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Paradójico “camino del medio” en el Tíbet

Jefe espiritual y temporal de los budistas tibetanos, el Dalai Lama criticó duramente a Pekín el 14 de junio pasado. Su corriente no pide la independencia, reivindica “el más alto grado de autonomía posible” para Tibet. Pero como las autoridades chinas excluyen toda negociación real, este “camino del medio” no está exento de serias contradicciones.

En agosto de 2004, mientras se desarrollaban los Juegos Olímpicos de Atenas, en las inmediaciones del Complejo Deportivo Olímpico y en la final de una competencia, se desplegaron pancartas que reclamaban la libertad del Tíbet. En Pekín, se exhibió otra pancarta durante la ceremonia de traspaso de la bandera olímpica a cargo del alcalde de Atenas. En esa ocasión, los protagonistas de dicha iniciativa anunciaron la multiplicación de sus acciones de aquí al 2008, y su intención de convertir a los Juegos Olímpicos de Pekín en el “escenario de manifestaciones internacionales sin precedentes” si la situación del Tíbet no cambiaba 1.

Sin embargo, en octubre de 2002, Samdong Rimpoché, Primer Ministro del gobierno tibetano en el exilio 2, instaba a los defensores del Tíbet a dejar de manifestar públicamente su oposición a China hasta junio de 2003, con el fin de “crear una atmósfera de confianza” y “evaluar la respuesta” de China. El mes anterior, una delegación tibetana había sido autorizada a viajar a Lhasa y Pekín, señal de que se habían reanudado los contactos interrumpidos en 1993, y de que merecían continuarse. Esta “señal positiva” llevaba a los más optimistas a imaginar los frutos de un diálogo y afirmar que las negociaciones serían inminentes; y a los más cautos, a esperar simplemente una reacción de China. Pero, ¿una reacción a qué?

El plazo que se concedía Samdong Rimpoché correspondía al vencimiento de una resolución del Parlamento europeo, votada el 6 de julio de 2000. Ésta disponía que si, en un plazo de tres años, la República Popular de China y el gobierno tibetano en el exilio no llegaban a ningún acuerdo negociado sobre un nuevo estatuto del Tíbet, el Parlamento invitaría a los Estados miembros a “analizar seriamente la posibilidad de reconocer al gobierno tibetano en el exilio como legítimo representante del pueblo tibetano”.

Sin embargo, esta disposición nunca fue tenida totalmente en cuenta por el gobierno tibetano en el exilio, arguyendo que se trataba de una simple “coincidencia”. Es que la posibilidad de su reconocimiento se contradecía con sus propios objetivos: el abandono de todo reclamo de independencia para obtener solamente la autonomía 3. Ahora bien, reconocer al gobierno tibetano en el exilio no era nada menos que reconocer a través de éste el principio del derecho a la independencia y la facultad para hacerlo valer. A lo que se sumaba otra consecuencia previsible: el enfrentamiento diplomático con Pekín, esencialmente contrario a la línea oficial tibetana.

En mayo de 2003, en vísperas del vencimiento de los plazos establecidos por Samdong Rimpoché y el Parlamento Europeo, una segunda delegación obtuvo autorización para viajar al Tíbet. Esta visita no produjo ningún resultado en materia de diálogo o de negociaciones. Las discusiones informales que tuvieron lugar con responsables chinos, fueron presentadas por el gobierno tibetano en el exilio como “nuevas” señales positivas. Estas señales eran, sin embargo, idénticas a las anteriores, igualmente ambiguas y sin ningún valor agregado. Bastaron sin embargo para neutralizar la resolución europea y prolongar la “tregua” de los militantes tibetanos, esta vez por tiempo indeterminado.

Las autoridades de Pekín afirmaron con respecto a las dos delegaciones que algunos “compatriotas tibetanos habían venido con fines turísticos” y que un “informe falso había mencionado las negociaciones” 4. Se trataba de un “malentendido”. Agregaban que “la puerta de la comunicación entre el Dalai Lama y el gobierno central estaba totalmente abierta, si él realmente abandonaba su posición tendiente a lograr la independencia” 5. A partir de entonces, “podían iniciarse las discusiones entre él y las autoridades centrales sobre su propio futuro”.

