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Antología de un asco

A finales de los años '60 del siglo pasado, el presentador, periodista y buenísima persona Augusto Bonardo publicó un libro titulado Antología de un asco en la Argentina. No es necesario compartir su contenido para entender el impulso. Bonardo escribió entonces una arcada; hizo el gesto físico de quien necesita desembarazarse de lo que su organismo ya no puede soportar.

El dolor y el espanto provocados por hechos como el incendio de la discoteca República Cromagnon en Buenos Aires, las pasadas navidades -la más espectacular, pero no la única ni la más grave de las atrocidades evitables que ocurren en el país- deberían conducir al conjunto de la sociedad, o al menos a la mayoría afectada por esos hechos, a recuperar la furia de diciembre de 2001; a empezar a sentir físicamente, en el cuerpo, en la actitud de todos los días, el asco que impulsó a Bonardo y, en otro plano, a una generación de jóvenes solidarios en los años '70.

Porque la situación argentina es mucho más grave ahora. La historia viene de lejos, pero una cosa son las aguas servidas de un país de veinte millones de habitantes y otra las de uno de casi cuarenta con la misma red cloacal de hace tres cuartos de siglo. Hace ya mucho tiempo que se sabe que en un cierto punto de acumulación cuantitativa, ocurre un cambio de calidad. Desde que Bonardo y los jóvenes y no tan jóvenes de los '70 soltaron su bilis, el país no ha cesado de precipitarse en el más infecto de los pozos ciegos. Una famosa canción francesa de los años '60 decía on est dans la merde jusqu'au cou (estamos hasta el cuello en la mierda), pero los argentinos hemos superado ese nivel y estamos totalmente cubiertos de excrementos. Las generaciones actuales vienen tragándolos desde el golpe de Estado del general Juan Carlos Onganía contra el pacífico, eficiente y democrático presidente radical Arturo Illia en 1966; o al menos desde el 20 de junio de 1973, cuando el general Juan Domingo Perón se bajó del avión que lo traía del exilio en la selecta compañía de Licio Gelli y José López Rega y se hizo el desentendido cuando le informaron que la derecha de su movimiento había asesinado a mansalva a cientos de jóvenes de la izquierda de su movimiento. Se suponía que ese día, con el final físico de la proscripción del general, se recuperaba la democracia. Después hubo la dictadura militar, que acabó con la tarea empezada aquel día y, de paso, con lo que quedaba del honor y la profesionalidad sanmartinianas en las Fuerzas Armadas argentinas.

"Rizar el rizo"

Y después, ¡ah! después se recuperó de verdad la democracia. Los argentinos habían aprendido al cabo de medio siglo de promover o aprobar golpes de Estado militares que no se juega en vano con un valor tan esencial. Sobre todo radicales y peronistas -el 80% de los sufragios en cualquier elección libre desde que esos dos partidos conviven- habían aprendido que en lugar de dejar de tiempo en tiempo que los militares dirimieran sus disputas por el poder (desde 1955 no hubo un solo golpe de Estado que no estuviese apoyado por alguno de esos dos partidos), era posible resolver la cuestión mediante el democrático juego de presiones, extorsiones, cooptaciones, distribución de cargos, dineros y bienes desde el Estado; travestismo político, compra o cooptación de medios de comunicación e intelectuales, formación de redes clientelares, uso discrecional de fondos reservados, libre explotación de feudos caudillescos, asociación más o menos solapada con mafias judiciales y policiales, acuerdos de toma y daca con los sectores financieros y económicos nacionales e internacionales, retórica populo-progresista y todos y cada uno de los mecanismos de la llamada política tradicional. Las centrales sindicales peronistas le hicieron 11 huelgas nacionales al temblequeante radical Raúl Alfonsín y ni una sola al magnánimo peronista Carlos Menem, a pesar de que en esos años el desempleo se disparó hacia arriba y los salarios hacia abajo. La clase política argentina, hegemonizada por peronistas y radicales, demostró que había alcanzado el grado de refinamiento y sofisticación propio de las grandes democracias en dos momentos cumbre: con el Pacto de Olivos firmado en 1994 por el ex presidente radical Alfonsín con el entonces presidente peronista Menem y, en 1999, con la alianza política entre el radicalismo y un heterogéneo frente progresista que llevó a la Presidencia al más conservador y ensimismado de los radicales y al manejo de la economía a Domingo Cavallo, el mismo que había estatizado la deuda privada en 1982 desde su puesto de funcionario de la dictadura militar y el mismo que como ministro de Economía del gobierno peronista de Menem había instalado la convertibilidad e impulsado la privatización de todos los bienes del Estado. Existe una expresión española aplicable a esta acumulación de sucesos similares, al hilo conductor que acaba trazando un círculo perfecto, a esta suerte de tautología histórica: "rizar el rizo"; una de cuyas acepciones se refiere a aquel detalle final, innecesario en la medida en que pone en evidencia lo que ya era evidente.

