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Recuadros:

Aristide, víctima y verdugo

Elegido en dos oportunidades presidente de Haití, Jean-Bertrand Aristide incurrió desde el poder en comportamientos propios de sus enemigos políticos: maniobras para perpetuarse, organización de bandas armadas como grupos de choque, obediencia a los dictados de las entidades financieras internacionales, entre otros. Pero persisten dudas sobre la autoridad de Estados Unidos y Francia para forzar su destitución y hacerlo salir de su país, donde el movimiento Lavalas (avalancha) sigue siendo de lejos el más popular.

Al principio era "Titid", el cura de las villas miseria, la voz de los sin voz. El que más tarde se convertiría en el presidente Jean-Bertrand Aristide, oficiaba por entonces en la iglesia de Don Bosco, en Puerto Príncipe, y representaba la esperanza de un pueblo crucificado por la dictadura de los Duvalier desde 1957 hasta 1986. Ese pueblo y su movimiento, Lavalas, llevaron al cura de los pobres al poder en 1990, en los primeros comicios libres del país. ¿Pecaron de un exceso de entusiasmo? "No hubo tiempo de reflexionar sobre la personalidad del individuo, ni de comprender cómo podía pasar de un discurso profético que denunciaba el mal al ejercicio del poder", confía uno de los que, luego de haberlo acompañado, tomaron cierta distancia.

¿Pero de qué poder se habla? Cuando Aristide asumió sus nuevas funciones la región estaba convulsionada. Washington había invadido Granada en 1984 y acababa de poner de rodillas a los sandinistas en Nicaragua. Bajo la mirada aprobadora de George Bush padre, y con la ayuda de la CIA, al general Raoul Cédras le llevó apenas siete meses derrocar al nuevo jefe de Estado haitiano. A partir del 29 de septiembre de 1991, en medio de un caos sabiamente orquestado, las calles desbordaban de cadáveres de lavalassiens. Habría que esperar al 19 de septiembre de 1994 para que el presidente estadounidense William Clinton, con el aval del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, enviara 20.000 soldados para restablecer el poder legítimo y sobre todo poner término al flujo de boat people que buscaba refugio en las costas de Estados Unidos, la verdadera preocupación central de la Casa Blanca.

Pero aunque volvían los viejos tiempos, no se presentaban de la manera esperada. "Lo único que le interesaba era el poder, a través del gobierno y del dinero", se oye decir al cabo de la nueva defenestración del Presidente (el 29 de febrero de 2004), que había sido reelecto para un segundo mandato el 20 de noviembre de 2000. La lista de faltas cometidas por el ex "curita", al que se responsabiliza o se señala como cómplice de todos los crímenes de Haití, es enorme: va desde el narcotráfico y el asesinato de opositores hasta los perros aplastados en la calle.

¿Se trata del mismo hombre al que la Unesco entregó el Premio 1996 de la Educación en pro de los derechos humanos? ¿Será una más de las víctimas de una de esas operaciones de demonización organizadas cada vez que un líder popular -como es el caso de Hugo Chávez en Venezuela- decide modificar el desorden establecido en el patio trasero de Estados Unidos?

En esta lamentable historia pesaron seguramente los tres años de exilio del ex-presidente, su desesperación y su frustración. "Cuando se fue era Aristide y cuando regresó era Harry Stide", resume abruptamente Anna Jean Charles, militante del sindicato Batay Ouvriyé ("Negreros modernos", pág. 12). En Washington, donde se vinculó estrechamente con el Partido Demócrata (y particularmente con el Congresionnal Black Caucus), el pitit soyèt (hijo del pueblo) descubrió y aprendió los manejos y componendas del establishment estadounidense. Considerado aún como el Presidente en ejercicio, Aristide, que administraba los fondos bloqueados de su gobierno, se convirtió en un grand mangeur (angurriento), como se dice en su país, al cual hizo imponer un embargo devastador para los más pobres. Por su parte, sus nuevos amigos demócratas estadounidenses, al instalarlo nuevamente en el poder, recogerían los grandes beneficios de las futuras privatizaciones, fundamentalmente en el sector de las telecomunicaciones.

