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El momento de la verdad para Europa

Mientras que en la mayoría de los países miembros de la Unión Europea la ratificación del Tratado Constitucional Europeo se desarrolla en medio de cierta indiferencia, en Francia no se excluye la posibilidad de que el 29 de mayo el electorado se pronuncie por un “no” que repercutiría como un trueno. Como en 1992, con el Tratado de Maastricht, los incondicionales del “sí” intentan convencer a los votantes prometiendo futuros radiantes… pero ya se sabe en qué quedan las promesas.

"‘Modelo social europeo'...

no comprendo bien el sentido

de esta expresión."

Frits Bolkestein,

Radio France Inter, 6-4-05

Víctima de algunas ligeras angustias electorales, el gobierno francés obtuvo de sus socios europeos que el esperpento de proyecto de directiva europea denominado Bolkestein 1 sea demorado todo el tiempo necesario. Evidentemente, hay que tener una imaginación maravillosa para soñar a la directiva sobre "servicios" totalmente derrotada, o una cierta tendencia a la fabulación para negar que va a reaparecer limpia como una moneda nueva en cuanto se disipen los disturbios populares. Como la propensión a las promesas solemnes llevada hasta sus últimas consecuencias es la tendencia más compartida en el mundo, he aquí que también los socialistas tratan de aportar su óbolo prometiendo un "gran tratado social"... para "después". Ésta será la tercera o cuarta promesa, ya que han tomado la costumbre de hacerlo en casi todas las elecciones. Es la ruidosa irracionalidad del pueblo lo que hace echar de menos la suave quietud de las cumbres europeas entre amigos: Barcelona en marzo de 2002 y la silenciosa desregulación energética; Lisboa en marzo de 2000 y la perspectiva de un mercado de trabajo liberalizado con gran facilidad, por no mencionar las cosas que pueden darse por sentadas en la Comisión Europea, como las directivas aprobadas en silencio y las decisiones que no se publicitan.

Paradojas y amenazas 

Solucionado el tema Bolkestein, la pedagogía un poco exasperada del "sí" va a poder ahorrarse el trabajo de señalar a los electores que la directiva sobre los servicios no está en el Tratado porque ya se han dado cuenta por sí mismos. A decir verdad, se necesitaba una dosis peligrosamente alta de mala fe -o de ceguera bienaventurada- para sostener que ambos textos no tienen nada que ver el uno con el otro. Con un argumento un poco torpe, los partidarios del "sí" imaginan poder disipar los temores recordando que la problemática Parte III no hace otra cosa que compilar los tratados anteriores. Pero ¿cómo expresar mejor la identidad liberal-competitiva de una construcción europea cuyo proyecto desregulador se remonta a sus propios orígenes? Así, la referencia al Tratado de Roma de 1957, hecha visiblemente para apaciguar las inquietudes con la feliz reminiscencia de los años 1960, es al mismo tiempo factualmente fundada y políticamente inepta. Es cierto que resulta más fácil anestesiar el cuerpo electoral reconduciéndolo hacia un pasado simple y protegido que tratar de poner en claro una historia llena de paradojas y amenazas.

En efecto, resulta paradójico el muy liberal Tratado de Roma, redactado en plena época keynesiana. También resulta paradójica esa norma jurídica europea, reputada como superior y que, sin embargo, quedó como letra muerta durante cerca de treinta años. Es una historia no lineal que merece tomarse el tiempo de contarla: la historia de un largo sueño del principio competitivo europeo primero, de su progresivo despertar luego, y ahora de un imperium sin piedad 2. Es posible entonces convocar al Tratado de Roma con fines ansiolíticos, pero con la condición de hacer olvidar que ese texto bonachón sólo reveló tardíamente su verdadera identidad, y ha mutado, de manera endógena, en una máquina de desregular devenida un poco loca. Como ocurrió, hace poco, con la directiva destinada a facilitar las OPA (Oferta Pública de Compra) hostiles, la directiva Bolkestein no hace otra cosa que poner de manifiesto la esencia misma de esta construcción europea, con la imperturbable lógica de una característica física que expresa un código genético. Desde el inocente Tratado de Roma a la agresiva desregulación de los servicios actual, se percibe la íntima solidaridad del cumplimiento del primero con la segunda, y la co-participación de una misma idea: la idea competitiva, cuya consagración constitucional refuerza, si había alguna necesidad, su dinamismo invasor.

