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Encontrarse con el extranjero

El asalto deseperado de los candidatos a la inmigración contra los alambrados de púa en los enclaves españoles de Ceuta y Melilla y los tumultos de carácter racista en Australia simbolizan el ascenso del miedo y la intolerancia, sobre un fondo de miseria social. Sin embargo, sólo el diálogo con el extranjero, el intercambio de experiencias pueden hacer vibrar la cuerda de la humanidad común.

Cuando medito sobre mis viajes por el mundo -que duraron muchos años- tengo a veces la impresión de que las fronteras y los frentes, los peligros y las penas propias de estos vagabundeos, suscitaron en mí menos inquietud que el enigma, siempre presente, de saber cómo se desarrollaría cada nuevo contacto con los Otros, con esas extrañas personas que iba a encontrar a lo largo de mi ruta. Siempre he sabido que lo que seguiría dependería en gran parte, e incluso totalmente, de la manera en que ocurrirían esos encuentros. Cada uno de esos viajes ha representado para mí una serie de interrogantes: ¿cómo comenzaría? ¿Cómo se desarrollaría? ¿Cómo terminaría?

Son preguntas tan antiguas, se remontan a tiempos tan remotos, que se las podría calificar como eternas. El encuentro con el Otro, con seres humanos diferentes, constituye desde siempre la experiencia fundamental y universal de nuestra especie. Los arqueólogos nos dicen que los grupos humanos más primitivos no contaban con más de treinta o, como máximo, cincuenta individuos. Si estas familias-tribus hubieran sido más importantes, les habría resultado difícil desplazarse. Y si hubieran sido menos numerosas, no habrían podido defenderse ni librar la batalla de la supervivencia.

He aquí que nuestra pequeña familia-tribu, en busca de alimento, se encuentra cara a cara con otra familia-tribu. ¡Un momento crucial para la historia del mundo! ¡Fabuloso descubrimiento! ¡Darse cuenta de que el mundo está habitado por otros seres humanos! Hasta ese momento, un miembro de nuestra pequeña comunidad familiar y tribal podía vivir con la convicción de que, conociendo a sus treinta, cuarenta o cincuenta hermanas y hermanos, conocía a todos los habitantes de la Tierra... Y de golpe descubre que no es así, ¡que el mundo aloja a otros seres similares a él!

Tres opciones ante el Otro

¿Qué hacer ante tal revelación? ¿Cómo reaccionar? ¿Qué decisión tomar? ¿Arrojarse ferozmente sobre los extranjeros? ¿Cruzarlos ignorándolos y seguir el propio camino? ¿Tratar de conocerlos e intentar encontrar un ámbito de entendimiento con ellos?

La necesidad de elegir entre esas opciones se le planteó a nuestros ancestros hace miles de años. Hoy se nos plantea a nosotros. Con la misma intensidad. Esta elección se ha vuelto esencial y determinante. ¿Qué actitud adoptar frente al Otro? ¿Cómo considerarlo?

Es algo que puede convertirse en un duelo, un conflicto, una guerra. Testimonios de enfrentamientos de esta naturaleza llenan todos los archivos posibles e imaginables. Y los innumerables campos de batalla y las ruinas diseminadas en todas partes del mundo lo confirman. Esto muestra el fracaso del hombre, que no ha sabido o no ha querido encontrar una manera de entenderse con el Otro. Las literaturas de todos los países, en todas las épocas, se han inspirado en esta tragedia y en esta debilidad humana. Han hecho de ello uno de sus temas privilegiados, variable hasta el infinito.

Pero también puede suceder que nuestra familia-tribu, cuyos pasos seguimos, en lugar de atacar y combatir, decida aislarse de los Otros, encerrarse, parapetarse. Tal actitud, con el tiempo, da como resultado construcciones que obedecen a una voluntad de encierro, como las torres gigantes y las puertas de Babilonia, los limes (límites) romanos, la Gran Muralla china o las colosales fortificaciones de los incas.