En efecto, de nuevo en funciones, el ex "cura de los pobres" aplicó las medidas neoliberales exigidas por las instituciones financieras internacionales. Y lo hizo a su manera. Jean-Claude Bajeux, que como ministro de Cultura participó en la reunión de gabinete que analizó el primer paquete de privatizaciones, relata: "El primer ministro Michel Smarck propuso preparar los llamados a licitación, pero el Presidente lo interrumpió: ‘¿Por qué no nos organizamos para repartirnos esas cosas entre nosotros?'".

Sin embargo, es a ese mismo Aristide a quien la isla debe la primera transmisión de mando realizada pacíficamente entre dos responsables elegidos de manera democrática, en 1996. Ante la imposibilidad de volver a presentarse, Aristide había dejado el lugar a René Preval, ex primer ministro suyo y amigo personal. De manera contradictoria, fue en ese período que se generó la crisis. Mientras "Titid" pasó a ser el "Duque de Tabarre" (el nombre del barrio donde se hizo construir una suntuosa residencia), numerosas discrepancias sacudieron al movimiento Lavalas. Proveniente de la Organización Política Lavalas (OPL) -que acompañó a Aristide en el marco de un flirteo desapasionado, cuya única motivación fue el interés-, el primer ministro Rosny Smarth renunció en junio de 1997, paralizando el sistema político haitiano por varios meses.

En mayo de 2000, cuando se realizaron las elecciones para designar los 7.500 puestos vacantes a nivel local y nacional, el clima democrático ya estaba bastante deteriorado. Los observadores internacionales estimaron que, globalmente, la votación se desarrolló con normalidad, pero hubo un fuerte movimiento de protesta. Siete candidatos a senadores, que hubieran debido participar en una segunda vuelta, fueron designados vencedores sin más trámite. Hecho paradójico, dado que el nuevo partido de Aristide, Fanmi Lavalas (Familia Avalancha) se hubiera impuesto fácilmente, sin recurrir al fraude. "Pero él quería controlar absolutamente todo. Quería tener el 100% de las bancas del Parlamento. Como dijo durante el golpe de Estado: ‘Yo soy el centro de una rueda de bicicleta, todos los rayos convergen en mi'", afirma Micha Gaillard, ex portavoz de Aristide en el exilio.

Jefe vitalicio

Hay quienes afirman que Aristide fue víctima de partidarios excesivamente celosos "que manipularon las urnas y lo desbordaron". Su única falta habría sido "mantenerse callado y dejar que se pudriera la situación". Puede ser. Sin embargo, el análisis del estatuto interno de Fanmi Lavalas aporta un detalle esclarecedor 1. El artículo 29 afirma: "Fue elegido Representante Nacional (dirigente de la organización) el presidente Jean-Bertrand Aristide". Luego, el artículo 32 señala: "El cargo de Representante Nacional queda vacante si el Representante fallece o renuncia (...)". Pero no existe ninguna referencia a la realización de elecciones internas. En otras palabras, salvo propia voluntad de abandonar su función, ¡Aristide era implícita y explícitamente "presidente vitalicio" de su partido! Así, es difícil encontrar diferencias entre su filosofía política y la de los Duvalier.

Las elecciones de mayo de 2000 tuvieron el efecto de un boomerang, ya que brindaron a la oposición, que se encontraba en situación de inferioridad, un argumento de peso. Ésta decidió entonces boicotear las elecciones presidenciales de noviembre de 2000, para restarles legitimidad. En esos comicios, Aristide se impuso gracias a un gran apoyo popular, nunca desmentido. Sin embargo, la comunidad internacional suspendió la mayor parte de su ayuda y préstamos, con lo que hundió al país en la indigencia y el caos.

