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Entre la derecha y una nueva izquierda

Las elecciones legislativas del 18 de septiembre modificarán el paisaje político alemán, ¿pero cómo? ¿Los democristianos tendrán diputados suficientes para gobernar con ayuda de los liberales? ¿O tendrán que formar una coalición con los socialdemócratas? Ante la competencia del nuevo Partido de Izquierda, éstos pasan por una justificada decadencia.

Cuando en 1987 Willy Brandt abandonó la presidencia del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), tenía dudas de que, veinte años más tarde, su partido siguiera siendo un partido popular 1. Dos años antes de ese plazo, se ha llegado a ese punto: luego de la escisión de los "verdes" en la década de 1980, este verano boreal acaba de nacer un "Partido de Izquierda" al que las encuestas asignan cerca del 10% de los votos en las elecciones legislativas del 18 de este mes.

De hecho, el SPD ya no logra nuclear en torno de un mismo programa a sus tres "clientes": los asalariados -fijos y socialmente cubiertos- del capitalismo renano; los "postmaterialistas" consumidores, burgueses y liberales, culturalmente evolucionados; y los desocupados y otros perdedores de la modernización. Tanto es así, que ahora también en Alemania se plantea el problema de la unión de las izquierdas...

La crisis de la socialdemocracia en tanto partido de masas comenzó en 1982, cuando su socio, el Partido Demócrata Liberal (FDP), exigió importantes recortes en el presupuesto social, teniendo en cuenta la desaceleración del crecimiento registrado en la década de 1970 en la República Federal Alemana (RFA), al igual que en los otros países industrializados. El memorándum Lambsdorff 2 (por el nombre del ministro de Economía, liberal) preconizaba una "adaptación" a la dinámica de la mundialización, que ya estaba en marcha. Su receta consistía en la reducción de las prestaciones sociales y de los salarios, la flexibilización laboral y un aumento de las tasas al consumo, acompañada de una fuerte reducción en los impuestos a las empresas, fundamentalmente para las de los sectores exportadores. El canciller Helmut Schmidt sabía entonces que no lograría imponer ese programa al ala izquierda de su partido -dominada por los "jóvenes turcos" como Gerhard Schröder y Oskar Lafontaine- y provocó su propia destitución.

El memorándum del conde Otto Lambsdorff proponía "rearmar" a Alemania en previsión de las batallas que se anunciaban en el mercado mundial del trabajo. La coalición del Partido Cristiano Demócrata (CDU-CSU) y del FDP dirigido por el canciller Helmut Kohl sólo aplicó parcialmente esa modernización de fondo; hacerlo de manera más enérgica hubiera roto tanto la capacidad de integración de la CDU-CSU como la del SPD. Pero la distribución de la riqueza se vio modificada sensiblemente: desde 1982 a 1998, los ingresos de las empresas y de las inversiones financieras se duplicaron, mientras que los de los trabajadores se estancaron. La parte de la RFA en las exportaciones mundiales pasó del 9% al 12%, pero la demanda interna disminuyó. El financiamiento del Estado cambió: en 1970 se basaba en un 30% en los impuestos al capital y a la fortuna, y en un 70% en los impuestos a los salarios y en gravámenes indirectos; en 2000, los primeros aportaban apenas un 15% y los segundos el 85%.

En la década de 1990, los desequilibrios se acentuaron a causa del financiamiento de la reunificación del país mediante el aumento de la deuda, principalmente la de las cajas de jubilaciones y de seguro médico (+50% entre 1990 y 2000) 3. Contrariamente a lo ocurrido con la ayuda a los refugiados en 1945, el costo de la reunificación no fue financiado por una transferencia de dinero de arriba hacia abajo, sino por la "gente humilde". Las inversiones masivas en infraestructura en la región Este y en las filiales de bancos y redes comerciales de Alemania Occidental sólo generaron una expansión provisoria. Las empresas del Este, confrontadas a la productividad de la industria del Oeste, se desmoronaron, dejando en la calle a cientos de miles de asalariados.