Por suerte, existen pruebas, diseminadas por todo el planeta, de que el encuentro de grupos humanos tuvo también un tercer tipo de desenlace. Abundan los testimonios de cooperación. Vestigios de mercados, de puertos marítimos y fluviales, de lugares donde se elevaban ágoras y santuarios, donde hoy pueden verse todavía los restos de sedes de universidades o academias antiguas. Así como las huellas de antiguas rutas comerciales, por ejemplo la de la seda, la del ámbar, o la ruta de la sal y el oro en el Sahara.

Estos espacios eran lugares de encuentro; la gente entraba en contacto y se comunicaba, intercambiaba ideas y mercancías, sellaba actos de compra y venta, concluía negocios, establecía uniones y alianzas y fijaba objetivos idénticos basados en valores comunes. El Otro dejaba entonces de ser sinónimo de desconocido hostil y adversario, de peligro mortal y de encarnación del Mal. Cada individuo encontraba en sí una parte, por minúscula que fuera, de ese Otro, o por lo menos lo creía, y eso lo reconciliaba con todos los hombres de la Tierra.

De manera que el ser humano ha tenido siempre tres reacciones diferentes ante el Otro: podía elegir la guerra, aislarse tras una muralla o entablar un diálogo. A lo largo de la historia el hombre ha dudado ante esas tres opciones, alguna de las cuales elegía según su cultura y la época en que vivía. Constatamos que siempre es bastante veleidoso en sus decisiones; no siempre se siente seguro de sí mismo y no siempre pisa sobre terreno firme.

¿Humano o divino?

Cuando el encuentro con el Otro termina en un enfrentamiento, suele culminar en la tragedia y en la guerra. Ahora bien, la guerra no produce más que perdedores. Porque la incapacidad para entenderse con los Otros, para ponerse en su piel, revela el quiebre del ser humano y plantea la cuestión de la inteligencia humana.

El deseo de algunos de levantar murallas gigantescas y de cavar profundos fosos para aislarse de los Otros ha sido bautizado, en nuestra época, con el nombre de apartheid. Esta noción fue atribuida al detestable régimen blanco de Sudáfrica, que ha quedado atrás. Pero en verdad, el apartheid se practica desde tiempos inmemoriales. Simplificando mucho, se trata de una doctrina que sus partidarios describen así: "Todo el mundo puede vivir como le parece, a condición de que lo haga lejos de mí, si no pertenece a mi raza, mi religión y mi cultura". ¡Si sólo se tratara de eso! La realidad es que nos encontramos ante una doctrina de desigualdad del género humano.

Los mitos y las leyendas de muchos pueblos traducen la convicción de que sólo "nosotros" -los miembros de nuestro clan, de nuestra comunidad- somos seres humanos; todos los Otros son sub-humanos. La doctrina de la antigua China ilustra muy bien esta actitud: el no-chino era considerado como un "excremento del Diablo", o en el mejor de los casos como un pobre miserable que no había tenido la suerte de nacer en China. En consecuencia, ese Otro era representado como perro, rata o reptil. El apartheid ha sido siempre una doctrina de odio, de desprecio y de repugnancia con respecto al Otro, extraño o extranjero.

Sin embargo, la imagen del Otro era muy diferente en la época de las creencias antropomórficas, cuando los dioses podían revestir aspecto humano y comportarse como personas. En esos tiempos, nunca se sabía si el viajero o el peregrino que venía a nuestro encuentro era un dios o un hombre. Esa indeterminación, esa intrigante ambivalencia, constituye una de las fuentes de la cultura de la hospitalidad, que exige un tratamiento magnánimo del visitante; un visitante cuya naturaleza no era identificable.

Un "poeta maldito" polaco del siglo XIX, Cyprian Norwid, escribió sobre este tema. En la introducción de su Odisea, reflexionaba sobre las fuentes de esa hospitalidad que protege a Ulises durante su retorno a Ítaca. "En esos lugares, detrás de todo mendigo o vagabundo extranjero -escribe Norwid- se sospechaba la existencia de un ser divino. No era concebible preguntarle al visitante quién era antes de acogerlo; sólo después de haber supuesto su origen divino se descendía a las cuestiones terrestres y eso se llamaba hospitalidad; y por la misma razón, la hospitalidad formaba parte de las prácticas y de las virtudes más piadosas. Los griegos de Homero no conocían ‘al último de los hombres'. El hombre era siempre el primero, es decir, divino."

