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La muerte ama la pobreza

Los movimientos de la corteza terrestre y la actividad volcánica siempre han causado destrucción. Muchas regiones se han visto involucradas, de California a Japón, pasando por la Costa Azul. Pero los países de Asia, en la conjunción de cuatro placas tectónicas, están entre los más expuestos. Entre 1990 y 2000, el Sudeste Asiático sufrió más de 100 terremotos de una magnitud superior a 6,5 en la escala de Richter. En 1883, la explosión del Krakatoa, entre Sumatra y Java, produjo 37.000 muertos, y sus efectos se sintieron en todo el Océano Índico. Sólo en el archipiélago indonesio se cuentan todavía 130 volcanes en actividad. Erupciones más pequeñas, no tan graves, provocaron el desplazamiento de 150.000 personas desde el comienzo de los años 1980 1.

El domingo 26 de diciembre de 2004, el desplazamiento de más de 20 metros en las placas tectónicas del mar de Sumatra, que liberó una potencia equivalente a 30.000 bombas atómicas, estaba inscripto en el orden de las realidades geológicas del planeta. Pero una vez constatado ese hecho, que invita a la humildad, es necesario pensar en la dimensión humana del fenómeno.

La cantidad particularmente elevada de víctimas no se debe enteramente a la fatalidad: los daños tienden a agravarse con la densificación de los asentamientos humanos y su concentración en las costas. En el Sudeste Asiático, más del 70% de la población vive en las zonas costeras, porque depende de los recursos del mar para su alimentación, sus empleos y sus ingresos. Para las poblaciones pauperizadas, el pescado es relativamente barato comparado con otras fuentes de proteínas animales. La mayor parte de la urbanización está conformada por un hábitat informal, particularmente vulnerable, y la sobreexplotación de los recursos naturales degrada el medio ambiente 2.

Allí donde había manglares que hacían de tapón entre el mar y los hombres 3, ahora hay espacios vacíos, ya que se ha multiplicado su tala, especialmente para criar en esos espacios camarones destinados a los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Los manglares protegen de la erosión, las inundaciones, los efectos de los ciclones y los maremotos y contribuyen a la fijación del carbono, reduciendo el recalentamiento del clima. Debido a la presión del "desarrollo" y de las actividades comerciales, en el Sudeste Asiático se destruyeron dos tercios de esos bosques desde los años '50 del siglo pasado.

Lo mismo ocurre con las formaciones de coral asiáticas, que están amenazadas en un 80% por la pesca con explosivos, el aprovechamiento sin control del litoral y la utilización de cianuro para la captura de peces tropicales 4. A ello se agregan los efectos del recalentamiento climático, porque el coral se vuelve frágil con el aumento de la temperatura del mar.

Es evidente que aun cuando estuvieran intactos, los corales y los manglares no habrían podido detener el tsunami, pero habrían podido reducir su impacto. Y en catástrofes de menor importancia hubieran cumplido con su papel.

Aunque los países del Pacífico, con Estados Unidos y Japón a la cabeza, supieron dotarse desde 1949 de un Centro de Vigilancia de los tsunamis en Hawaii, nada de eso existe para el Océano Índico. El Centro de Hawaii registró la sacudida del 26 de diciembre, y puesto que la ola necesitó cerca de dos horas para llegar a Sri Lanka e India, el maremoto pudo preverse. Pero no había redes disponibles para difundir la información.

La fatalidad tuvo sin duda algo que ver, porque el sismo se produjo un domingo por la mañana. La catástrofe reveló también la falta de anticipación de numerosos gobiernos: otros países "pobres", como Cuba, han sabido elaborar políticas de prevención. A esas fallas se habría agregado una falta de reacción: el responsable del servicio meteorológico de Tailandia habría sido despedido por no haber reaccionado a tiempo, por temor al impacto sobre el turismo 5. Un turismo que, visto generalmente como la panacea para el crecimiento de la economía, se caracteriza por un desarrollo a corto plazo, sin un enfoque planificado y con un impacto rápido, a su vez, sobre el medioambiente.

