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Narcotráfico y democracia

 1. En junio pasado, durante los atentados y crímenes organizados desde una prisión de "alta seguridad" por el jefe de los narcotraficantes de la ciudad de San Pablo, Brasil, el gobierno estatal solicitó a la compañía telefónica que anulara la línea de teléfono celular del preso, para que no pudiera seguir impartiendo órdenes desde su celda. La compañía respondió que le parecía más sencillo y lógico que la policía despojara al prisionero de su celular...

2. "(...) hoy, la amenaza real para nuestras sociedades es una combinación del crimen organizado y el tráfico de drogas (...) la guerra contra las drogas va mucho más allá de los daños que inflingen a los individuos. Los grandes beneficios del narcotráfico indican que el crimen organizado puede corromper nuestras instituciones en el más alto nivel. Si pueden hacer eso, entonces nuestras democracias están en peligro", (Raymond Kendall, secretario general de Interpol, ante el Congreso Anual de la Organización Internacional de Policía del Crimen) 1.

3. A continuación se reproduce íntegro el artículo "Una nueva guerra de religión", publicado por el autor en la revista 3 puntos, Buenos Aires, el 12-6-98.

"El mismo día en que comenzaba en Nueva York la Asamblea General de las Naciones Unidas con el narcotráfico como tema, Televisión Española proyectó un notable filme de Raoul Walsh, The roaring twenties, con James Cagney y Humphrey Bogart, rodado en 1939. Si esa programación no fue casual, chapeau. Porque toda la problemática que plantea hoy el narcotráfico está allí, concentrada en un país, Estados Unidos; en un momento de desenfreno especulativo y desocupación, la década del veinte, y en relación con una única substancia prohibida, el alcohol. El personaje de Cagney es el de uno de los miles de jóvenes estadounidenses que combatieron en las trincheras europeas durante la Primera Guerra Mundial y que al regresar no hallaron sitio en el mercado de trabajo. Su generación estaba lanzada a la búsqueda del dinero fácil: se ganaba durante el día especulando y se dilapidaba por las noches bebiendo whisky adulterado en los tugurios clandestinos. Por la mañana, un nariguetazo y a Wall Street. Al principio era casi un juego; un grupo de moralistas medio chalados habían logrado prohibir nada menos que el alcohol, sustento cultural sajón y protestante. ¿Qué podía haber de malo en proporcionar diversión a los muchachos? Pero pronto empezó a circular dinero grande y la competencia se hizo feroz. La clase política, los banqueros y la policía se implicaron, cada uno a su manera y en su nivel. El gran negocio pasó a ser la protección jurídica y política a los gángsters, el blanqueo. En la calle, la disputa por las porciones del mercado pasó de las trompadas y los bates de béisbol primero a las pistolas, después a las ametralladoras.  Las grandes ciudades se convirtieron en un infierno. Las muertes eran todas por intoxicación; de mal alcohol algunas, de plomo todas las demás. La justicia devino una farsa; la política, una tapadera. En octubre de 1929, el castillo se desbarató en una noche: la burbuja especulativa estalló y después del crack de Wall Street el desempleo y la pobreza se hicieron masivos. Franklin Delano Roosevelt ganó las elecciones prometiendo derogar la ley seca y volver las cosas a su sitio sajón y protestante: trabajo duro y bien hecho, pago de impuestos y servicio religioso el domingo. En privado, que cada uno haga de su vida y de su cuerpo lo que le venga en gana. El delito debe estar perfectamente acotado; soportado como inherente a la condición humana. Al fin y al cabo, manejado con discreción es funcional (resulta útil para ciertas tareas sucias), pero no puede, no debe, ser el corazón del sistema.

En el filme, el personaje de Cagney es el de un gángster sentimental que mata al desalmado Bogart para impedir que éste asesine al marido de la mujer que ama, antes de caer él mismo ante la puerta de una iglesia -un detalle- con una bala en la espalda. La película finge contar esa historia de amigos de la guerra que van por caminos distintos en una sociedad frívola y desorientada. La que cuenta en realidad es la del poder manejando a su antojo a la gente común. Pierden los esbirros a la hora en que ya es bastante y hay que cambiar; los que no se han reciclado a tiempo en la política o los negocios ‘limpios' terminan como chivos expiatorios. Los buenos pierden siempre.