Elizabeth Guigou, ex ministra socialista, clama que nada han comprendido los partidarios del "no", y que el prodigioso avance democrático constitucional permitirá contener las futuras directivas Bolkestein. En primer lugar, no se ve por medio de qué súbita revolución mental los gobernantes franceses, sus comisarios y sus parlamentarios, indiferentemente socialistas o liberales, podrían súbitamente oponerse a las desregulaciones que nunca dejaron de convalidar. Tiempo de trabajo, energía, OPA, correo, servicios, todo liberalizado; ¿no es suficientemente larga la lista como para hacer más probable la hipótesis de su mantenimiento que la de un cambio profundo? Tampoco se ve muy bien cómo se podrá negar que el principio competitivo se ha vuelto la línea principal de las políticas públicas europeas, el telón de fondo sobre el cual las frágiles excepciones de la educación, de la salud, de la cultura y de los servicios públicos están condenadas a hacer el papel de fallas derogatorias del derecho común. El destino de una excepción, siempre amenazada de quedar sumergida bajo la ola principal, es el de ser reducida; y la tarea de llegar a una competencia generalizada sólo se detendrá una vez que su materia se haya agotado definitivamente.

Entre la negación pura y simple y una profecía de Apocalipsis, la respuesta socialdemócrata a esta perspectiva da para pensar. Muy dueño de sí, Julien Dray, portavoz del Partido Socialista (PS), asegura que los malos resultados del "sí" en las encuestas no deben hacer "entrar en pánico"; pero un instante después se despista al advertir que la victoria del "no" equivaldría a "un nuevo 21 de abril" 3. En verdad, esta calamitosa advertencia habría que tomarla exactamente en sentido opuesto: la victoria del "no" es el medio más seguro de alejar la perspectiva de un nuevo 21 de abril.

Desorientación ideológica 

Porque, contrariamente a lo que se imagina Dray, la patología específica de esta fecha no reside tanto en la eliminación del candidato socialista, peripecia casi indiferente, como en el acceso a la segunda vuelta del candidato de extrema derecha. Ahora bien, los éxitos del Frente Nacional (FN) no son otra cosa que la desfiguración de una cuestión social que, al no poder encontrar las fuerzas políticas capaces de expresarla en sus verdaderos significados, resurge a pesar de todo, pero en formas monstruosas y difíciles de reconocer: las luchas identitarias sustituyen a las luchas salariales, la figura del inmigrante es promovida para hacer olvidar la del desempleado, y los desafíos de la seguridad abarcan a ambas desigualdades. La negación radical de que las cóleras de la sociedad se deben a la degradación de sus condiciones materiales de existencia se paga tarde o temprano y, si la sociedad no se cuida, la muy moderna socialdemocracia, que pensaba haber terminado con las luchas de clases, declarándolas fuera de época, podría ser responsable de su reaparición.

Así las cosas, el PS debe encontrarse en un estado de desorientación ideológica muy profunda para no percibir que la virtud de este referéndum europeo es volver a instalar el debate en la vía que nunca hubiera debido abandonar. Esta vez no se trata de arreglárselas con historias de "insociables" o de cacerolas, como en una elección presidencial primaria, que no sirve para nada y no hace más que intercambiar socio-liberales con liberales-liberales. Por una vez, hay un escrutinio que plantea sin escapatoria posible la cuestión cuidadosamente eludida durante todas las consultas anteriores: la del capitalismo liberal-competitivo.

Los electores lo sienten así y no van a perder la ocasión. No sólo se les ofrece pronunciarse sobre el proyecto de una política europea que ha puesto explícitamente en su centro el principio de la competencia generalizada, sino que les es posible hacerlo con la perspectiva de veinte años de experimentación, lo que seguramente los sitúa bien para apreciar los efectos... y para anticipar el futuro probable. Son veinte años de promesas de prosperidad, de certidumbres de economistas y de expertos categóricos. ¿Quién se acuerda del oro y el moro anunciados la víspera del "Gran Mercado" de 1993? La directiva Bolkestein los vuelve a prometer, con la misma fe granítica en la eficacia universal de la competencia. Pero, acorralando a las empresas entre precios industriales que bajan y exigencias de rentabilidad financiera que suben, la competencia generalizada no ha generalizado más que el ajuste salarial y la precariedad. Por medio de un extraordinario privilegio ideológico, el modelo del mercado goza de la posibilidad de prolongar indefinidamente sus experiencias en tamaño real, a pesar de sus repetidos fracasos: décadas de liberalización sin el menor efecto, salvo sobre el poder de negociación de las empresas; igual caída del costo del trabajo sin el menor temblor específico sobre la cifra de desempleo. Mientras tanto, y reservando el eventual excedente de riqueza creada para algunos, al precio de la inquietud de todos los demás, la competencia generalizada devasta la sociedad. Ahora bien, he aquí que por primera vez desde que fue lanzada la aventura neoliberal, y a pesar de ella, la sociedad se encuentra confrontada, ya no sólo a los síntomas, sino a las verdaderas causas de su devastación.

