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Damasco: crisis del régimen baasista

Después de cuarenta años de dominación, el régimen baasista de Damasco sufre serias conmociones. Esta crisis, acentuada por la “revolución” en el vecino Líbano, de donde Siria ha tenido que retirarse, reconoce, en principio, causas internas. El último congreso del Partido Baas resultó ambiguo y frustrante.

Hace mucho que en Siria las discusiones políticas no eran tan atrevidas, tan abiertas. Se habla de todo. En primer lugar, de la invasión estadounidense a Irak, de la naturaleza de la resistencia en ese país y de la democracia prometida luego de la caída de Saddam Hussein, que naufraga actualmente en los meandros étnicos y religiosos. "Queremos mayores derechos políticos, más libertad, verdaderas reformas, pero no la inestabilidad constructiva estadounidense (Charara, pág. 17). Para que haya democracia debe haber un Estado, pero un Estado que no esté ni bajo la tutela de un poder corrupto ni de los tanques estadounidenses", reclaman fundamentalmente los sirios. El ambiente se ha enrarecido, sobre todo tras la ruptura de la alianza con Francia y la retirada forzada de las tropas sirias del Líbano.

Surge entonces a la memoria la fundación de la nación, de la construcción del país sobre un compromiso democrático. Frente a la división en varios Estados regionales confesionales (Damasco, Alep, Alauitas y Drusos) que deseaba Francia luego de la Primera Guerra Mundial, las elites políticas se aliaron para imponer una unificación total (1936-1942). Esas mismas elites habían aceptado la creación de un Líbano independiente, que incluía -a pesar de la oposición popular- cuatro distritos inicialmente dependientes de Damasco, sólo para evitar la vecindad de un Líbano confesional, mayoritariamente maronita e insumiso. Y teniendo en cuenta el fuerte regionalismo existente, sobre todo en torno de Damasco y de Alep, el compromiso democrático abrió el camino a una variedad de partidos políticos, populistas, es cierto, pero sin ideología religiosa o regional. Es en ese marco que se fundó el partido Baas.

De Homs a los acuerdos de Taef 

Durante las seis décadas que transcurrieron desde la independencia, el país tuvo apenas diez años de libertad cívica real, muy afectada por los golpes de Estado resultantes de las luchas de influencia de las potencias occidentales, y de la unión con el Egipto nasserista (1958-1961), concretada por pedido insistente de los dirigentes sirios. Esa joven tradición democrática logró incluso alcanzar una dinámica original. Así, el congreso de Homs, en 1953, que había reunido a los diferentes movimientos políticos y a algunos militares, permitió "despedir" al dictador Adib Shishakli (1949-1953) y organizar elecciones libres: las únicas por entonces en un país árabe. Los Hermanos Musulmanes y los comunistas habían obtenido cada uno una banca. Pero la joven democracia no resistió a la agitación anticolonial y social, a los enfrentamientos entre grandes potencias, por entonces en plena Guerra Fría, y sobre todo, a la politización del ejército.

A pesar de sus turbulencias, ese período permitió la construcción de las principales instituciones del Estado sirio (Siria fue el primer país árabe que se dotó de un banco central, en 1953), registró los más altos índices de crecimiento económico e hizo posible la democratización de la educación y de la atención médica.

Actualmente, la mayoría de los sirios -en general jóvenes- desconocen ese período. Crecieron a la sombra de Hafez El-Assad, que había instalado un poder estable y autoritario, luego de su "movimiento de corrección" (1970). Este último estaba dirigido contra los militares baasistas que habían llegado al poder seis años antes por medio de un golpe. El nuevo sistema instrumentalizaba el control que una parte de la comunidad alauita ejercía sobre los asuntos del país 1.

Siria pagó cara esa estabilidad. Luego de un primer período de apertura hacia la burguesía de las ciudades y varios partidos políticos, reunidos en un Frente Progresista, en 1973 Hafez El-Assad superó la prueba de fuego de la Guerra del Kipur (llamada "Guerra del Ramadán" por los árabes) en medio de un clima de unidad nacional. Pero ésta se fisuró a partir de 1976 y de la intervención siria en el Líbano contra la resistencia palestina y sus aliados de izquierda. Por entonces, el régimen reprimió duramente a un movimiento de la sociedad civil (compuesto por sindicatos profesionales -abogados, ingenieros, etc.- y partidos políticos exteriores al citado Frente, cuyos participantes pasaron luego largos años en la cárcel) que exigía el levantamiento del estado de emergencia vigente desde 1963 2.

