cristo, la causa? Poder de la ideología: el Che. Poder del poder: Fidel. De todos los libros escritos sobre la grandeza y decadencia de Cuba y del castrismo, ninguno hace un balance tan profundo y matizado.

Liberado, Debray al lado de Allende. ¿Una transición honorable para llegar -fracasar- en mitterranlandia? Quizás. Mitterrand lo atrapa. Mitterrand cabalga sobre el sueño, azota la esperanza, se hace lírico y prometeo. Régis Debray insiste. Explica en detalle por qué. Pero todo se reduce a la misma idea fija: el poder está aquí, es aquí que debe estar el saber, para actuar sobre el curso del mundo. Mitterrand era un político, Debray lo creía un gran hombre político. Mitterand era un táctico, evitaba todo aquello que pudiera mancharlo. Impondrá la política más a la derecha que Francia haya conocido desde la Liberación (era la condición para quedarse en el poder). Debray lo ve, lo siente, lo piensa. Pero no: se queda porque cree que puede tapar algunas brechas, limitar los estragos. Su filosofía política lo obliga: un republicano no abandona el barco de la República cuando éste corre peligro. Sólo que el timonel era el otro. Nuestro hombre renuncia, se va.

Esta educación política roza entonces la desilusión más que las frustraciones. Libro atravesado por un pesimismo remotamente misántropo. Alabados sean nuestros señores, es también una suerte de novela autobiográfica en la cual el mundo de hoy, videoesférico, se parece todavía al de Balzac, Flaubert y Stendhal. Sin embargo Debray no es ni Frédéric Moreau ni Rastignac, sino una suerte de Fabrice del Dongo cruzado con un Meursault camusiano.

Que este ejercicio de introspección finalice con una reflexión sobre el suicidio no es azaroso: escritor perdido entre los hombres, perseguido por la búsqueda nunca satisfecha del sentido, Régis Debray reúne en este libro treinta años de historia, en la que cada uno podrá también ver mucho de nuestra desesperanza y un poco de sí mismo.

Autor/es de esta reseña Nair Sami
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 7 - Enero 2000
Temas Historia, Conflictos Armados, Movimientos de Liberación, Literatura