Una manera para China de reducir la cuestión al destino particular de una sola persona y excluir la cuestión del estatuto del Tíbet, dejando que su propio interlocutor se ocupara de interpretar señales ambiguas. En este sentido, la diplomacia de las “señales positivas” corresponde menos a una estrategia tibetana o europea que a la de China: permite a Pekín hacer que cesen los cuestionamientos y demostrar su “buena voluntad”, el tiempo que le sea necesario a la política de apertura tibetana para alimentarse de ella, evitando su propio fracaso.

De hecho, el gobierno tibetano en el exilio no es reconocido por ningún país del mundo, ni siquiera él mismo reclama su reconocimiento. Entonces, ¿qué estatuto considera en el marco de las negociaciones a las que aspira? ¿Y qué autonomía pretende negociar cuando ésta ya existe, en la medida en que la República Popular de China es reconocida y que, por ende, también lo es la Región “autónoma” del Tíbet?

Una diplomacia reactiva

Reclamar la autonomía exigiría primero cuestionar el estatuto de autonomía existente para proponer otro o bien cuestionar su efectividad para que la tenga. ¿Qué derecho invocaría el “gobierno” tibetano en el exilio en la primera hipótesis? ¿El derecho a la autodeterminación que podría hacer valer como representante legítimo del pueblo tibetano? ¿O el derecho chino que debería invocarle desde el momento en que los tibetanos sean considerados por éste una minoría nacional?

No tener la legitimidad “reconocida” de un gobierno en el exilio no le permite invocar el derecho a la autodeterminación y pronunciarse en nombre del pueblo tibetano de manera competente. Y el hecho de mantenerse como gobierno en el exilio, aun sin reconocimiento oficial, no le permite recurrir al derecho chino. Esto supondría admitir sin rodeos que el Tíbet forma parte de China y renunciar definitivamente a la existencia de un gobierno diferente en el exilio así como a sus reivindicaciones. En cuanto a negar la autonomía existente en los hechos, implicaría enfrentarse a las mismas contradicciones cuestionando la no aplicación de los textos chinos.

Por otro lado, el hecho de valorar el papel del Dalai Lama en el marco de las “negociaciones”, tal como se esfuerza en hacer el gobierno tibetano en el exilio, no permite eludir estos obstáculos. Ya sea “jefe espiritual” o “jefe de Estado no reconocido”, el Dalai Lama no tiene mayor competencia para negociar el estatuto político del Tíbet. Más aun, este último recurso altera la relación con China, que se ve reforzada en su estrategia de sólo discutir el regreso personal del Dalai Lama.

El gobierno tibetano en el exilio se enorgullece sin embargo de continuar una política de apertura que califica de moderada y por consiguiente pragmática. Lo que denomina “camino medio”, “camino del medio” o “camino del Dalai Lama”. Pero, para que el camino medio basado en el diálogo y el reclamo de autonomía pueda existir, necesitaría un contrapeso. Ya sea un camino radical basado en una posición unilateral de reclamo de independencia o simplemente un camino independentista sin necesidad de radicalidad. Lo que caracteriza la paradoja del camino medio es la ausencia de una corriente semejante, suficientemente significativa y claramente identificable, que permitiría relativizarlo y revelar, por contraste, su carácter moderado o bien intermedio.

Esta ausencia, o más bien esta inhibición, se debe principalmente a una suerte de autocensura entre los tibetanos, cuando no se trata de censura deliberada, que haría de la independencia una opción opuesta a la del Dalai Lama y perjudicial para su accionar.

La cristalización sobre el carácter “moderado” del camino medio y su objetivo político –la autonomía– tiene una doble incidencia. Primero, en el objetivo de la independencia, que constituye en sí una reivindicación natural y legítima del pueblo tibetano, obligado a que se lo perciba necesariamente como radical. Luego en el accionar del gobierno tibetano, que se encuentra sin margen de maniobra en la definición o la redefinición de su línea política. Lo que es aun más problemático que la autonomía, considerada un objetivo realista por sus defensores, se revela como un callejón sin salida tanto respecto de sus resultados como de las paradojas que sostienen su reivindicación. Mientras que la independencia, desde luego difícil de lograr, no sería un objetivo inconcebible en sí mismo. Lo que justifica la diplomacia china de las “señales positivas”, tanto reactiva como preventiva.

