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El desafío de la oportunidad

Es tan cierto que toda crisis es también una oportunidad como que toda oportunidad lleva en germen una crisis, en el sentido de que aprovecharla supone analizar sus requisitos, adaptarse a ellos y crear a tiempo los mecanismos para concretarla. En otras palabras, toda oportunidad requiere una transformación, más o menos profunda, del estado de cosas existente. Si esto no ocurre, el momento pasa. Si las transformaciones se intentan, pero mal y a destiempo, la oportunidad se diluye y las modificaciones realizadas generan una crisis, ya que se habrán invertido tiempo y recursos para adaptar lo viejo a una nueva situación que acabará por no concretarse.

Éste es exactamente el momento que vive la integración en América Latina. Nunca antes en su historia se habían dado condiciones políticas, económicas y sociales semejantes. Hay en primer lugar una necesidad de integración evidente, determinada por el tipo de globalización que tratan de imponer los grandes países desarrollados: una desenfrenada puja por mercados y enclaves de producción desregulados que les permitan aumentar sus márgenes de ganancia y hacer más competitivos sus productos en los mercados solventes, en el marco de una cada vez más aguda confrontación comercial. Se trata de una carrera absurda y a término explosiva, porque en su fase actual, signada por la especulación financiera y un sistema productivo y de servicios que cada vez necesita menos trabajo humano 1, el capitalismo acaba por destruir los mercados que conquista. Al cabo de dos décadas de neoliberalismo los países en desarrollo parecen haberlo comprendido, tal como demuestran los crecientes intercambios Sur-Sur, los reiterados fracasos de los países desarrollados por imponer sus reglas en la Organización Mundial del Comercio 2 y el de Estados Unidos por formalizar el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), entre otras manifestaciones.

En segundo término, los perjuicios económicos y sociales que ocasiona el neoliberalismo han generado una reacción política global de la que, entre otros muchos, los sucesos de Seattle, Praga y Génova y el extraordinario éxito del Foro Social Mundial (FSM) iniciado en 2001 en Porto Alegre y que actualmente tiene numerosas manifestaciones nacionales e internacionales (este artículo se escribe en Caracas a fines de enero, donde tiene lugar el FSM 2006, luego del de Bamako, Malí, una semana antes), hablan por sí mismos.

Pero es en América Latina, y en términos de acceso al gobierno por vía democrática de partidos o frentes políticos con claro mandato anti-neoliberal, que esta reacción se está materializando con mayor fuerza y tiene trazas de continuar 3. Ante la compleja situación mundial, estos gobiernos -a los que pronto podrían sumarse otros, como Perú, Nicaragua e incluso México- vienen multiplicando iniciativas de integración regional -Mercosur; Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN); Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA)- con mayor o menor grado de concreción o ambición, pero basadas en la necesidad común y en una suerte de despertar de conciencia sobre las ilimitadas posibilidades de una región que lo tiene todo y, llegado el caso, no necesita de nadie: territorio, población, recursos naturales, autosuficiencia alimentaria y energética, conocimiento, desarrollo industrial, científico y tecnológico, capitales, mercados potenciales, unidad lingüística y cultural...

Lo deseable, lo posible y lo real

Pero entre la evidente necesidad, las condiciones políticas favorables y la materialización, aun parcial, de un proyecto de esa envergadura, hay un largo y muy dificultoso camino que, más allá de declaraciones y proyectos rimbombantes, los actuales dirigentes no se deciden a transitar.

En este sentido, el Foro Social Mundial es un buen espejo de la situación. Hay aquí en las calles, por un lado, el entusiasmo y el bullicio político, las consignas "anti" y "pro" tan justas y bienintencionadas como carentes de proposiciones concretas. Por otro -y a pesar de una notable desorganización- interesantísimos debates sobre los más diversos temas en los que persiste el ambiente agitador, pero donde se escuchan análisis profundos, a cargo de especialistas, sobre las contradicciones y dificultades y, con menos frecuencia -todo hay que decirlo- propuestas de corto, mediano y largo plazo para la materialización de objetivos. Cuando toca el turno a algún dirigente político o sindical, su discurso, con raras excepciones, tiende a conectar mucho más con el consignismo callejero que con los requisitos de todo tipo que impone la realidad, sobre todo los referidos a las propias limitaciones.