La cultura tal como la entendían los griegos, en el sentido de Norwid, saca a luz nuevos significados de las cosas, significados amables y benévolos. Las puertas y los portales sirven no sólo para alejar al Otro, sino que también pueden abrirse ante él, invitándolo a franquearlos. No hay ninguna razón para que la ruta sea el lugar de donde debe esperarse la llegada de tropas enemigas, sino que puede ser el camino por el cual, oculto bajo la vestimenta del peregrino, se acerca a nuestra morada uno de nuestros dioses.

Gracias a interpretaciones como éstas podemos comenzar a entrever un mundo no sólo más rico, sino también más acogedor, con una mejor disposición hacia nuestros semejantes; un mundo en el cual experimentamos la necesidad de salir al encuentro del Otro.

Pensadores dialoguistas

Emmanuel Levinas llama "acontecimiento" al encuentro con el Otro; incluso lo califica como "acontecimiento fundamental". Se trata, según él, de la experiencia más importante, la que abre los más grandes horizontes. Levinas forma parte de la familia de los filósofos dialoguistas -como Martin Buber, Ferdinand Ebner y Gabriel Marcel- que desarrollaron la idea del Otro como entidad única e inimitable, a partir de posiciones opuestas a dos fenómenos característicos del siglo XX: la sociedad de masas, que anula el hecho diferencial del individuo; y las ideologías destructoras y totalitarias.

Estos filósofos tratan de salvar lo que consideran el valor supremo: el individuo. Buscan salvarlo de la masificación y de los totalitarismos, destructores de cualquier identidad individual, a mí, a ti, al Otro, a los Otros (con este propósito divulgaron esta noción del Otro, con una O mayúscula: para señalar la diferencia entre los individuos y la diferencia de sus características individualizadoras, únicas e inaccesibles).

Esta corriente de pensamiento tuvo una importancia considerable, elevando y salvando al ser humano, elevando y salvando al Otro, ante el cual -como lo expresó Levinas- yo debo no sólo ponerme en un pie de igualdad y mantener un diálogo, sino también "ser responsable de él".

En cuanto a la actitud hacia el Otro -hacia los Otros- estos dialoguistas rechazan la guerra, a la que consideran como una vía que conduce a un único fin: la destrucción. También critican la indiferencia y el atrincheramiento tras una muralla. Preconizan la necesidad -el deber ético- de posiciones abiertas, de acercamiento y de buenas disposiciones.

En el seno de esta misma corriente de reflexión surgió la gran figura del antropólogo Bronislav Malinowski (1844-1942), muy cercano a las posiciones preconizadas por los dialoguistas.

El desafío de Malinowski era: ¿cómo acercarse al Otro cuando no se trata de un ser hipotético ni teórico, sino de un ser de carne y hueso que pertenece a otra etnia, que habla otra lengua, que posee una fe y un sistema de valores diferentes, que tiene sus propias costumbres y tradiciones y su propia cultura?

En general, la noción del Otro ha sido definida desde el punto de vista del Blanco, del Europeo. Pero hoy, cuando me paseo por una aldea etíope en medio de las montañas, detrás de mí corre un grupo de niños rientes que me señalan con el dedo y gritan: "¡Ferenchi! ¡Ferenchi!", lo que significa, justamente, "otro", "extranjero". Es un pequeño ejemplo de la actual desjerarquización del mundo y de sus culturas. Está claro que el Otro me parece diferente; pero lo mismo le ocurre a él. Para él, yo soy el Otro.

Conocer al Otro

En este sentido, estamos todos bajo la misma insignia. Todos los habitantes de nuestro planeta son Otros ante los Otros: yo frente a ellos, ellos frente a mí.

En la época de Malinowski (como durante los siglos anteriores), el Blanco, el Europeo, no dejaba su continente más que con un único objetivo: la conquista. Salía de su casa para volverse amo de otros territorios, obtener esclavos, comerciar o evangelizar. Sus expediciones solían transformarse en baños de sangre, como en el caso de la conquista de las dos Américas después de Cristóbal Colón, seguida por la de los colonos blancos venidos del Viejo Continente, luego la conquista de África, de Australia, etc.