"Sobre determinados puntos, Aristide conservaba una visión social y la determinación de imponer algunos aspectos. Por ejemplo, trató realmente de operar un cambio educativo en el país profundo. Pero en otros terrenos practicó una suerte de realpolitik de manera muy maquiavélica", estima el padre Frantz Gandoit, sacerdote dominicano que desde entonces dirige la campaña de alfabetización. Algunos aún creen ver en Aristide un líder progresista enfrentado al "ogro yanqui". Pero aunque en sus discursos evocaba con ardor a Toussaint Louverture, se guardaba muy bien de mencionar a Charlemagne Péralte 2, el héroe anti-estadounidense.

Entretanto, el pueblo se enfrentaba a la angustia cotidiana y se consolidaban las grandes fortunas, mientras el ministro de Asuntos Sociales se ponía sistemáticamente del lado de los patrones y en contra de los trabajadores. Cuando sindicalistas vinculados con Batay Ouvriyé fueron asesinados en Guacimale, el 27 de mayo de 2002, el régimen reaccionó contra las víctimas y algunos sindicalistas terminaron en la cárcel.

La confianza se resquebrajó aun más con el denominado escándalo de las cooperativas, en 2001 y 2002. Todo comenzó con un discurso pronunciado en el estadio nacional: el Presidente incitó a sus conciudadanos a ahorrar colocando su dinero en cooperativas. Esas cooperativas surgieron en medio de un enorme desorden, sin estructuras rígidas y sin que se sepa bien quiénes las dirigían. En nombre de la "solidaridad social" se anunciaron tasas extraordinarias del 12% mensual (¡140% anual!). Un incauto entusiasmo se apoderó de la clase media. Algunos vendieron su auto o su casita esperando duplicar su capital en un año. Hasta los más pobres se contagiaron. Pero todas las cooperativas quebraron de un día para otro y desaparecieron con el dinero de los ahorristas: 170 millones de dólares. La única reacción del gobierno fue detener a Jean Georges, presidente de la Asociación de víctimas... El movimiento anti-Aristide aumentó de manera exponencial.

Intransigencia opositora

Teniendo en cuenta el desenlace de la crisis -la actual puesta del país bajo tutela internacional- y aunque el ex cura tiene una enorme responsabilidad, la oposición no está libre de culpa. Reprocha a Aristide su complicidad con las políticas del Fondo Monetario Internacional, pero olvida que cuando Rosny Smarth dirigía el gobierno también firmó un plan de ajuste estructural. Su partido, la OPL (ex Organización Política Lavalas, convertido en Organización del Pueblo en Lucha), mayoritario entre 1995 y 2000, con 36 diputados y 8 senadores, sostiene que "no puso en práctica su propio programa porque trataba de mantener el consenso".

Al regresar a la presidencia luego de las elecciones de mayo de 2000, Aristide pidió a los siete senadores de su partido irregularmente "electos" que renunciasen a sus cargos. Pero la oposición no aceptó ningún tipo de acuerdo. Boicoteó el Congreso y se negó a participar en cualquier iniciativa oficial, limitándose a denunciar la desastrosa situación económica -agravada por el embargo (justificado por la crisis política) y la negativa del gobierno a dialogar-.

Desprovistos de peso real, los partidos políticos, reunidos en el seno de la Convergencia Democrática 3, se unieron al Grupo de los 184, dirigido por André Apaid, el mayor empleador industrial de Haití, que reunía asociaciones de todo tipo de la "sociedad civil". Apaid explota a más de 4.000 trabajadores, a quienes paga 68 centavos de dólar por día, cuando el salario mínimo legal es de US$ 1,50. Apaid se había opuesto a un aumento de ese salario mínimo, deseado por Aristide. Pero esa alianza contra-natura no incomodó a los partidos de izquierda. Gerard Pierre-Charles, coordinador de la OPL, afirma que "hubo consenso en toda una serie de puntos: el ejercicio de la democracia, las libertades públicas, la necesidad de cambiar la vida en Haití". Se ignoraron las divisiones, las susceptibilidades, las viejas heridas, la falta de un proyecto común. El único objetivo era derrocar al jefe del Estado.