Éste es casi exactamente el espectro que refleja la construcción del Mercosur, por no hablar de la CSN o el ALBA, de momento dos entelequias (Sader, pág. 4). En el Mercosur, "la calle" ha puesto en el gobierno a dirigentes populares con un claro mandato democrático, igualitario y soberanista 4; por su parte, los intelectuales, especialistas y grupos de estudio serios de todos los países se desgañitan por que el proyecto se dote de estructuras mínimas, establezca planes de corto, mediano y largo plazo, defina y concrete prioridades, etc., mientras los políticos se dedican a multiplicar reuniones y espectaculares anuncios muy mediatizados pero, tal como van las cosas, de dudosa concreción. Para citar dos ejemplos: el presidente venezolano Hugo Chávez presenta como una victoria la creación de Telesur, una suerte de CNN latinoamericana, que si bien es cierto es una iniciativa de extraordinaria necesidad e importancia, su contenido editorial es más propagandístico que profesional y aún carece de las condiciones de difusión eficaces que le permitan devenir un verdadero canal popular en toda América Latina. Por su parte, el conflicto entre Uruguay y Argentina por la instalación de dos papeleras en la ciudad uruguaya de Fray Bentos no hace más que expresar la ausencia de reglamentaciones ambientales claras y exigibles para todos: si así fuera, probablemente Uruguay no podría instalar sus plantas, pero Argentina debería cerrar o modificar las varias altamente contaminantes que desde hace años operan en su territorio. Así miradas las cosas, este conflicto no es más que cacareo político e incompetencia diplomática.

A pesar de los evidentes progresos en materia de voluntad y proyectos (banco de inversión sudamericano; gasoducto; Enarsa, junta de defensa, integración de la industria bélica, etc.), hasta ahora poco ha cambiado en materia de estructuras y modus operandi, de modo tal que, por caso, cada vez que la industria argentina de zapatos se queja de la competencia brasileña, o viceversa, los Presidentes de ambos países deben organizar una reunión personal para discutir pares más, pares menos. Las pataletas recientes de los socios menores, Paraguay y Uruguay (que amenaza con firmar un tratado bilateral con Estados Unidos), tienen por cierto mucho que ver con el paternalismo condescendiente de Brasil y Argentina, pero sobre todo con la falta de instancias permanentes de discusión en las que cada uno pueda hacer oír su voz con independencia del tamaño. Qué decir de la variedad de asuntos de enorme importancia, como la compatibilización de las respectivas industrias automotrices, respecto de los cuales los gobiernos siguen operando como un cuerpo de bomberos. Más allá de la política, la ausencia de criterios estratégicos de integración hace que los gobiernos de Lula y Kirchner no hayan logrado firmar un solo acuerdo comercial en más de dos años 5.

En suma, el Mercosur sigue siendo por ahora, como en los tiempos de Alfonsín-Sarney o Menem-Cardoso, un puro acuerdo arancelario y poco más. En este contexto no resulta extraño que Chile, el país con más alto nivel de institucionalización y menor índice de corrupción, se muestre reticente a integrar el Mercosur como miembro pleno y que el flamante presidente boliviano Evo Morales deba pensárselo con detenimiento.

El ejemplo de Europa

Por supuesto que los miembros y las circunstancias históricas son diferentes, pero resulta muy interesante analizar los altibajos de la construcción europea desde la perspectiva del Mercosur. Las fusiones o integraciones estratégicas de Estados -incluso la de Estados Unidos- se realizaron siempre a través de guerras, conquistas, vencedores y vencidos. La Unión Europea (UE) es la primera experiencia histórica pacífica y democrática a gran escala que desde el principio se concibe a sí misma como progresiva (empezó con cinco Estados y sólo en los rubros del carbón y el acero, al promediar el siglo pasado) y homogénea, porque aspira a integrar regiones y países atrasados mediante ayudas de los más adelantados. Éste es el principio esencial, no carente de interés estratégico: los países o regiones favorecidos por las ayudas son futuros mercados cautivos.

