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Un escándalo puede ocultar otros

El escándalo de corrupción por el programa “Petróleo contra alimentos”, impuesto a Irak, ha desatado fuertes críticas contra Naciones Unidas. Sin embargo, no se ha analizado el papel del Consejo de Seguridad, que llevaba adelante un minucioso control, ni el costo de las sanciones impuestas a Irak, de graves consecuencias para la población.

Un escándalo moviliza actualmente al Congreso estadounidense. Entre 1996 y 2003, el programa “Petróleo contra alimentos” habría permitido al presidente iraquí Saddam Hussein desviar cientos de millones de dólares. De otra parte, algunos altos funcionarios de Naciones Unidas (ONU) habrían embolsado importantes comisiones, en particular el responsable del programa, Benon Sevan 1. Por último, responsables políticos extranjeros, fundamentalmente franceses, también habrían aprovechado del sistema. Esas acusaciones son graves y sin dudas exigen una profunda investigación.

Pero se impone una primera observación. Desde 1996 existe una enorme documentación pública sobre el programa “Petróleo contra alimentos”. Allí figuran todos los elementos necesarios, fundamentalmente la lista de todos los artículos suministrados a Irak cada semestre. Esa lista, como todas las transacciones iraquíes, era cuidadosamente establecida por el Comité encargado de aplicar las sanciones, compuesto por miembros del Consejo de Seguridad y que funcionaba por consenso. Ninguna decisión podía ser adoptada sin la aprobación de Estados Unidos, que –junto a Reino Unido– bloqueó contratos de cientos de millones de dólares con el pretexto de que ciertos productos podrían ser utilizados para fabricar armas de destrucción masiva. Esas armas, hoy en día se sabe, sólo existían en la imaginación de los estrategas de Washington. Es decir, que el programa “Petróleo contra alimentos” estaba bajo estricto control, y si se produjeron fallas, Estados Unidos tiene al menos una responsabilidad equivalente a la de Naciones Unidas 2.

También se podría decir que la comunidad internacional malversó miles de millones de dólares por medio del funcionamiento del United Nations Compensation Committee (UNCC), con sede en Ginebra 3. Con el pretexto de indemnizar a quienes resultaron perjudicados por la invasión iraquí, ese comité, ampliamente manipulado por Washington, dispuso de hasta el 30% de los ingresos petrolíferos de Irak para “reembolsar” a firmas tan pobres como la Kuwaiti Oil Company. Un pago de 200 millones de dólares tuvo lugar en… abril de 2005, dos años después de la caída de Saddam Hussein, y en momentos en que el gobierno iraquí mendiga desesperadamente para obtener créditos.

Pero el escándalo más evidente no generó la creación de ninguna comisión investigadora. Las sanciones contra Irak, decretadas en agosto de 1990, y sobre todo su mantenimiento luego de la liberación de Kuwait, en 1991, tuvieron un efecto devastador cuyo precio Irak seguirá pagando aún por mucho tiempo. A menudo los medios pusieron de relieve los problemas del país para obtener alimentos y medicinas –aun después de implementado el programa “Petróleo contra alimentos”, en 1996– pero subestimaron las consecuencias destructoras de las sanciones sobre la propia sociedad iraquí. Poco a poco, la infraestructura se fue deteriorando, a pesar de la extraordinaria inventiva de los ingenieros iraquíes; los servicios esenciales para la población, los ministerios, las centrales eléctricas, el agua potable, quedaron en un nivel de gran fragilidad. La corrupción, que hasta entonces no existía, comenzó a desarrollarse en todos los niveles. La delincuencia creció de manera fulgurante: los habitantes de Bagdad, que solían dejar sin llave las puertas de sus casas y de sus autos, comenzaron a atrincherarse. Cuando se produjo la invasión estadounidense, el aparato del Estado estaba tan carcomido que sólo fue necesario un último golpe para que todo se desmorone.

Las consecuencias de las sanciones sobre la propia población tienen otra dimensión. La emigración de una parte de las clase media –que ya había comenzado en 1991, a causa de la brutalidad de la dictadura– se aceleró. El país perdió sus profesionales. El sistema educativo, que antes alcanzaba a todos los jóvenes, registró una gran deserción de alumnos, que debían trabajar para ayudar a subsistir a sus familias. Así creció una generación de cuasi analfabetos… El sistema universitario vio cortados todos sus vínculos con el exterior, y el simple envío de una revista científica estaba prohibido por el comité de sanciones. El país dio un salto hacia atrás de quince años, que le costará mucho superar.

¿Y todo eso, para qué? Esas sanciones, todo el mundo lo reconoce, no afectaron a los dirigentes del régimen, que seguían disponiendo de importantes recursos. No debilitaron el dominio del gobierno sobre la población, sino lo contrario: el sistema de racionamiento permitió al partido Baas controlar absolutamente a todo el mundo y el régimen hubiera podido sobrevivir aún por años. Por último, las sanciones explican la dificultad que existe actualmente para reconstruir Irak; dificultad que no se explica únicamente por el aumento de la resistencia armada, sino por la vetustez y el estado ruinoso de las infraestructuras. Y no hay que subestimar en esa quiebra, la voluntad de Estados Unidos por acaparar todos los contratos de reconstrucción. Para poder restablecer la electricidad hubiera sido necesario recurrir a empresas alemanas (Siemens) y suecas (ABB), que eran las que habían instalado la moderna red eléctrica que poseía Irak. Para reparar las líneas telefónicas, lo indicado era llamar a Alcatel (firma francesa) que había instalado el sistema existente y que conocía el terreno. Pero Washington deseaba castigar a los gobiernos de la Vieja Europa, y a la vez garantizar los jugosos contratos a las empresas que financian al Partido Republicano.

Las sancionen produjeron cientos de miles de víctimas civiles. Sobre todo desestabilizaron uno de los Estados más importantes de la región y aumentaron las posibilidades de fragmentación. ¿Quién será juzgado por esas faltas? ¿Qué comisión hará el balance de esos errores que todo Medio Oriente paga tan caro? ¿Quién garantizará que mañana Estados Unidos y la ONU no volverán a recurrir al sistema de sanciones, que castiga a todo el pueblo por los crímenes de sus dirigentes?

 

  1. Sevan, acusado por una comisión independiente de Naciones Unidas ha negado los cargos. Sin embargo, el 7 de agosto pasado renunció a su cargo en la ONU.
  2. Joy Gordon, “La derecha estadounidense difama a Naciones Unidas”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2005.
  3. Alain Gresh, “¡ Irak pagará!”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2000.
Autor/es Alain Gresh
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 74 - Agosto 2005
TraducciónCarlos Alberto Zito
Temas Terrorismo, Economía
Países Estados Unidos, Irak