Nadie puede poner en duda la probidad personal y la valiente trayectoria de dirigentes, intelectuales y militantes como Pierre-Charles (OPL), Micha Gaillard, o Jean-Claude Bajeux (Konacom), por citar sólo algunos. Pero la intransigencia de la ambigua coalición de que formaban parte (Gaillard sería el vocero) precipitaría la catástrofe. Boicoteado por la oposición, abandonado por la comunidad internacional, privado de todo tipo de ayuda, el ex sacerdote sólo cuenta con la masa de los más pobres.

Las Quimeras

Más allá de sus desvíos personales, que no necesariamente percibieron, esos haitianos, no sin cierta razón, veían en la ofensiva en marcha contra "Titid" un intento de "eliminar del poder al pueblo". La "Plataforma Democrática" (Convergencia Democrática + Grupo de los 184) nunca expresó en tanto tal la más modesta reivindicación social. Una ciega represión, cuya punta de lanza estaba compuesta por los hombres de las Quimeras -un sucedáneo de los siniestros tonton macoutes de los Duvalier- cayó entonces violentamente sobre la oposición.

En este punto sin dudas se le cargan a Aristide más culpas de las que le corresponden. "Tome usted cualquier pueblo, oprímalo, aplástelo, quítele toda esperanza, empújelo a la muerte, y pasará así de la República de Weimar a Hitler, de la Liga de los Justos a Stalin, de los fieles de Don Bosco a las Quimeras", protesta Jacques Barros 4. La dictadura del general Cédras golpeó principalmente al movimiento popular -4.000 muertos- eliminando a sus mejores dirigentes. Aún en 2003, violentas incursiones dejaban heridos y muertos entre los partidarios de Fanmi Lavalas, fundamentalmente en Petit Goave y en la Baja meseta central 5, por citar sólo esos casos. Si a ese contexto se le agrega una gigantesca ola de inseguridad (que llevó a todas las familias pudientes a armarse), lo que algunos llaman "el romanticismo verbal del pueblo en armas" quizá no se justifique, pero se puede comprender.

Las Quimeras forman parte de otra dimensión; son los "grupos de choque del Presidente". A falta de ejército (que Aristide disolvió al volver del exilio) y teniendo en la memoria el golpe de Estado de 1991, el régimen distribuyó armas a los funcionarios del gobierno, en las municipalidades, en las villas miseria, a pequeños caudillos en busca de justicia social, a elementos del lumpen-proletariado. Pero, una vez armados, muchos se volvieron exigentes y peligrosos. Comenzaron pidiendo un poco de poder y luego se comportaron como bandas criminales, se organizaron en redes de tipo mafioso coordinadas en secreto por la policía, que desarrolló con ellos todo tipo de operaciones, desde secuestros hasta narcotráfico. A la vez, controlaban férreamente los barrios, atacando a los manifestantes opositores e incendiando los locales de otras organizaciones políticas "para apoyar al Presidente".

No está probado que Aristide haya organizado o dirigido personalmente esos grupos. En cambio, es cierto que nunca los combatió ni condenó. "Al contrario, decía que eran producto de la miseria -lo que es cierto- y articulaba su discurso de tal manera que implícitamente les decía: ¡adelante!", afirma con un suspiro de amargura alguien que ya no pertenece a su entorno. Para Aristide, lo importante no era la construcción del movimiento popular, sino su control, la creación de una clientela utilizable en caso de necesidad.

Así fue como el Presidente cayó en su propia trampa. Será el levantamiento encabezado por Butteur Metayer, en la ciudad portuaria de Gonaives, a comienzos de febrero pasado, el que marcará el principio del fin. Miembro del Ejército, que durante mucho tiempo sostuvo a Aristide incluso por medio de la violencia a cambio del control de la aduana, Metayer cayó en desgracia por no saber mantener un perfil bajo y acabó cambiando de bando. Rápidamente se le sumó la pandilla de ex militares -criminales, bandidos y narcotraficantes- exiliados en República Dominicana. Cuando lograron controlar 5 de los 9 departamentos de Haití, el gobierno cayó.

