Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Absurdo estatuto del Banco Central Europeo

En los Estados miembros de la Unión Europea (UE), la alternancia de los partidos en el gobierno permite a veces dar marcha atrás a iniciativas y legislaciones que han fracasado, o abolirlas. En la UE, en cambio, el pasado se vuelve algo "adquirido", que debe ser permanentemente reafirmado y protegido de toda crítica, por justificada que sea. Un ejemplo es el poder no compartido sobre la política monetaria, confiada a un Banco Central Europeo (BCE) que escapa a todo control político.

Mucho antes de que este régimen entrara en vigencia, numerosos especialistas de todas las tendencias políticas habían expuesto sus inconvenientes. Sus estructuras eran profundamente antidemocráticas, en la medida en que privaban a los representantes electos, tanto a nivel nacional como de la UE, de toda capacidad de intervención sobre las políticas macroeconómicas. Sus prioridades y sus fines eran completamente desequilibrados, porque se suponía que el BCE se concentraba en la estabilidad de los precios, cualesquiera fueran las consecuencias en términos de desempleo, dificultades financieras o desorganización del sistema productivo.

En cuanto a las políticas presupuestarias, sometidas al Pacto de Estabilidad y Crecimiento, debían satisfacer los criterios de endeudamiento público, aunque tuvieran que sacrificar cualquier otro objetivo. Los métodos del BCE, una copia de los del Banco Central Alemán, aunque en circunstancias muy diferentes, debían ofrecer todas las garantías de eficacia, a pesar de las pruebas que atestiguaban lo contrario. Por ejemplo, la insistencia dogmática sobre el valor de los agregados monetarios como guías de la política a desarrollar, cuando los demás bancos centrales habían abandonado desde hacía diez años esos indicadores, a los que evaluaron como desprovistos de interés. Seis años de experiencia de la unión monetaria han confirmado que esas críticas estaban fundadas, y sin embargo el conjunto del dispositivo sigue siendo sacrosanto para la Europa oficial.

Durante los últimos cuatro años la tasa de crecimiento anual promedio de la UE fue de 1,5%, es decir, inferior a la del final de los años '90, y alrededor de la mitad de lo calculado por la "estrategia de Lisboa" 1. El nivel de actividad económica resultó insuficiente en los 15, incluso para estabilizar el desempleo, que de 2001 a 2004 creció del 7,4% al 8,1%. Aun cuando los nuevos Estados miembros muestren tasas de crecimiento algo superiores, tienen tasas de desempleo mucho más elevadas: 14,4% en los cuatro últimos años transcurridos 2.

Persistencia del desempleo 

La respuesta invariable del BCE para estos problemas ha sido exigir más reformas "estructurales", más "flexibilidad de los precios y salarios" y más "movilidad de la mano de obra". Después de los dos referendos perdidos, como se ha vuelto cada vez más difícil invocar la amenaza inflacionaria, ahora se recurre al peligro de la "globalización" para justificar las mismas medidas: desregulación, presiones sobre los desocupados, y deslocalizaciones de las empresas del sector público y privado. Sin embargo, a escala global, las economías de la zona euro han tenido un buen comportamiento. En 2004, sólo la dinámica exportadora sostuvo el rápido aumento de la producción. En cambio, los mercados internos, en particular de los bienes de equipamiento, se estancaron o se redujeron.

Aunque la búsqueda obstinada de la "flexibilidad", que constituye el núcleo de las políticas económicas europeas desde hace más de dos décadas, debería haber permitido resolver el problema del desempleo, éste sigue acechándonos. Su persistencia en un nivel alto, combinada con las medidas liberales que afectan al mercado de trabajo, redujeron fuertemente la participación de los asalariados en el producto nacional bruto de la UE: de 73,4% en 1962, pasó a 69,2% en los años '90, para alcanzar un piso del 68% en 2004. El enorme aumento de los beneficios que surge de estas cifras, de menos de un cuarto a casi un tercio, reforzado por un sistema impositivo favorable al capital, resultó ser incapaz de atraer las inversiones prometidas: durante los cuatro primeros años de la década, las inversiones dentro del ámbito de los 25 aumentaron sólo el 0,5%, habiendo bajado en la zona euro (-0,2% en promedio). El año 2004 es el primero en que han aumentado (+3,2%) 3.