La era Kohl fue también la de la supresión del impuesto a la fortuna y de una parte del impuesto sobre el capital, paralelamente a una disminución en las jubilaciones. Se privatizaron las telecomunicaciones, los ferrocarriles y el correo, a la vez que se desregulaba el mercado de la electricidad. Para no hablar del desarrollo -políticamente rentable- de la radio y la televisión privadas... Desempleo, estancamiento de los salarios y de la demanda interna; aumento del peso de la deuda y de las transferencias al Este (4% del PBI); gastos sociales demasiado onerosos comparados con la competencia mundial; miseria financiera de las instituciones sociales y culturales: esa fue la herencia que recibió el SPD en 1998.

Pero ya entonces, dos partidos coexistían en el seno del viejo SPD. Oskar Lafontaine y la izquierda sustentaban un encendido discurso en favor de la reconstrucción del Estado social, de la "sociedad social de mercado", la redistribución del trabajo, la modernización ecológica y un nuevo orden internacional más justo. Al retomar esos grandes objetivos, los teóricos de la izquierda prácticamente no tuvieron en cuenta las transformaciones ocurridas en la década de 1990: la aceleración de la modernización, los acuerdos comerciales internacionales y el frenesí privatizador de la Comisión Europea habían destruido las bases de la política de redistribución.

En plena mundialización, los debates sobre una transformación postmaterialista, ecologista, eran considerados un lujo. ¿Y en esas condiciones, cómo ganar las elecciones con el único concepto realista: el restablecimiento de la "justicia social" sobre la base de mayores impuestos a las clases medias y a los salarios más altos? "Van a tener que sangrar", había dicho el líder de los verdes, Joschka Fischer; pero la frase pasó rápidamente al olvido... En síntesis, la izquierda no tenía una fórmula concreta; y los intelectuales que lo percibieron, horrorizados, tampoco la tenían. Por lo tanto, fue lógico que el SPD confiara su campaña electoral al pragmático Gerhard Schröder.

Contrariamente a su rival, Oskar Lafontaine, el gran comunicador no pensaba poner el acento en "la oposición entre dos proyectos de sociedad fundamentalmente diferentes": quería "mejorar lo que se puede mejorar, sin cambiar todo". Rodeado de héroes de la "nueva economía", Schröder eligió como ministro del área al gerente de una empresa energética, y no dudó en afirmar: "Nosotros llevamos adelante una política industrial muy dura; los verdes se encargan de la salsa social". Su "público" era el "nuevo centro", es decir, el núcleo bien remunerado de la clase obrera y los jóvenes empresarios dinámicos, a quienes prometió crecimiento y renovación. Lafontaine debía ocuparse de retener a los electores tradicionales, los perdedores de la mundialización y los "socialistas de siempre"...

Derrota de la línea social 

Esa alianza duró apenas cuatro meses. Lafontaine, ministro de Finanzas, pidió consejo a uno de los últimos keynesianos (Heiner Flassbeck), cuando en los últimos veinte años la economía prácticamente sólo había producido neoliberales. Redujo los gastos sociales creando un impuesto ecológico, anunció que la seguridad social volvería a cubrir a los trabajadores precarios y pretendió influir en la política del Banco Central en materia de tasas de interés, con el objetivo de aumentar el margen de maniobra del Estado. Víctima de su propio carácter, lo hizo precipitadamente y sin suficiente preparación, lo que facilitó la contraofensiva de los medios financieros, que movilizaron en su contra a sus comentaristas rentados. Resultado: el canciller lo desautorizó públicamente y Lafontaine renunció, tanto a su cargo de ministro como a la presidencia del SPD. Luego de decapitar de esa manera a su oposición, Schröder calmó a varios de sus miembros concediéndoles distintos cargos. Por su parte, los diputados no podían dejar de ser leales a un canciller cuya mayoría parlamentaria era de escaso margen. La "lucha entre las dos líneas" se había terminado.

Pero la crisis financiera se había convertido en una pesada carga para los socialdemócratas, que optaron por una política de rigor, fatal para el crecimiento. El objetivo de la coalición rojiverde -modernizar ecológicamente la economía, transformando el sistema energético y estimulando así el crecimiento interno- sólo fue alcanzado en ciertos puntos precisos. Ni siquiera aprovecharon la oportunidad para modificar el liberalismo a escala europea -condición necesaria para defender el Estado social- pese a que los socialdemócratas dirigían once de los quince Estados de la Unión Europea.