Malinowski viaja a las islas del Pacífico con un propósito completamente diferente: conocer al Otro; el Otro y sus vecinos, sus costumbres y su lengua, estudiar su modo de vida. Quiere verlo con sus propios ojos y vivirlo en su propia carne. Desea acumular experiencias para, más tarde, dar cuenta de lo vivido.

Un proyecto que, aunque a primera vista nos parece absolutamente evidente, se vuelve sin embargo revolucionario, "mundoclasta" (permítaseme este neologismo), ya que revela una debilidad -en grados diversos- o más bien una característica intrínseca de toda cultura: cada una de ellas tiene dificultades para comprender a la otra.

Por ejemplo Malinowski, después de llegar al territorio donde desarrollaría sus estudios -las islas Trobriand (actualmente Kiriwina, en Papúa-Nueva Guinea)- observa que los blancos que vivían allí desde hacía años, no sólo no sabían nada sobre la población local y su cultura, sino que se habían hecho de ellos una idea falsa, llena de arrogancia y desdén.

Contrariamente a las costumbres coloniales establecidas, Malinowski instala su tienda en el centro de un pueblo y vive entre la población local. La experiencia no será para nada un paseo placentero. En su Diario, en el sentido estricto de la palabra, menciona sus dificultades, habla de su desamparo, de su abatimiento, de sus frecuentes estados depresivos.

Cualquier persona arrancada -voluntariamente o no- de su cultura, paga por eso un alto precio. Por tal motivo es importante poseer una identidad propia y definida, así como la firme convicción de la fuerza, del valor y la madurez de esta identidad. Sólo así una persona puede afrontar con serenidad otra cultura. En caso contrario, tenderá a encerrarse en su escondrijo, a aislarse, temerosa del mundo que la rodea. Con más razón porque el Otro no es más que el reflejo de su propia imagen, como él mismo lo es para el Otro, un reflejo que lo desenmascara, lo desnuda, cosas que en general uno prefiere evitar.

Es importante señalar que en la época en que la Europa natal de Malinowski era teatro de la Primera Guerra Mundial, el joven antropólogo se concentraba en el estudio de la cultura del intercambio. Estudiaba los contactos entre los habitantes de las islas Trobriand y sus ritos comunes, investigaciones que luego expondría en su obra Los argonautas del Pacífico (1922), y a partir de las cuales formuló su tesis tan esencial, y sin embargo, lamentablemente, tan poco observada: "Para poder juzgar, hay que estar en el lugar".

Malinowski presentó también otra tesis, extremadamente atrevida para la época: "No existen culturas superiores ni inferiores, sólo hay culturas diferentes que, cada una a su manera, satisfacen las necesidades y las expectativas de quienes participan de ellas". Para el etnólogo, el individuo que pertenece a otra etnia o a otra cultura es una persona cuyo comportamiento -lo mismo ocurre con cada uno de nosotros- contiene e inspira la dignidad, el respeto por los valores establecidos, la tradición y las costumbres.

Malinowski elaboraba sus trabajos en el momento en que aparecía la sociedad de masas. Hoy vivimos una época de transición entre la sociedad de masas y la sociedad planetaria. Muchos son los factores que favorecen ese paso: la revolución digital, el impresionante desarrollo de las comunicaciones, las facilidades insólitas para el transporte y también -en relación con todo esto- las transformaciones en las mentalidades de las jóvenes generaciones en el ámbito de la cultura, en el sentido más amplio del término.

¿De qué manera puede cambiar todo esto nuestra actitud hacia las personas de cultura(s) diferente(s)? ¿Qué influencia tendrá esto en mi relación con el Otro? Responder a estas preguntas es algo indispensable, pero estamos hablando de un fenómeno en curso, en el cual nosotros mismos estamos inmersos.

Multiétnico y multicultural

Levinas planteó la cuestión de la relación Yo-Otro en el marco de una sola civilización histórica y homogénea en el plano étnico. Malinowski estudió las tribus de Melanesia en una época en que todavía conservaban, esencialmente, su estado original, al abrigo de la contaminación posterior.