Para una gran cantidad de cuestiones económicas, los responsables de la UE dan pruebas de una deferencia servil hacia Estados Unidos. Toda la Agenda de Lisboa está inspirada en la creencia ingenua de una "nueva economía", cuyo boom bursátil habría marcado la emergencia del otro lado del Atlántico. Mediante intentos renovados de copiar mercados de trabajo pretendidamente "flexibles"; mediante la promoción del capital de riesgo y la imitación de las estructuras empresariales, los dirigentes europeos, tanto a nivel nacional como a nivel de la UE, han querido imitar a Estados Unidos con una exuberancia irracional.

El estatuto y las misiones del Sistema de la Reserva Federal estadounidense muestran, sin embargo, un agudo contraste con los del BCE, retomados a ojos cerrados en el proyecto de Tratado Constitucional. La Reserva Federal no es más que una agencia gubernamental entre otras, sometida a la voluntad del Congreso. Debe velar por "mantener el crecimiento a largo plazo de los agregados monetarios y del crédito, compatible con el potencial de aumento de la producción a largo plazo de la economía, de manera de promover efectivamente los objetivos de un nivel de empleo máximo, de estabilidad de los precios y de tasas de interés moderadas a largo plazo".

El contraste entre estas dos instituciones tiene considerables consecuencias sobre las políticas macroeconómicas. Las implementadas en Estados Unidos, si bien no descuidan la estabilidad de los precios, también se preocupan por los niveles de producción y de empleo. En situaciones de recesión duradera o de crecimiento del desempleo, los instrumentos macroeconómicos se utilizan para relanzar la actividad, como lo hicieron los estímulos presupuestarios del presidente Ronald Reagan a comienzos de los años '80, la caída de las tasas de interés de los años '90, y la reducción de impuestos durante la presidencia de Bush. Estas políticas, ciertamente criticables en muchos puntos, fueron eficaces en términos de tasas de actividad y empleo, que son superiores a las de Europa desde hace veinte años.

Lo mismo ocurre con la política social: hasta se podría llegar a decir que el crecimiento forma parte del modelo social estadounidense, o que el crecimiento es una suerte de sustituto de las políticas sociales. Los estadounidenses pueden vivir y morir en el mercado, pero por lo menos exigen que funcione. La observación de su experiencia hace tomar conciencia de la doble irresponsabilidad de los que toman las decisiones en Europa, donde se ejerce una presión continua para reducir las indemnizaciones por desempleo y restringir los derechos de los desocupados, al tiempo que no se toma ninguna medida macroeconómica para crear empleos.

Reino Unido, fuera del euro 

Sería difícil encontrar un tema político en torno del cual los británicos estén más unidos que en el rechazo del euro. Incluso entre la minoría fuertemente comprometida con la construcción europea, prácticamente nadie aboga por la entrada a la Unión Monetaria. Una simple comparación con el desempeño macroeconómico de la zona euro cierra el debate. El actual régimen macroeconómico británico es percibido como mucho más flexible y más pragmático en términos presupuestarios y monetarios. La Comisión le ha reprochado con frecuencia a Londres la violación de las normas del Pacto de Estabilidad, pero el nivel elevado de desempleo que existe en Alemania, Francia e Italia convence a los británicos de que más les vale quedarse fuera de la zona euro y no verse obligados a cumplir esas normas.

La ausencia del Reino Unido en la zona euro plantea un problema a la Unión Monetaria, porque significa que los muy vastos y líquidos mercados financieros británicos sólo hacen un uso limitado de la moneda europea. Ahora bien, la autonomía de todo el sistema monetario depende ampliamente del tamaño y la eficacia de su sistema financiero. La enorme expansión de la zona euro que entrañaría la participación de Londres facilitaría considerablemente la conducción de una política monetaria europea y contrarrestaría o limitaría el impacto de las perturbaciones que vienen del exterior, por ejemplo los cambios en la política estadounidense. Si los dirigentes de la zona euro se preocuparan verdaderamente por el futuro, se dedicarían a rever totalmente los procedimientos y el contenido de las decisiones del BCE, de manera de promover el empleo y la actividad económica.