La vista gorda

Es esa lógica de corrupción a todos los niveles la que produce hechos como la catástrofe de República Cromagnon, la muerte cotidiana de niños por desnutrición, el hambre de centenares de miles, el abandono de los ancianos, el crecimiento simétrico de la riqueza y la pobreza, el desempleo, el remate de los bienes nacionales, la destrucción de la industria y el comercio locales y hasta -no es para nada anecdótico- que la mayor estrella del fútbol argentino relate por televisión como una gracia, entre el carcajeo grosero de sus interlocutores, que durante un Campeonato del Mundo se intentó drogar a los jugadores del equipo rival con la complicidad del entrenador nacional. Cuando ocurrió lo de Cromagnon, los medios de comunicación recordaron de súbito una catástrofe similar, la de la discoteca Kheyvis, en 1993. La acusación al principal procesado, un comisario retirado e inspector municipal, está a punto de prescribir. El principal procesado es actualmente director general de Seguridad de una localidad bonaerense vecina a la catástrofe 1. En la primera marcha de protesta por lo de Cromagnon se suicidó a lo bonzo el ciudadano José Buberman, quien no tenía ningún familiar entre las víctimas. Buberman, un comerciante quebrado por la competencia ilegal, eligió ese momento para suicidarse porque también "es una víctima de la inoperancia histórica de los organismos de control del Estado" 2.

La criminal irresponsabilidad de los empresarios de Cromagnon, la de los inspectores municipales y bomberos que aceptan coimas para dejar pasar todo tipo de irregularidades se inscribe -jamás será ocioso repetirlo- en la lógica de "hacer caja" de los grandes partidos políticos a través de sus "punteros" barriales, funcionarios, policías, jueces, etc. Los medios de comunicación, a su manera, también hacen populismo en el afán de retener público y publicidad, porque resulta "de mala onda" y nada rentable criticar de modo sistemático el peligro latente no sólo en los festivales de rock, sino en la mayoría de los espectáculos. No es aventurado suponer que con el control bromatológico de frigoríficos y fábricas de alimentos ocurre lo mismo y que esto durará hasta que se produzca algún drama sanitario. En los shoppings más concurridos, el sistema de escaleras, dispuesto para que el público se vea obligado a recorrer todo el espacio, puede provocar un día una catástrofe. Quien se pregunte cómo es posible que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no consiga ordenar el tránsito, o siquiera imponer a las empresas de transporte colectivo el cambio de los motores y caños de escape que inundan las calles de humo viscoso, encontrará la respuesta en la respuesta de los políticos y funcionarios al drama de Cromagnon: cuando la indignación popular hizo más urgente "hacer algo" que hacer la vista gorda, en pocos días se cerraron decenas de discotecas a causa de graves irregularidades.

