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Peronistas y liberales

A finales de 1995 tuvo lugar en Buenos Aires un acontecimiento que no registrará la historia, aunque quizá debería, por su simbolismo. Alguien, alguna institución, el gobierno –poco importa– organizó una velada en beneficio del Teatro Municipal San Martín, ese reducto del buen arte que ni las dictaduras se atrevieron a disolver. El evento tuvo lugar en el predio de la Sociedad Rural, lugar representativo de una elite, si los hay. Allí estaban en efecto muchos de los apellidos ilustres del país, con sus damas de beneficencia oficiando de anfitrionas. En una mesa central, pasablemente ansiosos, consternados y divertidos, algunos de los mejores artistas y autoridades del San Martín. En las otras, cada una decorada de distinto y estrafalario modo, nos distribuimos los demás, una turba constituida por periodistas, políticos, sindicalistas, la farándula de la televisión y el teatro de revistas, modelos, deportistas y, por supuesto, el gobierno peronista del momento au grand complet. Sólo faltaban militares y policías, aunque no es de descartar que los hubiese vestidos de civil. En cualquier caso, estaban bien representados por numerosos y discretos servicios de seguridad. Se comió, se bebió, algunos invitados fatigados por un día de labor iban a los lavabos y volvían cargados de energía, hubo los discursos y agradecimientos habituales, una gran dama cantó un par de tangos y, al fin, el momento estelar: la alegre multitud salió a bailar al ritmo del más famoso músico de bailanta, Ricky Maravilla.
Así, la historia de crueles enfrentamientos entre liberales y peronistas parecía cerrarse esa noche felizmente con una pirotecnia de clases y estilos en la que ni siquiera faltaban trabajadores, desocupados y villeros, porque en la mesa de los artistas del San Martín y en alguna otra había personas que los representaban dignamente con su trabajo cotidiano, con su vocación de altura y que incluso, en su momento, habían peleado por ellos con otras armas además de las del arte.
Quien se pregunte qué es el peronismo hoy, a sesenta años del 17 de octubre y a cincuenta del derrocamiento del segundo gobierno de Juan Perón por la “Revolución Libertadora”, puede explicarlo con esa imagen o con cualquiera de las que a diario ofreció la clase dirigente en pleno hasta diciembre de 2001. Puesto que del peronismo pueden decirse hoy muchas cosas y ninguna (basta ver la mareante, contradictoria y casi siempre delirante acumulación de datos e interpretaciones de historiadores y biógrafos –por no hablar del arco de seguidores– sobre el movimiento y su líder), lo que parece comprobable es que ha logrado al fin asentarse como la expresión política de la cultura en sentido antropológico, de la manera de ser y estar en el mundo, de la mayoría de los argentinos.
Cuando Perón decía que “peronistas somos todos”, se refería a algo muy profundo –y a la vez prosaico– que tanto los obsecuentes que lo acompañaban como sus acérrimos opositores no alcanzaban a discernir. Jorge Luis Borges sí creyó entenderlo y es por eso que alguna vez dijo que si los argentinos hubiesen elegido el Facundo en lugar del Martín Fierro como libro nacional de cabecera, éste sería otro país. Pero Borges se equivocaba, porque también sus liberales habían elegido del Martín Fierro al personaje del viejo Vizcacha para la ideología y práctica de una vida social acomodaticia, individualista al extremo en la aplicación de todas las argucias ante la ley y perrunamente domesticada ante la autoridad de Dios y el Caudillo, a veces reunidos en una sola persona. Eso es lo que representó cabalmente Roca para los liberales y lo que éstos no supieron entender y aceptar en Yrigoyen y Perón, que interpretaron mejor que ellos el momento histórico que les tocó vivir. O dicho de mejor modo: uno y otro, el radical y el peronista, fueron en momentos distintos representantes de una sociedad que necesitaba cambiar y a la vez barrera de contención explícita ante la posibilidad de un cambio revolucionario. En la década del ’20 el comunismo devino una alternativa real en el mundo y en 1945 la URSS era la gran potencia que había contribuido de manera esencial a la derrota del nazismo. Pero los “liberales” argentinos no supieron entender la propuesta de Perón, y para sacárselo de encima del personaje de Fierro descartaron su talante montaraz, libertario, y se quedaron con el que se defiende y ataca a cuchilladas, si es necesario arteras. Ese papel, el de matones a sueldo, jugaron los militares para la oligarquía “liberal” argentina. El peronismo, cuyo líder era militar, también supo servirse de ellos contra sus rivales y las instituciones, como en 1966, cuando encabalgó el golpe del general Onganía.