La situación se agravó, pues el país fue sacudido por una ola de atentados cometidos por los islamistas extremistas, apoyados militarmente por el rival baasista iraquí, Saddam Hussein. Siria cayó entonces en un clima de guerra civil, que culminó con las masacres de Palmira (1980) y de Hama (1982). La burguesía sunnita se puso en huelga, pero terminó levantando el movimiento en Damasco, prefiriendo un compromiso antes que la desintegración del país.

Un período extremadamente sombrío se inició entonces, marcado por las luchas familiares en el seno del clan Assad -que implicaron sobre todo a Rifaat, el hermano del Presidente- y por la confrontación con Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña. Damasco apoyó la revolución iraní de 1979, y consolidó su alianza con la Unión Soviética. A pesar del unánime boicot árabe a Egipto, por haber firmado unilateralmente la paz con Israel, en Camp David (1979), Siria siguió estando aislada en el plano regional. Pero el régimen sobrevivió a una nueva derrota de sus tropas en 1982 frente a las fuerzas invasoras israelíes, y se convirtió en un elemento clave de la escena libanesa.

Un primer cambio comenzó a producirse en 1986. La quiebra financiera obligó al gobierno a fomentar la producción agrícola, llegando incluso a subvencionar a los antiguos propietarios traumatizados por la reforma agraria. Se produjo también una "liberalización" del comercio exterior, que benefició al sector privado. De esa forma, el régimen garantizó la subsistencia alimentaria del país -el único de la región que no es un importador neto de productos agrícolas- y renovó su alianza con la "burguesía". A la vez, comenzó a aplicar -de manera voluntaria- un programa de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional, a la vez que rechazaba formalmente la "asistencia" de las instituciones financieras mundiales. En poco tiempo, a Siria sólo le quedó de "socialista" el sistema de partido único y la burocracia estatal. Un segundo e importante cambio se produjo en 1990, luego de la caída del Muro de Berlín: Damasco se sumó a la coalición anti-Saddam, a pesar de la impopularidad de tal decisión.

Una era resplandeciente parecía iniciarse. En 1989, los acuerdos de Taef devolvieron la paz al Líbano, y confirmaron -con el aval internacional- la dominación siria. También se iniciaron negociaciones con Israel para tratar de recuperar el Golán, ocupado por ese país desde la Guerra de los Seis Días (1967). Por otra parte, y gracias a las primeras medidas de liberalización y a las exportaciones petroleras, el crecimiento económico se aceleró. Pero ese período favorable no duraría mucho.

Presiones reforzadas 

Los servicios secretos sirios desplegados en el Líbano y una parte de la nomenklatura se lanzan de lleno a los negocios generados por la política de reconstrucción impulsada por el primer ministro Rafic Hariri. Poco después fracasó el proceso de paz con Israel, cuando el primer ministro Ehud Barak renunció a un acuerdo que el presidente Assad quería dejar como legado. El fracaso de un último encuentro entre el presidente estadounidense William Clinton y Hafez El-Assad, en Ginebra, en marzo de 2000, provocó un inmenso impacto. ¿Estados Unidos e Israel consideraban que el "león" estaba demasiado viejo para firmar la paz, o que convenía más a sus intereses mantener la inestabilidad?

Hafez El-Assad falleció poco después, el 10-6-00. Su hijo Bachar accedió entonces a la presidencia mediante una rápida modificación de la Constitución, que no preveía un jefe de Estado tan joven. Ese cambio constitucional no produjo ninguna reacción a nivel internacional: la jefa de la diplomacia estadounidense de entonces, Madeleine Allbright, asistió a los funerales y aprobó la sucesión, al igual que el presidente francés, Jacques Chirac. El discurso de investidura del joven Presidente generó incluso favorables expectativas -sobre todo entre los sirios y los libaneses- de salir definitivamente de los años de plomo. Muchos comenzaron a soñar con la recuperación de nuevos espacios de libertad, con reformas económicas que aportaran trabajo y prosperidad, y con una nueva imagen del país en el plano internacional. Pero cinco años después, Siria está aún muy lejos de esos objetivos.

