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La lección venezolana

Conviene recordar, hacer un recuento. En primer lugar por aquello trillado, pero cierto, de que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, y luego porque Venezuela es un caso emblemático desde antes del fenómeno Hugo Chávez, el Presidente que acaba de ganar, con algo más del 59% de los votos en una convocatoria con participación récord, su octava elección consecutiva.

En 1992, poco después del fallido intento de golpe de Estado que acabó con Chávez en la cárcel, el escritor Arturo Uslar Pietri denunció el "despilfarro, efectuado por los sucesivos gobiernos democráticos, de los 250.000 millones de petrodólares ingresados por Venezuela en los últimos 20 años, que si se hubieran invertido sensatamente (...) hoy podríamos ser uno de los países más prósperos y desarrollados de América Latina..." 1. Ya por entonces "en Venezuela peregrinan por entrevistar al comandante Hugo Chávez, a tal punto que el gobierno debió trasladarlo a una cárcel lejana" 2. Y los expertos internacionales en democracia formal comenzaban a dar muestras de desconcierto: ¿acaso Venezuela no había sido por décadas un modelo ejemplar de alternancia democrática? ¿Acaso no había evitado el populismo, esa lacra que conducía a países riquísimos, como Argentina, a una decadencia sin fin? En efecto, la Democracia Cristiana, apoyada por el Vaticano y las derechas liberales del mundo desarrollado, y el socialdemócrata Acción Democrática, apoyado por la bienpensante Internacional Socialista, el Partido Demócrata estadounidense y la gauche caviar europea, se habían alternado democráticamente en el poder todos esos años. Nadie prestaba entonces atención al agujero por donde se escurrían los 250.000 millones de petrodólares, ni a advertencias como ésta: "Un informe sobre América Latina del economista peruano Francisco Sagasti, basado en datos del Banco Mundial, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), demuestra que: a) el 40% de la población vive por debajo de la línea de pobreza y existen amplias brechas en la satisfacción de necesidades básicas de vivienda, salud, nutrición, etcétera; b) América Latina tiene una de las distribuciones del ingreso más desiguales del mundo; c) los medios de comunicación de masas -particularmente la televisión- han difundido un estilo de vida que es imposible de alcanzar para la gran mayoría de la población latinoamericana: durante la década 1980-1990 el número de televisores por cada 1.000 habitantes aumentó un 40%, mientras que el salario promedio real se redujo un 40%; d) el ingreso medio por habitante latinoamericano tardaría 12 años en duplicarse a una tasa anual promedio de crecimiento del 6%; 30 años en alcanzar el nivel que tenían los países ricos en 1965; 40 años el nivel de esos países en 1990 y 60 años para equipararlo, suponiendo que, durante esa eternidad, los ricos crecieran tres veces menos; el 2% anual. Pero la realidad desmenuzada es peor que la que trazan las líneas promedio: el ingreso medio anual latinoamericano de 1990 (2.000 dólares) está a años luz para el 30% de los pobres de Argentina, Uruguay y Costa Rica, el 40% de México y Venezuela, el 60% de Brasil, Colombia y Ecuador, o el más del 65% de Bolivia, Perú y Centroamérica, según el PNUD" 3.

Y la década de los '90, en la que todas estas desigualdades se profundizaron hasta el paroxismo, no hacía más que comenzar: en Argentina, por ejemplo, aquel 30% de pobres supera hoy el 50%...

¿Y qué pasaba en la política y en las sociedades latinoamericanas mientras se escurrían los petrodólares o los países sin petróleo se endeudaban y vendían a precio de remate sus mejores empresas estatales; mientras todos practicaban las políticas de ajuste dictadas por el FMI y el neoliberalismo puesto a la orden del día por el Consenso de Washington; mientras las burguesías autóctonas estatizaban la deuda privada y enviaban los petrodólares o los dólares del FMI a los paraísos fiscales? Varios presidentes fueron destituidos u obligados a renunciar mediante juicios políticos por corrupción y otros cargos graves: el venezolano Carlos Andrés Pérez, el brasileño Fernando Collor de Melo, el ecuatoriano Abdalá Bucaram. Otros están siendo juzgados -el nicaragüense Arnoldo Alemán- o pasaron a ser prófugos de la justicia: el mexicano Carlos Salinas de Gortari, el peruano Alberto Fujimori, el argentino Carlos Menem. Otros fueron corridos por asonadas populares: el argentino Fernando de la Rúa, el boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada. Y mientras se descomponía la dirigencia de esas democracias a la medida de elites locales e intereses foráneos, aparecían o cobraban fuerza en toda América Latina "sujetos políticos no identificados" 4: el zapatismo mexicano, los piqueteros argentinos, los indígenas bolivianos, peruanos y ecuatorianos, los Sin Tierra brasileños, ocupando un sitio importante en el escenario político y social y articulando poco a poco, aunque todavía de manera imprecisa, alianzas con otros sectores afectados: trabajadores, amplios sectores desplazados de clase media, los desfallecientes empresariados nacionales, pequeños y medianos productores industriales y agrarios. La alianza política más articulada y exitosa de todos estos sectores se ha dado hasta ahora en Brasil, con la victoria de Luiz Inácio Lula Da Silva.