Hasta llegar a la moneda única y su actual composición de 25 miembros, la UE se fue dotando de un órgano directivo -la Comisión Europea- de un presupuesto, de un Parlamento con crecientes atribuciones y, mediante diversos tratados, de una serie de reglas comunes en seguridad, fiscalidad, etc. Su gran déficit sigue siendo una política exterior y de seguridad común y en este momento se encuentra congelado un proyecto de Constitución que fue rechazado por los ciudadanos franceses y holandeses, reflejo de un debate que atraviesa el continente: ¿Europa de mercaderes o Europa social?

No faltaron ni habrán de faltar las crisis: en 1988, cuando se superó una situación de cuasi quiebra, se votó un presupuesto que permitió consolidar el mercado interior, integrar a España y Portugal y encarar el fin de la Guerra Fría. En 1993 se duplicaron los fondos estructurales y se creó el Fondo de Cohesión, destinado a países cuya renta no alcanzaba el 90% de la media europea. También hubo crisis políticas: en tiempos del anglófobo Charles de Gaulle (¿qué pasaría en el Mercosur si Lula perdiese este año las elecciones?); o cuando se firmó el Tratado Schengen, que eliminó las fronteras internas; o cuando se suscribió el económico-financiero de Maastricht, que obligó a varios países a realizar referendums para obtener la aprobación de sus ciudadanos. A principios de 1999, algunos miembros de la Comisión Europea fueron acusados de mal manejo de fondos o nepotismo 6, pero eso concluyó en la creación de un órgano supervisor independiente que ajustó los controles. Ese mismo año, el Tribunal de Cuentas denunció irregularidades en la gestión de los 600 millones de dólares adjudicados a Rusia y los países del Este para reparación y mantenimiento de sus centrales nucleares. En rigor, esos cuestionamientos reflejaban las presiones ciudadanas para que el Parlamento Europeo asumiese sus tareas de control y fiscalización.

El presupuesto comunitario se establece con una proyección de seis años. Hay países aportantes y países y regiones receptoras; estos últimos se transforman en donantes cuando han alcanzado las metas. Las discusiones son complicadísimas, porque existen otros fondos en juego (subvenciones a regiones con renta inferior al 75% de la media y a las que sufren declive industrial) y porque las variables de análisis y medición son numerosas: población, riqueza regional relativa, déficits estructurales, infraestructura vial y de comunicaciones, etc.

Lo que realmente importa entender es el criterio de homogeneidad que prevalece y sus resultados: las ayudas estructurales hicieron que, en una década, Grecia, España, Portugal e Irlanda acortaran en diez puntos la distancia que los separaba del 90% de la media europea. Si se toma como medida el PBI per capita, Irlanda ya había alcanzado el objetivo en 2000.

Una vez más, todo es muy distinto por estos pagos, pero una cosa parece clara: ese estilo de trabajo y planificación sigue siendo completamente ajeno al populismo ambiente. Y la oportunidad puede esfumarse.

  1. El director de la Organización Internacional del Trabajo, Juan Somavía, declaró en enero pasado, ante los participantes del Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, que "el mundo enfrenta una crisis global de empleo de enormes proporciones... (éste) es uno de los mayores peligros para la seguridad que enfrentamos hoy. (...) Si decidimos continuar por este camino, el mundo corre el riesgo de fragmentación, proteccionismo y confrontación. La persistente carencia de oportunidades de trabajo decente, las inversiones insuficientes y el bajo consumo llevan a una erosión de las bases del contrato social que caracteriza a las sociedades democráticas: que todos debemos compartir el progreso", Argenpress-Info (www.argenpress.info), 25-1-06.
  2. Las dos últimas reuniones de la OMC, en Cancún 2003 y Hong Kong 2005, resultaron dos rotundos fracasos. Ver dossier en Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Buenos Aires, diciembre de 2005.
  3. Ver dossier "Democracias revolucionarias", en Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, enero de 2006.
  4. Ibid.
  5. Alejandra Gallo, "El Mercosur, entre la política y la economía", Clarín, Buenos Aires, 20-1-06.
  6. Carlos Gabetta, "Trapitos al sol en la Unión Europea", 3Puntos, Buenos Aires, 17-1-1999.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 80 - Febrero 2006
Páginas:2,3
Países Argentina