El joven Presidente tuvo que enfrentar el impacto del 11-9-01 y la venganza estadounidense programada contra Irak. Siria, exenta del "guerrasantismo" islamista que afecta a sus vecinos, veía con malos ojos la desaparición, no de su rival Saddam Hussein, sino de otro Estado árabe laico de la región. Damasco, que se beneficiaba pasando por alto el embargo contra Irak (como todos los otros países fronterizos, por otra parte), se opuso en el Consejo de Seguridad a la legitimación de la guerra estadounidense, compartiendo la posición de Francia, Bélgica y Alemania, Y una vez que la invasión de Irak tuvo lugar, igual que los franceses y los alemanes, esperaba volver a jugar un papel estabilizador en Bagdad, dado que mantenía contactos con dirigentes baasistas de esa capital, y hasta relaciones tribales y religiosas.

Pero la administración estadounidense no veía las cosas de esa manera. Su combate era ideológico. Washington aumentó su presión sobre Damasco, particularmente al adoptar la resolución denominada Syria-Accountability Act 3 votada por el Congreso el 11-11-03. A comienzos de mayo del mismo año, al regresar de su visita a Damasco, Colin Powell explicó que el régimen sirio tenía tres dedos -uno en el Líbano, otro en Irak y el tercero en Palestina- y que Estados Unidos había decidido cortárselos.

En realidad, Washington se interesaba poco en la democracia siria y nunca activó las sanciones previstas contra los miembros del gobierno. En cambio, el presidente George W. Bush desestabilizó el Estado y la economía sirias al imponer sanciones comerciales y acusar de blanqueo de dinero al principal banco estatal del país, que posee la mayoría de sus reservas en divisas. A raíz de eso el gobierno sirio hizo -en vano- numerosas propuestas y gestos de buena voluntad, incluso desde el punto de vista de la seguridad, en dirección de Estados Unidos, convencido de que sus autoridades estaban más preocupadas por el aumento de la hostilidad islámica en Irak y en tierras de sus aliados sauditas, egipcios y jordanos, de donde eran originarios los kamikazes del 11 de septiembre.

Pero la mayor sorpresa de Bachar El-Assad vino de un aliado, Francia, que realizó un giro espectacular respecto al problema libanés. Ya en junio de 2004 Chirac propuso a su homólogo estadounidense una resolución del Consejo de Seguridad exigiendo la inmediata retirada de las tropas sirias del Líbano. A partir de ese momento los acontecimientos se aceleraron en ese país, culminando con la "revolución del Cedro" y la retirada de los soldados sirios. ¿Obedecía ese giro francés a una nueva lectura de la situación en Irak?; ¿a un conflicto comercial con Damasco sobre un contrato de gas?; ¿a la amistad con Rafic Hariri?; ¿o a un malestar más profundo del Presidente francés respecto de su joven protegido sirio?

Chirac podía esperar jugar el papel de mentor de la transformación económica y democrática de Siria, como François Mitterrand lo había hecho respecto de la España post-franquista. Chirac había recibido a Bachar El-Assad con pompa en 1999, mucho antes de que éste llegara a la presidencia, y nuevamente en 2001 y 2002. También apoyó directamente las reformas administrativas y jurídicas y la firma de un acuerdo de cooperación euro-sirio. Pero ese deal de las reformas que excluía el aspecto político, ¿no estaba viciado desde un principio al ignorar la naturaleza misma del régimen de Damasco?