Es cierto que por entonces el canciller enterraba los proyectos de reformas de izquierda preguntando en las reuniones de gabinete: "¿Hay alguien aquí que todavía crea que podemos dirigir la economía?". No le interesaban los países escandinavos, más igualitarios con sus altos impuestos directos, ni Francia, un país más estatal que había decidido reducir la jornada laboral, sino que miraba de reojo hacia Gran Bretaña: el vacío intelectual dejado por la izquierda lo llenó con el documento Blair-Schröder 4 sobre la "socialdemocracia moderna", cuyas fórmulas grandilocuentes ("optimismo de la nueva economía", "responsabilización", "activación") encubren una economía de liberalización, de desregulación, de reducción de impuestos (sobre todo al capital) y de hostigamiento a los desocupados. Todo ello en nombre de esperanzas de crecimiento no realistas y de una redefinición de la "justicia": justo sería todo lo que genera crecimiento.

La coalición rojiverde se enorgulleció de haber concretado "el mayor programa de reducción de impuestos de la Posguerra": en efecto, disminuyó los impuestos a los más ricos en un 8%; la tasa sobre las sociedades en un 15%, e hizo a las grandes empresas generosos regalos fiscales que alcanzaron a miles de millones de euros. Simultáneamente, a medida que la crisis financiera se profundizaba, cientos de miles de empleados de los servicios públicos quedaban sin trabajo, a la vez que las universidades, las bibliotecas y otras instituciones luchaban cada año contra las restricciones presupuestarias del Estado. Entre las ganancias de las exportaciones y las pérdidas del mercado interno, la cifra de desempleados pasó el límite de los cinco millones en 2004, es decir, más del 12% de la población activa.

Esos "capitalistas de izquierda" que se pavoneaban luciendo trajes Brioni y fumando cigarros Cohiba, fueron los responsables de la grave pérdida de apoyo que el SPD registró en su electorado. Los sindicalistas tomaron sus distancias respecto del gobierno. La oposición, gracias a su mayoría de bloqueo en el Bundesrat -segunda cámara del Parlamento- desarrolló una campaña demagógica contra la liquidación del Estado social, en momentos en que los patrones y sus medios de prensa exigían aun más: disminución de un 15% en los salarios, reducción de un tercio de los seguros de desempleo, una nueva reducción de impuestos, un aumento de la semana laboral hasta llegar a 45 o 50 horas...

En 2002 Schröder fue reelecto, explotando a la vez las catastróficas inundaciones ocurridas en el país, la guerra en Irak y el temor a un regreso de la derecha. Pero ya nadie creía en su promesa, "trabajo, trabajo, trabajo". Con su agenda 2010, anunciada en 2003, se mantuvo fiel a la lógica según la cual si el medicamento no logró curar al enfermo, hay que aumentar la dosis.

Un nuevo orden turbo-feudal 

Tal es el sentido del plan Hartz IV, que a partir de 2005 reduce drásticamente el costo del "mantenimiento de los inútiles": según ese sistema, quienes no consiguen un empleo al cabo de doce meses son privados de sus derechos sociales y pasan a ser objeto de la ayuda social, a la vez que quedan obligados a aceptar trabajos remunerados a razón de un euro la hora. Rompiendo con la concepción sagrada del pleno empleo, se reorganizó el mercado laboral según un nuevo orden turbo-feudal: por un lado las elites fiscalmente privilegiadas y jurídicamente protegidas, pues sostienen la economía exportadora; del otro, los superfluos, los precarios, cuya manutención cuesta lo menos posible.

Así, el pragmático Schröder se convirtió en el ejecutor socialdemócrata del proyecto que hace veinticinco años permitió al conde Lambsdorff derrotar al último canciller socialdemócrata. Con una diferencia: la infraestructura pública en lugar de ser desarrollada fue privatizada, no por razones estratégicas, sino para satisfacer agudas necesidades financieras.