La síntesis ausente


Estados Unidos, un país cuyo destino se solía comparar con el de Argentina hasta bien entrado el siglo XX, resolvió a mediados del XIX su propio destino –en el sentido de dirimir una contradicción esencial, de elegir una vía– mediante una cruenta guerra civil de cinco años. Se sentaron al cabo los cimientos de una gran democracia y de una sociedad y un país integrados, la base de su espectacular desarrollo posterior y de su actitud imperial de siempre.
La guerra civil argentina, que también la hubo entonces y por las mismas fechas, concluyó en una excelente Constitución liberal casi nunca respetada y en un país macrocéfalo e injusto, en una sociedad de insoportables desigualdades y proclive al estallido. Si Argentina no se convirtió entonces en un país imperialista no fue porque sus liberales no hubieran querido –la guerra del Paraguay es una prueba– sino precisamente porque nunca cimentaron el requisito indispensable: un país sólido y una sociedad integrada en los que respaldarse. No se puede negar que algunos grandes liberales intentaron seguir el ejemplo estadounidense o el de las democracias europeas, pero siempre primó en los hechos el interés más inmediato y pedestre de los grandes propietarios y sus capataces políticos, razón por la que jamás hubo en Argentina, por ejemplo, una reforma agraria burguesa. De los verdaderos liberales, de su contacto con la cultura europea y de la atención que prestaron a los problemas, reivindicaciones y propuestas políticas y sociales de la enorme masa de inmigrantes, quedó quizá lo único de lo que puede perdurablemente enorgullecerse el país: una sociedad alfabeta, por sectores realmente ilustrada, y una actividad intelectual y artística formidable. Algunos de sus representantes estaban sentados a la mesa del Teatro San Martín aquella esperpéntica noche de 1995, en la Sociedad Rural.
En 1945 llegó el peronismo, que forzó –no se puede decir de otro modo– la integración social y económica de enormes masas de trabajadores rurales y urbanos y asentó el desarrollo de la clase media. Es probable que nunca acabe de entenderse del todo por qué el liberalismo y la izquierda lo combatieron del modo en que lo hicieron –aunque razones había– pero lo cierto es que una vez más en la historia argentina, de ese combate no salió síntesis progresiva alguna. Al final, fue la decadencia de unos y otros, expresada en la mixtura menemista, y también la del país.
Lo único que hasta entonces siempre había unido a peronistas y liberales es el temor a una revolución de izquierdas, algo que nunca, incluso en los años ’70 del siglo pasado, tuvo fundamento real. Unos y otros se combatieron de manera despiadada, coincidiendo en los métodos antidemocráticos e incluso terroristas entre sí y ante el enemigo común: si con la excusa de matar a Perón los militares asesinaron centenares de inocentes en junio de 1955 en Plaza de Mayo, Perón no tuvo el menor problema en refrendar –y probablemente organizar– la masacre de la izquierda de su movimiento en Ezeiza, en junio de 1973. Nunca se conoció la lista completa de víctimas ni los culpables fueron debidamente identificados y juzgados, en ninguno de los dos y en tantos otros casos. Los ejemplos de violencia, trapacería política y corrupción de uno y otro bando podrían multiplicarse, pero la conclusión es que a lo largo de toda la historia argentina, “liberales” y “populares” se han comportado en los hechos, y más allá de los discursos, como facciones sociales cuyo único objetivo es el control del poder. Si Perón pudo decir con razón en 1973 que el peronismo seguía vigente “porque ellos lo hicieron peor”, ¿qué podría decirse de su abortada segunda presidencia y de aquel regreso de 1973, en compañía del “brujo” José López Rega; del jefe de la Logia P2 Licio Gelli, del coronel Jorge Osinde, organizador con López Rega de la “Triple A” (connubio de peronistas y militares) y de que acabara designando a su estólida esposa para sucederlo en el gobierno de un país en crisis?
En este sentido, Argentina no deja de sorprender. Las patologías (mitomanía, cleptomanía, necrofilia, misticismo agudo, tendencias homicidas, paranoia y un largo etcétera) que en una sociedad moderna y normal son propias de algunos individuos, en Argentina se depositan en las instituciones y la vida política; son una patología social.