Esto ahora es muy raro. La cultura se convierte cada día en algo más híbrido, heterogéneo, mestizado. Recientemente fui testigo en Dubai de una escena reveladora. Una joven se paseaba al borde del mar. Musulmana, sin sombra de duda. Su cabello y toda su cabeza estaban envueltos en un velo islámico anudado de manera tan puritana y hermética que ni siquiera se le veían los ojos. Pero al mismo tiempo llevaba una blusa y un jean muy ajustados...

En nuestros días existen escuelas de pensamiento, en disciplinas tales como la filosofía, la antropología y la crítica literaria, que prestan una atención particular a todos estos mecanismos de "hibridación", de multiculturalismo y de mestizajes culturales. Esto se observa sobre todo en las regiones donde las fronteras entre los Estados también han sido fronteras entre culturas (como la frontera de Estados Unidos con México), al igual que en megalópolis como San Pablo, Singapur o Nueva York, donde reina una mezcla de razas y de culturas de lo más variadas.

Decimos del mundo actual que es multiétnico y multicultural, no porque haya aumentado la cantidad de comunidades y de culturas, sino porque éstas hablan con una voz cada vez más audible, independiente y determinada, exigiendo el reconocimiento de su justo valor y un lugar en torno a la mesa de las naciones.

La segunda mitad del siglo XX representa un momento en que dos tercios de la población mundial se liberaron del yugo colonial y se volvieron ciudadanos de Estados independientes. De a poco, esas personas comenzaron a descubrir su propio pasado, su cultura, su imaginario, sus mitos y sus leyendas, sus raíces y su identidad. Y una vez que asumen esos descubrimientos, extraen de ellos un legítimo orgullo.

Esas mujeres y hombres, antes colonizados, quieren ahora controlar su destino y ya no soportan ser tratados como objetos, como figurantes, como las víctimas pasivas de una antigua dominación extranjera.

Nuestro planeta, habitado durante siglos por un puñado de hombres libres y por enormes masas de seres humanos reducidos a la esclavitud o a la servidumbre, vio multiplicarse la cantidad de naciones soberanas que adquirieron un sentido de su propia identidad y de su importancia política creciente a medida que aumentaba su número. Este fenómeno ha chocado a veces con inmensas dificultades, traducidas en conflictos y tragedias, con su tremendo lote de víctimas.

Todo esto abre la vía hacia un mundo tan nuevo que las experiencias acumuladas en el transcurso de la historia no nos bastarán para comprenderlo y para tener puntos de referencia. De todas maneras, podemos calificarlo de "Planeta de la Gran Oportunidad". Pero con algunas condiciones.

En este mundo futuro, caeremos en cualquier momento sobre un nuevo Otro que, de a poco, emergerá del caos y de la confusión de nuestra contemporaneidad. Debemos tratar de comprenderlo y de dialogar con él. Este Otro nace de la confluencia de dos corrientes que influyen en la cultura del mundo contemporáneo: la corriente de la globalización liberal, que uniformiza nuestra realidad; y su contrario, la corriente que preserva nuestras diferencias, nuestra originalidad y nuestra "irreproductibilidad".

Mi experiencia de coexistencia durante largos años con Otros, muy alejados de nosotros -Blancos, Occidentales, Europeos-, me enseñó que la buena disposición hacia otro ser humano es la única manera de hacer vibrar la cuerda de la humanidad común.

¿Quién será ese nuevo Otro? ¿Cómo será nuestro encuentro? ¿Qué nos diremos? ¿En qué lengua? ¿Sabremos escucharlo? ¿Sabremos comprenderlo? ¿Sabremos, ambos, seguir lo que -según las palabras de Joseph Conrad- "habla de nuestra capacidad de alegría y de admiración, tanto si se dirige al sentimiento de misterio que rodea nuestras vidas, como a nuestro sentido de la bondad, de la belleza y del dolor, al sentimiento que nos une a toda la creación; y a la convicción sutil, pero inquebrantable, de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones: a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en las pasiones, en las ilusiones, en la esperanza y el miedo, que acerca a todo ser humano a su prójimo y reúne a toda la humanidad, los muertos y los vivos, y luego los vivos con los que todavía no han nacido"?

Autor/es Ryszard Kapuscinski
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 79 - Enero 2006
Páginas:28, 29
Traducción Lucía Vera
Temas Sociología, Discriminación
Países Australia, España