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El voto argentino sobre Cuba en la ONU

Las fuertes expresiones del presidente cubano Fidel Castro en relación con un eventual voto adverso a Cuba de parte de Argentina1 ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU el próximo abril tiene antecedentes que la explican. Pero este incidente diplomático pone en realidad en debate los conceptos de democracia imperantes en el mundo.

La Revolución Cubana comenzó el 1º de enero de 1959. En los primeros años '60 todos los gobiernos latinoamericanos, con excepción de México, votaron por la exclusión de Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA) y rompieron relaciones diplomáticas con la isla. Ni el bloqueo estadounidense, ni un frustrado intento de invasión, ni los numerosos sabotajes a instalaciones y cultivos o los intentos de asesinato sufridos por Fidel Castro y otros dirigentes los hicieron cambiar de actitud.

A lo largo de los '70 y '80, en el contexto de la derrota de Estados Unidos en Vietnam y del fin progresivo de las dictaduras militares latinoamericanas (apoyadas más o menos explícitamente por Estados Unidos), los Estados de la región fueron normalizando uno a uno sus relaciones con Cuba. Actualmente, todos realizan intercambios normales con la isla, mientras Estados Unidos continúa y refuerza su bloqueo mediante leyes del Congreso (las "Helms-Burton" y "Torricelli" que, entre otras cosas, pretenden sancionar a las compañías no estadounidenses que comercien con Cuba), a pesar de que la Asamblea General de Naciones Unidas, por abrumadora mayoría, hace años que reitera su condena a la medida.

Cuba abandonó en los hechos su inicial política de "exportar la revolución" a América Latina luego de la caída del comandante Ernesto "Che" Guevara en Bolivia, en octubre de 1967, aunque siguió manteniendo -sin hacer un secreto de ello- relaciones con los movimientos y partidos de izquierdas del continente. En los primeros '90, luego de la caída del muro de Berlín y de la descomposición de la Unión Soviética, su principal aliado y sostenedor, atravesó una crisis económica gravísima, similar a los efectos de una guerra. Hoy es una de las economías americanas de más firme crecimiento2.

Más allá de las opiniones que suscite, la política exterior cubana mantuvo a lo largo de estos avatares una línea coherente: no dar ni pedir cuartel a sus adversarios; distinguir entre las políticas de Estado y las sociedades. Cuba mantuvo excelentes relaciones con México, el único país latinoamericano que no obedeció en su momento el diktat de Estados Unidos; apoyó a gobiernos de izquierdas (la Unidad Popular Chilena; el Frente Sandinista de Nicaragua; el People's Revolutionary Government de Granada) y guardó las formas con los de derechas que por diversas razones la respetaron: comerció con la dictadura argentina (1976/83), a la que en 1982 llegó a ofrecer asistencia militar durante la guerra de Malvinas con Gran Bretaña. 

Paulatina normalidad 

A partir de los '90, al cerrarse este largo y conflictivo periodo de tres décadas, Cuba devino un país plenamente instalado entre las naciones. En América ya no es el "perro sarnoso", salvo para Estados Unidos. Desde 1992 participa de pleno derecho en la reunión bianual de mandatarios iberoamericanos, instaurada a iniciativa de España en ocasión del quinto centenario del descubrimiento de América por Cristóbal Colón.

Llegamos aquí a una de las paradojas en la actitud de los gobiernos latinoamericanos respecto a Cuba: ¿cual es la razón -política, diplomática, jurídica, moral- por la que éstos consideran que Cuba tiene derecho a sentarse a la mesa de mandatarios iberoamericanos y, en cambio, aceptan sin más que se la excluya de la de mandatarios americanos, que tiene lugar desde 1994 por iniciativa del presidente Bill Clinton? Sólo puede haber una: se trata de una imposición de Estados Unidos, que los demás aceptan sin chistar.

En la última Cumbre Iberoamericana, realizada en La Habana el año pasado, Cuba volvió a ofrecer a sus vecinos de la región una muestra de firmeza y soberanía, cuando se negó a firmar una condena a la banda terrorista ETA, solicitada por el gobierno español. A pesar de que se la acusó de apoyar a los terroristas, la razón de la actitud cubana fue lógica y desnudó una vez más la hipocresía y doblez de los demás: en América Latina se cometen a diario infinidad de violaciones a los derechos humanos por parte de casi todos los Estados; Estados Unidos ha invadido países (República Dominicana, Panamá, Granada); ha contribuído a derrocar gobiernos democráticos y populares (Jacobo Arbenz en Guatemala, Salvador Allende en Chile, etc.); ha saboteado economías, promovido asesinatos y actualmente destruye cultivos en Colombia con desfoliantes prohibidos que causan graves daños a las poblaciones3, entre otras tropelías. ¿Era entonces posible y justo que se condenara el terror de ETA en España y se omitiera el resto? Fidel Castro se negó a firmar la declaración, a pesar de que todos los demás lo hicieron.