Lo notable de todo este proceso es que a pesar del aumento de las desigualdades, del caos social que éstas generan (del cual la corrupción, la mafistización de los estamentos de poder y la inseguridad consecuente son la cara más visible) y del descrédito generalizado de las dirigencias políticas tradicionales, el sistema democrático sigue siendo apoyado por la mayoría de los latinoamericanos, aunque menos que hace unos años y con tendencia decreciente. Según la última encuesta de Latinobarómetro 5, el apoyo promedio al sistema en 17 países (entre los que se encuentran todos los más poblados y extensos) es del 52,29%, mientras que en 1996 era del 60,64%. El apoyo ha caído en todos los países (en algunos, como Guatemala, Perú, Bolivia, Nicaragua y Paraguay, de manera muy preocupante), salvo en tres: Chile (+3%); Honduras (+4%) y Venezuela (+12%). Y aunque como en toda encuesta seria surgen ambigüedades y contradicciones, una conclusión se hace evidente: el apoyo a la democracia está condicionado por la satisfacción de las necesidades, al menos las básicas, de la mayoría. O dicho de otro modo, mientras más ciudadanos son relegados o marginados del sistema productivo y de la distribución de riqueza, menos sólida será la democracia.

Es entonces desde una mirada a la evolución política, económica y social latinoamericana de los últimos años y de encuestas como la citada que se puede arribar a la comprensión de los formidables cambios políticos actuales, de los que el proceso venezolano no es sino el más decidido y espectacular. En la mayor parte de los países se ha producido un notable cambio de tendencia, expresión del fracaso del modelo económico neoliberal y del hartazgo o desesperación de amplios sectores sociales afectados. En Brasil gobierna un partido de los trabajadores; en Argentina, luego de una revuelta popular que provocó el vacío político más notable de su historia, gobierna una especie de outsider que en los años '70 militaba por el socialismo nacional y cuya popularidad, hasta ahora, se basa en hacer casi todo lo contrario de sus predecesores; en Venezuela gobierna un comandante que ganó ocho elecciones e hizo votar por abrumadora mayoría una Constitución inspirada en Bolívar (y que dicho sea de paso, acaba de dar un notable ejemplo mundial con la aplicación del derecho ciudadano de revocatoria presidencial en mitad de mandato); en Chile gobierna un socialista; en Panamá ganó las elecciones un hijo del general Omar Torrijos; en México y Uruguay todo parece indicar que fuerzas de centroizquierda quebrarán por primera vez la hegemonía de los partidos tradicionales.

El fenómeno también se puede verificar por la negativa. En Ecuador, Lino Gutiérrez se parece cada vez más a un cadáver político, luego de elegir una vía de gobierno opuesta a la de las fuerzas populares, en particular indígenas, que lo apoyaron. El peruano Alejandro Toledo, un sobreviviente del estilo de los '90, devino uno de los políticos más impopulares de su país. El boliviano Carlos Mesa cabalga como puede la transición con el aliento de millones de indígenas sublevados en la nuca, luego de que el neoliberal Sánchez de Lozada se diera a la fuga. Colombia sigue siendo un caso aparte (aunque justamente por eso podría convertirse en la excusa de una intromisión imperial abierta).

¿Qué nos dicen estos desarrollos? En primer lugar, que ya no hay espacio para el sistema democrático si éste no se muestra capaz de empezar a reducir las desigualdades de manera real, evidente y sostenida. El actual asistencialismo argentino, por poner un ejemplo, sólo puede ser transitorio, porque cristalizado será una bomba de tiempo política y social. En segundo término, que los gobiernos populares tienen escaso margen para comenzar a satisfacer las expectativas de quienes los votaron. Su fracaso puede ser el canto del cisne de las democracias en la región; el inicio de un período violento, caótico, imprevisible.

Por último, y ésta es la gran lección de la experiencia venezolana, que si de verdad se intenta adoptar una política nacional soberana, desarrollar al país y satisfacer las expectativas de los más necesitados, aun las más mínimas y elementales, es necesario acabar con los privilegios y el desparpajo de las elites locales y hacerse con el control o vigilancia estricta de los principales recursos nacionales. Que en ese caso la reacción y los ataques son despiadados, irracionales (como ocurre en Venezuela, a pesar de que Chávez no ha realizado ninguna expropiación ni restringido la menor libertad), pero que hoy por hoy es posible neutralizarlos democráticamente, comunicando directamente con las mayorías ciudadanas, si es necesario al margen de los partidos, medios de comunicación y corporaciones tradicionales. No es tiempo de medias tintas ni de un excesivo temor a "fracturas nacionales": sectores importantes de las burguesías acabarán por entender que se hacen mejores negocios y se vive mejor en países desarrollados y soberanos; que ese proyecto les concierne. La situación es por cierto distinta en cada país y ninguna fórmula es repetible, pero la necesidad y el mandato son comunes: realizar y profundizar las reformas, acabar con las injusticias, recuperar soberanía.

Libertad, igualdad, solidaridad; una justicia equivalente para todos. La democracia está en peligro en América Latina porque es una burda caricatura de los principios que la definen. ¿Serán aprovechados estos vientos de cambio para hacerla efectiva y consolidarla, poniéndola al alcance de todos?

  1. El Nacional, Caracas, 22-3-1992.
  2. Carlos Gabetta, "Del ‘caracazo' al autogolpe peruano", El País, Madrid, 29-4-1992.
  3. Ibid.
  4. Adolfo Gilly, "Un sujeto político no identificado", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2004.
  5. Latinobarómetro 2004, "Una década de mediciones", Corporación Latinobarómetro, Santiago de Chile, 13-8-04. También "Democracy's low-level equilibrium", The Economist, Londres, 14-8-04.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 63 - Septiembre 2004
Páginas:3
Países Venezuela