Una nueva sociedad


Y están por supuesto “las bases”, los militantes, los electores, el pueblo, o como se quiera llamar a los que creen y actúan en función de una doctrina política. De los militantes liberales no hay mucho que decir, porque el liberalismo sólo los convoca en período electoral. Pero a los peronistas de base, a los que luchan realmente sin interés personal, les ocurre algo similar que a los comunistas respecto a la debacle de la URSS: no acaban de entender cómo un proyecto extraordinario, cómo una masiva explosión de energía social y política, condujo a la situación actual. Es que cada uno llevaba en germen un cáncer, entre otros, que lo corroería sin remedio: el centralismo democrático del comunismo y el “movimientismo” del peronismo. Así como el régimen de partido único comunista se reveló puro centralismo y cero democracia, el movimiento peronista fue el amorfismo antes que la diversidad frente a un objetivo común y, también, nada democrático. No es necesario suscribir la teoría del reemplazo absoluto de una clase por otra para comprender que el pasteleo peronista, el afán de satisfacer a todos, es a la larga funcional a la clase en el poder. Que  no basta con disponer de una situación interna e internacional extraordinaria como la de 1945 para alterar la estructura socioeconómica de un país: el poder y los privilegios están donde están y hay que construir algo realmente sólido para arrebatarlos, aunque sea en parte.
El peronismo nunca intentó realmente la conciliación de clases en un país que, como pocos, ofrece condiciones materiales para lograrlo. Eso hubiera supuesto la cooptación y no la persecución o la compra, por ejemplo, de la dirigencia sindical no peronista; la elevación de la cultura política y de la cultura a secas (recordar aquello de “alpargatas sí, libros no”) de los trabajadores y las clases populares para que pudiesen plantarse frente a la clase dominante con un proyecto y un discurso coherentes. Hubiera supuesto dialogar con los trabajadores y no servirse de ellos; considerar al otro una entidad modificable y modificadora, en lugar de un valor de uso. Si el método se mide por los resultados, allí está el sindicalismo peronista, la política peronista, la evolución del peronismo desde 1945 hasta el gobierno de Carlos Menem.
Al menos desde mediados del XIX, pretendidos liberales y pretendidos antiliberales han construido a Argentina tal cual es hoy: un país rico con millones de pobres, una República sin instituciones dignas de ese nombre, una democracia formal, una Nación decadente.
En diciembre de 2001 se abrió otra etapa prometedora. No se puede reflexionar sobre una historia que aún no ha transcurrido. Pero si el país progresa, será porque se habrá sabido consolidar las instituciones de la República y se habrán abierto verdaderas oportunidades para todos; el peronismo y el liberalismo conocidos habrán quedado atrás y la sociedad argentina habrá devenido un complejo racional y honesto, una variedad de pensamiento e intereses, con ideas si no claras, al menos distintas.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 75 - Septiembre 2005
Páginas:2,3
Países Argentina