Los partidarios más moderados del "sí" explican que sería irracional rechazar un Tratado que, ciertamente, no está por encima de toda crítica, pero cuyo avance marginal sigue siendo, a pesar de todo, positivo. Hay que tener un curioso sentido de lo "positivo" para encontrar que "la economía social de mercado altamente competitiva" sustituye con ventaja a la "República indivisible, laica, democrática y social" 4 como nueva forma de nuestro destino colectivo... Pero los socialdemócratas de hoy ¿saben acaso que la "economía social de mercado" es un hallazgo de los economistas liberales alemanes, recuperado por la democracia cristiana de la inmediata posguerra? Este hallazgo se debe particularmente a Alfred Müller-Armack, conocido como Ludwig Erhard 5, director del "Departamento de Cuestiones Fundamentales" del Ministerio de Economía alemán. Ahora bien, para Müller-Armack, la economía social de mercado se define "como un orden económico cuyo objetivo es combinar, en una economía abierta a la competencia, la libre iniciativa y el progreso social, garantizado precisamente por el desempeño de la economía de mercado" 6. Precisamente... es entonces el propio mercado, y sólo él, el operador del progreso social, bajo el benéfico gobierno del "consumidor", único piloto legítimo de la economía ya que "esta orientación hacia el consumo equivale en realidad a una prestación social" 7. El progreso social sería algo tan simple como la felicidad del consumidor...

En el hipotético caso de que tuviéramos la bondad de apreciar este tipo de "avance", en realidad doblemente regresivo -histórica y políticamente-, la "racionalidad" del "sí" permanecería sujeta a caución. Porque sólo una lectura descontextualizada y despolitizada de la Constitución puede convencer de que únicamente hay que prestar atención al aporte de lo "nuevo", y que la compilación de lo viejo, por definición ya adquirido, carece en consecuencia de interés. Pero, sin duda, es este tipo de aberración lo que lleva a los defensores del Tratado a imaginar que algunas declaraciones de principios sociales y ambientales, sin el menor apoyo de las fuerzas políticas, van a escamotear el resto y llevarse la palma. Grave error: no porque las poblaciones hayan apretado sus dientes desde hace tantos años hay que considerar que la píldora ha sido tragada, digerida y olvidada. Si el cuerpo social no ha dicho hasta ahora nada es, sobre todo, porque nada se le ha pedido, y sería un grave error pensar que ese silencio equivalía a un consentimiento.

  1. (Nota de la redacción) Como señala la propuesta presentada por la comisión Europea, la directiva Bolkenstein, que lleva el nombre del ex comisario europeo para el mercado interno, busca "crear un marco jurídico que suprima los obstáculos que se oponen a la libertad de establecimiento de los prestadores de servicios y a la libre circulación de servicios entre los Estados miembros". Véase: http://europa.eu.int/eur-lex/es/com/pdf/2004/com2004_0002es01.pdf
  2. Para más elementos sobre este tema véase "L'Europe concurrentielle, ou la haine de l'État", disponibles en el sitio: http://econom.free/index.html
  3. El 21-4-02 se llevó a cabo la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas en las que el candidato del Frente Nacional, de extrema derecha, pasó al ballottage, cuando se esperaba un segundo turno entre el presidente Jacques Chirac y el candidato socialista Lionel Jospin (nota de la red.).
  4. Artículo 1 de la Constitución francesa de 1958.
  5. Ministro de Economía y luego Canciller federal de 1949 a 1966.
  6. Alfred Müller-Armack, citado en Hans Tietmeyer, Economie sociale de marché et stabilité monétarie, Economica, 1999.
  7. Idem.
Autor/es Frédéric Lordon
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 71 - Mayo 2005
Páginas:15,16
Traducción Lucía Vera
Temas Unión Europea, Política internacional
Países Francia