Esa banda de mercenarios no surgió de la nada. En Estados Unidos los republicanos odiaban a Aristide, pero éste tenía la ventaja de mantener la calma y de aplicar las reformas neoliberales. Formalmente, lo apoyaron hasta último momento. El propio Colin Powell llegó a tener vivas discusiones con la oposición, presionándola para que cediera. Sin embargo, tanto el subsecretario de Estado para América Latina, el ultraconservador Roger Noriega, como la CIA no estaban dispuestos a perder el control de la situación ni a dejar que tomaran el poder en Puerto Príncipe hombres no elegidos por ellos.

A fines de marzo de 2004, mientras el ex-Presidente vegetaba en Sudáfrica, en Santo Domingo se publican los resultados preliminares de una comisión investigadora sobre Haití dirigida por el ex fiscal general de Estados Unidos, Ramsey Clark. Allí se revela que "los gobiernos de Estados Unidos y de República Dominicana habrían participado en el suministro de armas y en el entrenamiento en ese país de los ‘rebeldes' haitianos". La comisión comprobó que 200 soldados de las fuerzas especiales estadounidenses habían sido enviados a República Dominicana para participar en ejercicios militares en febrero de 2003. Esos ejercicios, que contaron con la autorización del entonces presidente Hipólito Mejía, se realizaron "cerca de la frontera, precisamente en una zona desde la cual los ex militares haitianos lanzaban regularmente ataques contra las instalaciones del Estado haitiano" 6. Nada nuevo: en la década de 1980 Honduras desempeñó la misma función respecto de los sandinistas nicaragüenses.

Intervención extranjera

El avance de esas bandas armadas permitió al embajador estadounidense, James Foley, forzar la partida del presidente Aristide el 29 de febrero de 2004, ayudado en esa tarea y en la instauración de una fuerza de paz por el gobierno francés. París buscaba una reconciliación con Estados Unidos luego de la crisis iraquí y no estaba dispuesto a dejar que Washington actuara solo en Haití, lo que implicaba el riesgo de verse excluido de una isla a la que la unen lazos históricos. Por otra parte, al reclamarle reparaciones por más de 21.000 millones de dólares 7 Aristide había irritado mucho a Francia.

Queda por responder una pregunta claramente formulada, entre otros, por los dirigentes de los Estados caribeños. ¿Qué legitimidad tienen potencias como Estados Unidos y Francia para "sacar" de esa manera a un jefe de Estado? "En mi carácter de presidente de la Asamblea Nacional -nos confirma el senador Ivon Feuillé (Fanmi Lavalas)- nunca recibí ningún documento que permita decir que el Presidente renunció." Esa intervención extranjera es percibida, y con razón, como un peligroso primer paso que permitiría mañana a la Casa Blanca hacer lo mismo en Cuba, en Venezuela y hasta en Colombia o en Bolivia.

Ese aspecto de la cuestión no preocupó mucho a la ex-oposición haitiana, que hasta último momento eligió una política de choque. El 21 de febrero de 2004 Aristide había aceptado un plan internacional que establecía la continuación de su mandato hasta 2006, la designación de un primer ministro "neutro e independiente" y de un nuevo gobierno, en concertación con la oposición. La Plataforma Democrática rechazó el plan pues no mencionaba la renuncia del Presidente. Sobre ese punto -el alejamiento de Aristide- logró su objetivo. Pero al día siguiente de la fiesta la oposición aparece tan aliviada como frustrada. El desenlace de la crisis no se produjo de acuerdo a sus planes, lo que la privó de la victoria, y además de la ocupación militar extranjera 8 Washington le impuso un "primer ministro importado", Gerard Latortue (9).