Finalmente, mientras que negociar supone asumir compromisos, el objetivo de la autonomía no permite asumir ninguno. Porque desde el momento en que China exige el abandono de la independencia como condición previa a toda discusión, la autonomía se convierte en un objetivo a la vez máximo y mínimo. Si no se alcanza este objetivo, ya no queda nada para negociar. Y discutir el modelo o el grado de autonomía representa un caso óptimo. Lo que lleva a algunos a preguntarse sobre el interés del gobierno tibetano en abandonar el objetivo de la independencia en forma incondicional. Desde un punto de vista pragmático, la coherencia del reclamo de independencia residiría en que permitiría hacer concesiones, acreditando la necesidad de una negociación conducida por el interlocutor más moderado.

De todas formas, al publicar en mayo de 2004 un libro blanco sobre “la autonomía regional étnica en el Tíbet”, las autoridades chinas terminaron anunciando el fin del camino del medio, así como de la tregua de los militantes. Este documento, que recuerda inequívocamente la posición oficial de Pekín, excluye toda crítica y toda negociación con respecto a la autonomía existente, que constituye “una realidad política objetiva que nadie puede negar ni quebrantar”. Sin embargo, emisarios del Dalai Lama fueron recibidos en septiembre de 2004, con la esperanza de un “avance del proceso en curso hacia negociaciones sustanciales”. Una manera para China de mantener su estrategia de “señales positivas” en el momento en que sus contradictorios tibetanos estuvieran más bien tentados de cuestionarla.

Esta visita sucedió a los acontecimientos que tuvieron lugar durante los Juegos Olímpicos de Atenas y anticiparon los disturbios que podrían producirse durante los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008. Además, su anuncio se produjo inmediatamente después de la anulación por parte del Parlamento tibetano en el exilio de una resolución que había votado anteriormente. Ésta preveía la “revisión de la línea oficial del gobierno –el camino del medio– en ausencia de una respuesta positiva de China de aquí a marzo de 2005”.

Finalmente, autorizando esta tercera visita, China pretendía recordar que “cada año, se permite el regreso al país de un gran número de compatriotas tibetanos, incluidos los más cercanos al Dalai Lama” 6. Según ella, estos “supuestos emisarios” habían venido “a visitar a sus familiares y conocidos”. Al agregar que “todos los patriotas pertenecen a un misma familia con la que se reúnen tarde o temprano”, China recordaba al Dalai Lama que sólo podría discutirse su posible retorno. Y nada más.

En agosto de 2003, el Dalai Lama declaraba que si, en “dos o tres años”, el camino del medio no arrojaba ningún resultado, no podría explicar su conveniencia a los tibetanos que se impacientan y desean la independencia. Al año siguiente, el Parlamento tibetano en el exilio mencionaba la posibilidad de revisar la línea oficial del gobierno en marzo de 2005.

Sacando las conclusiones de la diplomacia de las “señales positivas”, se induciría a los tibetanos, funcionarios o militantes, a ver su salvación en la alternativa de la independencia, oportunidad de nuevas estrategias basadas en una verdadera línea política, uno de cuyos primeros resultados sería el de la coherencia. El horizonte de los Juegos Olímpicos de Pekín, en 2008, les concede así tres años para probar los diferentes campos de aplicación.

  1. En el Tíbet, continúan las detenciones arbitrarias y los procesos judiciales injustos contra los “separatistas” y los “extremistas religiosos”. Según Amnesty International, hay 145 presos políticos tibetanos en las cárceles chinas. Los defensores del Tíbet denuncian la incapacidad del pueblo tibetano para ejercer su derecho a la autodeterminación en el actual contexto político.
  2. A partir del 29 de abril de 1959, el gobierno tibetano fue dirigido desde el exilio, en India, tras la huida del Dalai Lama, a raíz de la represión al levantamiento de Lhasa por parte del ejército chino.
  3. La autonomía constituye la línea oficial del gobierno tibetano en el exilio desde el “Plan de Paz en Cinco Puntos” (1987) y la “Propuesta de Estrasburgo” (1988).
  4. Declaración de Zhuang Guosheng (departamento del Frente Unido del Partido Comunista Chino), el 5 de diciembre de 2003 (Press Trust of India, Bombay).
  5. Entrevista a Wen Jiabao, Primer Ministro chino, concedida a The Washington Post, 23-11-03.
  6. Declaración de Kong Quan, portavoz del Ministerio chino de Relaciones Exteriores, en Pekín, el 16 de septiembre de 2004 (Reuters y AFP). 
Autor/es Vernerey Mathieu
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 73 - Julio 2005
Temas Estado (Política), Deportes
Países China