Otra de las paradojas es que los mismos Estados latinoamericanos que ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU votan la condena a Cuba, a continuación condenan el bloqueo a que Estados Unidos la somete desde hace 42 años. Pero ocurre que la principal razón que esgrime Estados Unidos para mantener su bloqueo es la supuesta violación de derechos humanos en Cuba. De este modo, los países que votan a favor de la condena a Cuba conceden a Estados Unidos su principal argumento para mantener el bloqueo ¡y luego pretenden que lo levante! Además: ¿Cómo podría esa pequeña isla haber resistido todo este tiempo a las trapacerías de su gigante vecino y superar los problemas que ello ocasiona sin férreos y complicados mecanismos defensivos? ¿Y cómo puede avanzar una democracia política representativa tradicional en esas condiciones?

El problema de fondo, en este punto, es lo que el filósofo español Francisco Fernández Buey llama "la extensión de una concepción sólo formal, normativa y procedimental de la democracia"4, en el mundo occidental. Así Cuba, una pequeña isla acosada que en 40 trabajosos años ha conseguido elevar los niveles de salud, educación, bienestar y dignidad del conjunto de su población, no sería una democracia porque se rige por un sistema de partido único; mientras que el Perú de Alberto Fujimori o la Argentina hípercorrupta y empobrecida de Carlos Menem -o cualquiera de las republiquetas de la región, en las que campean el desenfreno de la riqueza y la más extrema de las miserias para la mayoría- sí lo serían. "En el mundo occidental sigue existiendo un doble criterio para la validación de las democracias en el plano internacional y, de hecho, lo que se acaba imponiendo una y otra vez en nuestro mundo es la consideración, en este plano, de la llamada 'democracia por excelencia' (Estados Unidos de Norteamérica), como se ve por el juicio imperante acerca de China, Rusia, Cuba, India, Argelia, Turquía y, en general, América Latina. Este criterio, que es el que domina en la mayoría de los medios de comunicación, es escandaloso: ha servido y sirve para llamar 'democracias' a países en los que mandan amigos de Estados Unidos y negar tal título a países en los que mandan sus adversarios"5

El "lamebotas" sudamericano 

Y llegamos así al "caso" Cuba-Argentina actual. En la década del '80, Estados Unidos intentó en vano que la Comisión de Derechos Humanos (CDH) de la ONU condenara a Cuba. Pero en los '90, debido esencialmente al viraje de Europa Occidental consecutivo al derrumbe soviético y a la mayor "libertad de presión" de Estados Unidos, la situación se revirtió. Luego de que en 1998 Cuba evitase a duras penas la condena, ésta se produjo en 1999 (21 votos contra 20 y 12 abstenciones) y en 2000 (21,18 y 14 votos respectivamente). Argentina, que votó a favor de la condena durante todo el gobierno de Carlos Menem, había reiterado su voto en el 2000, pero esta vez bajo el gobierno presuntamente de centroizquierdas de la Alianza, presidido por Fernando de la Rúa, lo que motivó el retiro anticipado del embajador cubano en Buenos Aires.

La indignación cubana obedeció entonces a que el radicalismo (miembro principal de la Alianza) se había abstenido sistemáticamente durante el gobierno de Raúl Alfonsín (1983/89) y se esperaba que ahora -con mayor razón por integrar un pacto con fuerzas de izquierdas- mantuviese su política tradicional hacia Cuba.

Ahora, ante la inminencia de una nueva votación -prevista para abril próximo- Castro se anticipa y, en un lenguaje insólito y brutal para los usos diplomáticos, acusa al gobierno argentino de "lamebotas" de Estados Unidos, puesto que habría decidido ya su voto favorable a una nueva condena a Cuba en la ONU. Apoyándose en un cable de la agencia Noticias Argentinas que cita fuentes de la cancillería -no desmentido por el gobierno argentino- y reproducido por las agencias mundiales, Castro afirma que la decisión argentina obedecería a la presión ejercida por Estados Unidos luego de que los organismos financieros internacionales, bajo tutela del Fondo Monetario Internacional, le acordaran 40.000 millones de créditos especiales para evitar una cesación de pagos.