Contrariamente a sus opositores, el SPD siempre fue un partido de masas. Pero desde 1990 perdió un tercio de sus afiliados (175.000 durante la era Schröder) y actualmente apenas le quedan 600.000. De ellos, sólo el 2,8% tienen menos de treinta años. Además, durante las elecciones de 2002, se redujo en un 8% su electorado obrero, que pasó a la CDU o se abstuvo 5, y perdió siete Länder...

Luego de las elecciones previstas para este 18 de septiembre, o bien el partido volverá a la oposición, o bien entrará en una "gran coalición". Pero si lo logra, será sin dudas con una influencia electoral aun menor. No dispondrá de los medios financieros de sus adversarios burgueses, que proclaman en los medios la necesidad de profundizar la economía de mercado. Ni siquiera podrá contar con los sindicalistas: su presidente declaró públicamente que las organizaciones obreras "han perdido definitivamente su socio".

En el fondo, lo que se quebró fue la alianza entre las capas medias y la "gente humilde", que desde hace cuarenta años le permite al SPD ser mayoritario. De un partido popular preocupado por el interés del Estado, el canciller Schröder hizo un grupo de defensa de los intereses del "nuevo centro", compuesto por obreros profesionales bien pagados y ejecutivos intermedios víctimas del miedo a la decadencia, esperanzados en que el partido impedirá que las cosas se agraven aun más. Con semejante perfil, la diferencia entre el SPD y el CDU es cada vez más tenue.

Luego de su derrota en Renania del Norte-Westfalia en mayo pasado, el canciller Schröder decidió provocar elecciones legislativas, por temor a una rebelión en la izquierda de su partido o a que la situación general sea aun más grave un año después. Sin dudas, ambos motivos se combinan con la esperanza -un tanto machista- de que el "gran comunicador" logre vencer en un duelo televisivo a la líder de la CDU, Angela Merkel, menos experimentada incluso en cuestiones mediáticas.

Pero tendrá que hacer sus cuentas. Su rival, Oskar Lafontaine, a quien considera un "traidor" desde que criticó su política "neoliberal", quebró el último tabú al encabezar una alianza socialdemócrata de izquierdas. Esta reúne al Partido del Socialismo Democrático (PDS), formación de los perdedores de la modernización y de los nostálgicos del socialismo, implantado fundamentalmente en el Este, y Alternativa Electoral Trabajo y Justicia Social (WASG) que nuclea -sobre todo en el Oeste- a sindicalistas y socialdemócratas decepcionados.

Es decir que la socialdemocracia de la era Brandt-Schmidt se ha dividido irreversiblemente en tres partidos: el de los trabajadores bien pagados y los funcionarios (SPD); el de los desocupados, trabajadores precarios y víctimas de la modernización (Partido de Izquierda); y el de los liberales de izquierda esclarecidos de las grandes ciudades (Partido Verde). Esa división refleja las consecuencias de una mundialización económica políticamente descontrolada, entre las cuales figura la profundización de las diferencias sociales. Pero sobre todo destruye la capacidad de integración del SPD y hace más difícil la unión parlamentaria de los diferentes grupos representativos de los asalariados, que así hubieran podido defender un Estado social reformado y crear una importante alternativa. La situación actual aumentará la tendencia a una sumisión al mercado. Al mismo tiempo, la crisis del SPD constituye un signo precursor de una crisis en la representación parlamentaria.

  1. Albrecht von Lucke, "Rotgrüne Selbstentsorgung", Blätter für deutsche und internationale Politik, Berlín,  julio de 2005.
  2. "Das liberale Tagebuch".
  3. Albrecht Müller, Die Reformlüge, Munich, 2004.
  4. www.amos-blaetter.de/AR-blair-schroeder-papier.html
  5. Franz Walter, Abschied von der Toskana. Die SPD in der Ära Schröder, Verlag für Sozialwissenschaften, Wiesbaden, 2004.
Autor/es Matthias Greffrath
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 75 - Septiembre 2005
Páginas:20,21
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Políticas Locales, Socialdemocracia
Países Alemania (ex RDA y RFA)