El 20 de marzo, Latortue no dudó en calificar a los autoproclamados "rebeldes", miembros del disuelto ejército torturador, como "combatientes de la libertad". Y se habla de reclutar algunos de ellos para aportar "sangre nueva" a la policía nacional. En las zonas rurales, esos personajes, erigidos algunos en autoridad declarada, otros en caudillos, permiten que los grands dons (grandes propietarios) u otros duvalieristas vuelvan a sembrar el terror y traten de robarle las tierras a los pequeños campesinos, como en los viejos tiempos.

Es cierto que se habla de organizar elecciones. Pero, ¿cómo desarrollar campaña electoral cuando el norte (Cabo Haitiano), la Artibonite (Gonaives) y la meseta central (Hinche, Mirebalais) siguen estando bajo el control de esos grupos armados? Mientras tanto, continúa la caza de brujas contra los partidarios de Aristide: prohibición de salir del país, restricción de sus libertades, detenciones, extradiciones ilegales a Estados Unidos. Muchos están escondidos, otros son asesinados. No obstante, Fanmi Lavalas sigue siendo, hasta nueva orden, el movimiento político más popular del país.

  1. "Carta, estatutos y reglamento de la Organización Fanmi Lavalas", 1° congreso, 14 al 16-12-1999, Puerto Príncipe, Haití.
  2. Jefe del movimiento de resistencia Cacos durante la ocupación estadounidense (1915-1934), ejecutado el 1-11-1919.
  3. Convergencia Democrática comprende partidos de inspiración socialdemócrata (la Organización del Pueblo en Lucha (OPL); el Comité nacional del Congreso de Movimientos Democráticos (Konakom); el Partido Nacionalista Revolucionario Haitiano (Panpra); la Convención Unidad Democrática (KID)); y partidos de centro, entre los cuales figura el Partido Demócrata Cristiano (PDCH); además de cuatro o cinco partidos de diversas tendencias.
  4. Ex director del Instituto Francés de Haití, autor de Haití de 1804 à nos jours, un cas type dans l'histoire du sous-developpement, L'Harmattan (2 volúmenes), París, 1984.
  5. Haití. La violencia política en vísperas del bicentenario de la independencia, Amnesty International, París, octubre 2003 (MDE 36/007/2003).
  6. Sally Burch, "Haití, entre la espada y la pared", Agencia Latinoamericana de Información (ALAI), Quito, 27-4-04.
  7. Suma que Haití pagó a Francia, como precio de su independencia (en aquella época, 90 millones de francos-oro).
  8. Al retirarse la Fuerza de Paz Interina (formada por Estados Unidos, Francia, Canadá y Chile), tomó su lugar una Misión de Naciones Unidas para la estabilización en Haití (Minustah), dirigida por Brasil.
  9. Latortue, funcionario internacional, vivió 30 años en la diáspora.