Las situaciones económicas difíciles, que explican en parte la precariedad de las infraestructuras locales y la escasa aplicación de normas de construcción antisísmicas, complican el buen direccionamiento de la ayuda y agravan la situación, pero la dificultad para superar las tensiones políticas también perturba la acción. En Aceh (provincia indonesia en el norte de la isla de Sumatra), a pesar de la urgencia humanitaria y la tregua unilateral solicitada por el Movimiento Aceh Libre (GAM, independentista), el responsable del ejército de tierra indonesio recordó a sus tropas que la búsqueda de rebeldes seguía siendo una de sus misiones. En Sri Lanka hubo voces que se elevaron contra la lentitud de los socorros hacia el Norte, en manos de los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE), y las minas anti-personales (que en ciertos lugares fueron desplazadas por la ola) hicieron temer por los encargados del salvataje y la fase de reconstrucción. En cuanto a Birmania, donde la costa de Tenasserim resultó fuertemente afectada, la falta de información hace pensar que el balance oficial de 90 muertos podría esconder una realidad más dura.

La catástrofe permitió al menos volver a hablar de la deuda y proponer el congelamiento de su parte pública, a fin de que los países afectados pudieran ayudar a su población en vez de pagar los préstamos, cada vez más pesados: desde los años 1990, el servicio de la deuda de los países del Sur llegó a ser superior a la ayuda que recibieron del Norte. En 2003, pagaron 375.000 millones de dólares mientras recibieron sólo 68.000 millones de ayuda (ver Saldomando, pág. 22). Es de esperar que el debate derive en un replanteo total del conjunto de esta cuestión, teniendo en cuenta que el país más endeudado sigue siendo Estados Unidos, con 7,6 billones de deuda pública, es decir, cinco veces más que todos los países en desarrollo juntos.

También es posible interrogarse acerca de las razones de la enorme repercusión mediática. No se trata de criticar ese formidable impulso de generosidad, todo lo contrario. Por un instante, todo el planeta dio una impresión de grandeza y de fraternidad en la compasión. Pero también hay que comprender por qué la opinión pública internacional se detuvo en este infortunio mucho más que en otros. Hay tantos "desastres invisibles" que movilizan tan poco: de las inundaciones recurrentes en Bangladesh a los refugiados de África Central o del Darfur, pasando por el paludismo (2 millones de muertos por año) o el sida (2,3 millones), la sequía y la desertificación, son todos problemas que, al afectar principalmente a los países en desarrollo, quedan fuera de las reflexiones y las acciones.

¿Qué quedará dentro de algunos meses de este movimiento solidario? ¿Será tal vez esta catástrofe la ocasión para reflexionar acerca de todos los demás sufrimientos, que los países "ricos" muchas veces prefieren no ver, y para lanzar, como proponen algunos, una tasa Tobin de solidaridad? Sería llevar a la práctica el principio de precaución, si no el de responsabilidad, porque muchos de los escenarios de las consecuencias del recalentamiento del planeta, con un aumento probable de acontecimientos climáticos extremos, hacen pensar en otros dramas de consecuencias no menos graves. A ello se agrega que si los hombres continúan destruyendo los hábitats naturales al ritmo actual, provocarán una crisis importante en la historia de los seres vivos: ¡a la naturaleza le harán falta por lo menos diez millones de años para recuperarse! 6. Y entonces, el Sur no será la única parte del mundo que resulte afectada.

  1. "Risques naturels et environnementaux en Asie du Sud-Est", Michel Foucher, Asies Nouvelles, Belin, París, 2002.
  2. "Conserving Our Coastal Environment", United Nations University, Tokio, 2002.
  3. Formación vegetal constituida de bosques impenetrables de mangles, que fijan sus raíces en las bahías de aguas calmas, donde se depositan los barros y limos.
  4. International Coral Reef Initiative: www.icriforum.org
  5. Bangkok Post, 5-1-05.
  6. Sophie Boukhari, "L'inestimable valeur du vivant", Correo de la Unesco, París, mayo de 2000.
Autor/es Frédéric Durand
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 68 - Febrero 2005
Páginas:20,21
Traducción Vera
Temas Medioambiente, Salud, Seguridad