El largo período de "preparación" transcurrido entre el tratado de Maastricht de 1992 y la introducción de la moneda única en 1999 provocó estragos en la zona euro, ya que el respeto de los criterios de "convergencia" elegidos por las finanzas públicas, perfectamente arbitrarios, y las tasas de interés y tipos de cambio implicaron políticas macroeconómicas restrictivas y un aumento del desempleo. La razón de ser de estos sacrificios nunca estuvo clara, porque equivalía a imponer una estabilización dolorosa a monedas destinadas a ser retiradas de la circulación.

El tratamiento reservado para los nuevos Estados miembros de la UE es todavía más ilógico: contrariamente al franco o al marco, que fueron absorbidos por el euro a través del écu, el zloty polaco, el forint húngaro, etc. simplemente van a desaparecer. El peso monetario combinado de estos países es tan débil que su situación económica tendrá muy poca influencia en la zona euro cuando formen parte de ella.

En realidad, la integración técnica de los mercados de crédito a corto plazo, necesaria para su participación en la Unión Monetaria, ya se ha realizado. Sin embargo, se les ha impuesto un largo período de puesta bajo tutela, así como criterios arbitrarios de tasas de inflación, de tipo de cambio y de endeudamiento público. La pertenencia a la Unión Monetaria está subordinada a un masoquismo macroeconómico. Al mismo tiempo, se descuida el problema de fondo de la integración monetaria de los nuevos entrantes, ya que la fijación de las tasas de conversión con el euro favorece altos niveles de exportaciones y de creación de empleo.

Lanzado en 1999 a un tipo de cambio de 1,16 dólares, el euro cayó a 82 centavos en 2001, por los flujos de capitales hacia Estados Unidos vinculados con la "burbuja" bursátil que estimulaba al billete verde. Posteriormente, la explosión de esta burbuja y los enormes escándalos financieros del tipo Enron en Estados Unidos hicieron bajar el dólar y subir el euro a niveles sin precedentes. En la economía mundial, el crecimiento y el desarrollo son elementos tan importantes como la estabilidad de los precios y el equilibrio presupuestario en la determinación de las paridades de cambio. Un dólar débil contribuye a aislar a Europa de las perturbaciones externas, especialmente el aumento de la cotización del petróleo, y a ampliar significativamente las posibilidades de expansión del empleo y de la actividad.

Casi en todo el mundo, los inversores se sentirían felices de poseer activos en euros. No utilizar estas oportunidades tiene un costo elevado. La persistencia del estancamiento y la obsesión enfermiza por los "grandes equilibrios" contribuyen a debilitar el euro, en la medida en que cada vez hay menos nuevos activos europeos disponibles, y por lo tanto menos razones para invertir en las economías europeas.

Tal como fue concebida, hace casi cuarenta años, la Unión Monetaria constituía un proyecto innovador y optimista, en el cual una moneda común iba a disminuir las restricciones, en particular las resultantes de la supremacía del dólar. La concreción de este proyecto bajo una forma conservadora, dogmática y antidemocrática es una fuente de restricciones, una amenaza autoimpuesta a las economías de la zona euro, en primer lugar a Alemania, ese gigante paralizado de la UE. Si el rechazo del Tratado Constitucional permite cuestionar el actual régimen macroeconómico, constituirá un desarrollo positivo para la construcción europea.

  1. La "estrategia de Lisboa" adoptada en la reunión del Consejo de Europa celebrada en marzo de 2000, en la capital portuguesa, se proponía hacer de la UE "la economía del conocimiento más competitiva del mundo".
  2. Euromemorándum Group, Beyond Lisbon: Economic and Social Policy Orientations and Constitutional Cornerstones for the European Social Model: Euromemorandum 2004.
  3. Beyond Lisbon, op. cit.
Autor/es John Grahl
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 73 - Julio 2005
Páginas:25,26,27
Traducción Lucía Vera
Temas Unión Europea, Política internacional