Contra lo que cabría esperar, las intempestivas declaraciones de Castro no suscitaron un reflejo nacionalista de parte de los ciudadanos argentinos, que más bien tienden a darle la razón, según los primeros sondeos de los medios periodísticos6. Más aún, al difundirse la sospecha de que el gobierno se dispondría a repetir el voto del año pasado con la misma mecánica, es decir "en silencio, en la clandestinidad, sin informarlo al gabinete, al presidente de la Unión Cívica Radical (UCR, en el gobierno) ni al Frepaso (sus aliados de izquierdas)"7, una visible corriente de indignación se levantó en parte de la opinión pública y en la Alianza en el gobierno. El ex presidente Raúl Alfonsín, actualmente a cargo de la presidencia de la UCR, afirmó que "al margen de las declaraciones de Castro, Argentina debe abstenerse" y acusó a la Secretaría de Medios de la presidencia de la República de "estar en el origen de todo este entredicho"8. El ex vicepresidente de la República y líder del Frepaso, Carlos Alvarez, mantiene la misma posición.

Dicho esto, cabe preguntarse qué busca Castro con unas declaraciones que deterioran seriamente sus relaciones con Argentina ante un asunto que, cualquiera sea su resultado, no afectará demasiado la situación de Cuba en el mundo. Un analista avanzó la siguiente tesis: "(En la CDH de la ONU) Argentina podría estar siendo un referente clave. Si Fidel está en lo cierto, EE.UU. estaría buscando que un país democr*tico intermedio, no europeo, promueva la condena (...) el gobierno de De la Rúa votará igual que el de Menem sobre Cuba. Sin motivos para optar en 2001 por la abstención, el cambio argentino podría ser de actitud: sumarse a los promotores activos de una moción (de condena). Pero si en Washington o en Buenos Aires alguien especuló con esa hipótesis, Castro la acaba de destruir con sus afirmaciones. Una Argentina ofuscada diplomáticamente (y dividida internamente) no puede encabezar una iniciativa de condena; esto sería visto como una retaliación. La racionalidad estratégica de Fidel Castro habría logrado su meta: silenciar a Argentina (¿y a otros países medios?) en la CDH"9.

En cualquier caso, Castro gana en todos los frentes: si el gobierno argentino vota en su contra, le habrá dado la razón y el asunto se quedaría allí, ya que no parecen estar dadas las condiciones para una ruptura diplomática en regla; si vota a su favor, todos contentos.

El que se ha metido en una trampa no sólo diplomática, sino de política interna, es el gobierno argentino. Gajes del oficio de correveidile.

 

  1.   Al cerrar un Congreso Internacional de Economistas realizado en La Habana a finales de enero pasado, Castro calificó a la política exterior argentina de "lamebotas de Estados Unidos", entre otras consideraciones por el estilo.
  2. Jorge Beinstein, "El contramodelo cubano", Le Monde Diplomatique Edición Cono Sur Nº 15, Buenos Aires, septiembre de 2000
  3.   Maurice Lemoine, "La muerte que viene del cielo", Le Monde Diplomatique Edición Cono Sur Nº 20, Buenos Aires, febrero 2001.
  4.   Francisco Fernández Buey, "Ética y filosofía política", Edicions Bellaterra, Barcelona, 2000.
  5. Ibid.
  6.   "La calle coincide con los dichos de Castro", La Nación, Buenos Aires, 9-2-01.
  7.   Mario Wainfield, "Del desparpajo a la hipocresía", Página 12, Buenos Aires, 11-2-01.
  8.   Marcelo Helfgot, "Alfonsín: alguien del gobierno provocó el conflicto con Cuba", Clarín, Buenos Aires, 13-2-01. Los sondeos de las diversas radios arrojaron un resultado similar.
  9.   Juan Gabriel Tokatlian, "Las lenguas del lagarto verde", Clarín, Buenos Aires, 11-2-01.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Artículos especiales para eldiplo.org
Número de ediciónNúmero 20 - Febrero 2001
Temas Defensa., Economía., Política., Movimientos de Liberación, Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales, Sociedad, Política internacional
Países Argentina, Cuba