En Siria, como en casi todos los países árabes, el poder se convirtió en una "institución" separada del Estado: concentrado en torno de la Presidencia y de los jefes de los servicios de informaciones, sólo puede funcionar a costa de debilitar el Estado, en el que los ministros y las autoridades de regulación tienen un margen de maniobra muy limitado. La vida pública se reduce a un partido hegemónico, totalmente manejado por el poder, en función de las luchas intestinas entre sus miembros. Ninguna reforma real es posible si no se ataca directamente esa dualidad. Y en Siria, fue ese poder el que instaló a Bachar El-Assad en su cargo, haciendo de él su rehén. Assad padre, sin saberlo, había dejado tendida una verdadera trampa para su hijo.

Al retirarse del Líbano -lo que significó perder su mayor carta regional- el sistema quedó al descubierto. Hoy en día es cuestionado públicamente por los sirios, en todos los niveles. Voluntariamente o no, al asumir su cargo, Bachar El-Assad volvió a abrir la vida política. Durante un cierto tiempo reinó "la Primavera de Damasco" que exigía el levantamiento del estado de emergencia y el restablecimiento de las libertades públicas. Pero el poder sirio se puso nervioso rápidamente, sobre todo cuando el cuestionamiento alcanzó al propio Baas. La represión contra los opositores fue ejemplar.

Desde entonces, transcurrieron tres años que acabaron con toda ilusión de realizar reformas económicas aceleradas que no estuvieran acompañadas de reformas políticas e institucionales profundas (el famoso modelo chino). Para tratar de superar la crisis, Bachar El-Assad convocó a un congreso del partido en junio de 2005, prometiendo un salto cualitativo en las reformas. Eso despertó nuevas esperanzas: un cambio en la Constitución era necesario para poner fin al monopolio del Baas sobre "el Estado y la sociedad" (artículo 8) y al carácter "socialista" de la economía, entendida como capitalismo de Estado (artículo 13). La oposición buscó establecer alianzas a la vez con el propio Baas y con los Hermanos Musulmanes, a condición de que ambos acepten las reglas democráticas y laicas y reconozcan los errores cometidos en el pasado: eso permitiría dejar atrás los años de plomo. Una reconciliación nacional es necesaria.

Triple decepción 

El resultado del congreso del partido fue ambiguo. Precedido por una represión simbólica contra el último foro democrático (el salón "Atassi", que toma su nombre de una antigua personalidad política baasista que se negó a participar del Frente de Assad padre), y por excepcionales esfuerzos para seducir a los medios de negocios, el cónclave abordó la mayoría de los puntos discutidos en el debate interno: leyes de emergencia, libertades públicas, separación de poderes, orientación de la economía y ciudadanía de los kurdos de Siria. Además, el congreso marginalizó a la vieja guardia del partido. Pero decepcionó en tres puntos esenciales: el principio de una alternancia en el poder, la reforma del Estado y el proceso de reconciliación nacional. Para colmo, varios jefes de los servicios de seguridad ingresaron en las instancias dirigentes del partido, mientras que el diálogo con los Hermanos Musulmanes fue presentado como una línea roja 4.

El fin de ese proceso aún no está escrito, más aun si se tiene en cuenta que la administración estadounidense prefiere que se perpetúe el actual poder, debilitado. Cualquier tipo de transformación rápida, democrática y secular, chocaría contra la voluntad de Estados Unidos y entraría difícilmente en la concepción confesional y étnica de la "democracia" sin Estado, tal como se la ve en Irak o en el Líbano. Sin embargo, muchos sirios continúan creyendo que una transformación es posible. Y ya tiene su símbolo: el jazmín.

  1. Los alauitas son una comunidad musulmana, rama del chiismo duodecimanista, que constituye el 11% de la población siria y que vive mayoritariamente en la montaña del mismo nombre.
  2. La ley de estado de emergencia -aún en vigor- data de 1962, y fue activada por el comunicado N° 2 del golpe de Estado del 8-3-1963.
  3. Esa resolución autorizaba al presidente de Estados Unidos a promulgar -en el momento en que lo considere oportuno- sanciones contra Siria, correspondientes al peligro que ese país represente, a juicio de Estados Unidos.
  4. Una ley de 1980 sanciona con la pena capital la pertenencia a la organización de los Hermanos Musulmanes.
Autor/es Samir Aita
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 73 - Julio 2005
Páginas:15,16
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Estado (Política), Geopolítica
Países Líbano, Siria