Negreros modernos

Lemoine, Maurice

En el noreste de Haití, el río Massacre y un puente en mal estado separan Ouanaminthe de Dajabón, en República Dominicana. Bajo el gobierno de Aristide se supo que en Ouanaminthe se instalaría una zona franca. El anuncio provocó la enérgica resistencia de los propietarios de las tierras afectadas, pero también de quienes las cultivaban, colonos y jornaleros. Eso no es problema, se los indemnizará, se dijo (aún están esperando). Secundados por hombres armados, varios tractores arrancaron todo lo plantado. Imposible resistir, los pobres quedaron “como aves silvestres, sin saber dónde posarse”.
La firma dominicana que se menciona en esa operación, el Grupo M, tiene mala reputación. Es famosa por sus actos brutales y arbitrarios contra los obreros, su falta de respeto al derecho sindical en República Dominicana, país donde es el primer empleador (12.000 trabajadores) en plantas de subcontratación. Seguramente mal informada, la Corporación Financiera Internacional del Banco Mundial financió con un crédito de 20 millones de dólares la instalación del Grupo M en Ouanaminthe. Aunque sin dudas más informado de la realidad, el 8 de abril de 2003 el presidente Aristide llegó muy discretamente para poner la piedra fundamental de la obra, junto al entonces jefe de Estado dominicano, Hipólito Mejía. Los haitianos se enteraron de la noticia recién al día siguiente, por la prensa dominicana.
“No sabíamos nada de zonas francas. Aquí no hay trabajo. Ya probamos.” Las dos unidades de producción cuentan con unos mil trabajadores, que fabrican los famosos pantalones Levi’s 505 y 555 (en la planta Codevi) y remeras (en la planta MD), que luego son exportados a través de República Dominicana.
Condiciones laborales embrutecedoras, ritmo de trabajo frenético, salarios miserables... A partir del 13 de octubre de 2003 se manifiesta un principio de resistencia, con la creación del Sindicato de obreros de Codevi, en Ouanaminthe (Sokowa en creole) afiliado a la intersindical 1er mai-Batay Ouvriyé (Batalla Obrera). Treinta y cuatro trabajadores afiliados al sindicato son brutalmente despedidos el 2 de marzo de 2004. Por entonces, el país vive en un vacío de poder creado por la partida del presidente Aristide. Acantonados en Ouanaminthe, milicianos del supuesto “ejército rebelde” del Norte intervienen para reprimir las protestas.
Luego de duras negociaciones desarrolladas en presencia del Banco Mundial, de una comisión tripartita del nuevo gobierno haitiano y de la multinacional Levi-Strauss, la empresa aceptó reincorporar a todos los despedidos (el 13 de abril), pero –señala la señora Yannick Etienne, de Batay Ouvriyé– “olvidó que existía además un acuerdo para que el sindicato pudiera negociar un nuevo contrato colectivo”.
Hubiera resultado útil: cinco días de trabajo, de lunes a viernes, más el sábado obligatorio y no pagado, como tampoco las horas extra. “No se puede siquiera hacer una pregunta. Si alguien se atreve, anotan el nombre para despedirlo.” Sistemáticamente se convoca a los más rebeldes para que se presenten en la “cámara”. “Ponen la refrigeración al máximo, para hacer que uno se sienta mal. Y hay que pasar horas allí, custodiado por personas armadas.” Las mujeres están obligadas a dejarse aplicar cada dos meses una misteriosa inyección. Algunas dicen tener “reglas negras, muy prolongadas e irregulares” y señalan casos de abortos sospechosos.
El 7 de junio se produjo una suspensión de tareas de 30 minutos. Al día siguiente, unos cuarenta militares dominicanos fuertemente armados (¡en territorio haitiano!) reprimieron a los trabajadores a culatazos. Al día siguiente de una nueva huelga de 24 horas, la empresa cierra la planta -–lockout ilegal– y la reabre 48 horas más tarde despidiendo a 370 trabajadores.
A partir de entonces, el volumen de trabajo aumentó. Antes, los obreros debían producir 1.000 prendas por día. Ahora se les exigen 1.300, por un salario semanal de 1.300 gourdes (42 dólares). “No es posible alcanzar ese objetivo; y entonces nos pagan sólo 432 gourdes (14 dólares).”
Mientras militares dominicanos, actualmente de civil, hacen reinar el orden en la fábrica, Fernando Capellán, director dominicano del Grupo M, amenazaba con transferir la empresa. “No creemos que cierren la fábrica, pero la amenaza es signo evidente de que se ha declarado la guerra”, estima la señora Yannick Etienne. En 1995, su sindicato libró una dura batalla contra los subcontratistas de Disney y la Asociación de Industrias de Haití (ADIH). “Creo que tanto la patronal dominicana como la haitiana quieren eliminar nuestro joven sindicato para crear una situación de vacío legal que permita una máxima explotación” 1.

  1. En Francia se realizan acciones para apoyar al sindicato Batay Ouvriyé a través de la Red Solidaridad de la Federación de Pueblos Solidarios (10, quai de Richemont, 35000 Rennes; www.globenet.org/reseau-solidaire).


Autor/es Maurice Lemoine
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 63 - Septiembre 2004
Páginas:10,11,12,13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Estado (Justicia), Estado (Política), Política internacional
Países Haití