El estallido se produjo en la ciudad capital y en las manos del actual jefe de Gobierno, pero podría haber ocurrido en cualquier otro momento y lugar porque desde hace tiempo, con raras excepciones, el sistema de partidos políticos y sindicatos, la red corporativa nacional y la administración pública en todos los niveles están podridos de la cabeza a los pies. Así, los aspectos negativos del sector privado (voracidad, usura, rentabilidad máxima y rápida a cualquier precio), esos que necesitan, que exigen control público y social, campean a sus anchas porque han establecido una relación de intereses con la mafia pública de tal dimensión y poder que los comerciantes, empresarios y ciudadanos honestos y eficientes pasan por tontos ante sus propios hijos, cuando no se arruinan y caen en la desesperación que llevó al suicidio al ciudadano Buberman.

Necesidad de un cambio profundo

Es a ese asco que se supone debe hacer frente Néstor Kirchner, un emergente puro y clásico de una situación de vacío de poder. Hasta diciembre de 2001, cuando la sociedad argentina, en uno de sus raptos de furia y dignidad -simétricos a sus accesos de unanimismo irracional, a su inconstancia, frivolidad y pasividad cotidianas- echó al estólido Fernando de la Rúa y parió el famoso "que se vayan todos", Kirchner era el eficaz gobernador de una provincia remota lejos, muy lejos, del centro del poder.

Antiguo militante de la izquierda peronista, el actual Presidente se hizo cargo muy rápidamente de la situación. Comprendió que se había llegado a un límite y emprendió una serie de medidas que le confirieron la autoridad que le había negado su contrincante peronista (el dato no es menor para lo que se intenta demostrar aquí) al no presentarse a la segunda vuelta electoral para dirimir la Presidencia de la República. La manera en que su gobierno renegocia la deuda externa o los contratos de las empresas de servicios públicos privatizadas (este periódico formula al respecto críticas muy serias y sistemáticas) 3, es diferente del entreguismo abierto de las administraciones anteriores; su política de derechos humanos es audaz, eficiente y sincera, aunque por ahora limitada a la condena de los crímenes de la última dictadura y a la reparación de las víctimas. Es así que al cabo de casi dos años de mandato sigue gozando de una alta cota de popularidad y confianza de parte de los ciudadanos.

Pero todo parece indicar que no ha asumido la absoluta, imperiosa necesidad de un cambio profundo. Ha archivado la indispensable reforma política, y a juzgar por la manera en que ha frenado los pujos reformadores de los ciudadanos y de su propio interventor en la provincia de Santiago del Estero, se inclina por el pasteleo político con lo peor de la política. Así, el panorama que hasta ahora se presenta para las elecciones legislativas de este año es más de lo mismo. También ha frenado en el Congreso la ley marco para las empresas privatizadas y ha solicitado a la Justicia, en abierta violación de la división de poderes, que rechace la presentación de un ciudadano para que se divulgue el contenido de las "leyes secretas" 4. La reforma judicial parece haberse detenido en la Corte Suprema 5, y de una reforma impositiva que grave ganancias y riquezas, alivie el bolsillo de quienes pagan impuestos hasta cuando respiran y engorde las arcas estatales, ni se habla.

Por supuesto que es difícil, pero como le dijo sin ambages al presidente Lula uno de los organizadores del reciente Foro Social Mundial de Porto Alegre durante una cena privada, "no se puede obedecer a dos patrones a la vez". La sociedad que se movilizó democráticamente en diciembre de 2001 sigue esperando que este gobierno la convoque para acabar con el asco en Argentina, para instaurar de una vez una República digna de ese nombre 6.

  1. Horacio Cecchi, "Ni siquiera le abrieron sumario", Página/12, Buenos Aires, 24-1-05. Ver también Laura Zommer, "Un país fuera de control", La Nación, Buenos Aires, 9-1-05.
  2. Marcelo Zlotogwiazda, "Mi viejo...", Página/12, Buenos Aires, 9-5-05.
  3. Por ejemplo, ver dossier "Finanzas al margen de la ley", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2005.
  4. Pablo Abiad, "El Gobierno no quiere...", Clarín, Buenos Aires, 6-10-04.
  5. Irina Hauser, "La otra mayoría automática está en el Consejo de la Magistratura", Página/12, Buenos Aires, 31-10-05.
  6. Carlos Gabetta, "República, o país mafioso", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 1999.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 68 - Febrero 2005
Páginas:2,3