Ampliemos, globalización obliga, el territorio de Estados Unidos al planeta entero. Cambiemos teletipos por computadoras, desempleo por marginación masiva y alcohol por variadas ‘substancias prohibidas por las autoridades sanitarias', como las llama con irónica precisión Horacio Verbitsky para no contribuir a la confusión general (drogas son todas: el alcohol, el café, la nicotina, los somníferos, ansiolíticos y anfetaminas que consumen más o menos legal y diariamente cientos de millones de personas en el mundo), y situemos la acción en tiempo presente y a escala del planeta. Veremos que el moralismo sigue siendo en realidad doble moral, pero ahora participan todos; políticos, jueces, banqueros, policías, periodistas, no pocos intelectuales. El gran consumo no está en los países periféricos sino en los centrales; no en la calle ni en los barrios marginales, sino en el mundo de los negocios, la política, la farándula y las clases medias, porque es allí donde está el dinero. La miseria física apenas roza esos ambientes, porque pueden comprar las substancias de mejor calidad y pagar las clínicas de recuperación. El negocio es mundial y mueve 400.000 millones de dólares anuales (suele manejarse un monto superior; éste es el que se citó en la ONU; el ‘lavado' se estima en 200.000 millones) que no pagan impuestos y financian campañas políticas, corrompen jueces y policías, se legalizan en negocios de misteriosa rentabilidad o rinden interés en los paraísos fiscales controlados por los grandes bancos internacionales.

Esto resulta funcional a la alta política. En los años ochenta, el gobierno de Ronald Reagan autorizó una ingeniosa triangulación: el contrabando de heroína iraní hacia los consumidores estadounidenses, para financiar con sus beneficios la venta de armas a la ‘contra' nicaragüense, prohibida por el Congreso. El teniente Oliver North, esbirro de la operación, fue acusado y juzgado; está libre y es un héroe nacional para los conservadores. Es sólo un ejemplo. La excusa del ‘narcoterrorismo' (expresión acuñada en la época Reagan), sirve para vender armas, chantajear políticos e instalar antenas de espionaje en otros Estados, violar sus leyes y las internacionales: la Drug Enforcement Agency (DEA), el FBI y la CIA han realizado operaciones ilegales en numerosos países, en especial México. ‘La calle' no es ahora Chicago, sino un enorme, lúgubre barrio que se extiende desde los bolsones de miseria de los países desarrollados a casi todo el resto de la humanidad. Lo esencial de la corrupción, violencia, enfermedad y muerte ocurre allí. El sistema obtiene lo más jugoso y limpio de la ganancia de esta situación singular; su corazón está protegido, si no a salvo.

Vistas así las cosas, se entiende que el único progreso -por lo demás puramente declarativo- de esta 20º Asamblea General de la ONU haya sido la aceptación explícita de que se debe actuar tanto sobre el consumo como la producción, el comercio y el blanqueo. Una ‘victoria' para países como México y Colombia, promotores del tema en esta reunión, cuya clase política e instituciones están hasta las manos en el narcotráfico. Pero la metodología seguirá siendo puramente represiva, la visión y el manejo del problema, policial. Más de 600 filósofos, escritores, políticos, economistas, científicos y juristas, entre ellos ocho premios Nobel, enviaron una carta pública al secretario general de la ONU, Kofi Annan, solicitando un estudio desprejuiciado, realista y sobre todo científico del tema, que debería concluir en la despenalización, el control legal y la utilización social de los beneficios e impuestos. La iniciativa fue del Lindesmith Center, un instituto de investigación creado en 1994 en Nueva York por el Open Society Institute, de George Soros. Entre los firmantes estaban el propio Soros, Milton Friedman, Günter Grass, Fernando Savater, la comisaria europea Emma Bonino, el ex secretario general de la ONU Javier Pérez de Cuéllar y Adolfo Pérez Esquivel. Denuncian que ‘la guerra que se libra actualmente contra las drogas en el mundo puede estar causando más daños que el mismo abuso de drogas'. El presidente de la comisión de relaciones exteriores de la Asamblea Nacional francesa, Jack Lang, pidió ‘un verdadero debate sobre las drogas; acabar con la política del avestruz y el tartufismo'. El secretario de Estado de salud, Bernard Kouchner, declaró que está por la legalización. La lista de especialistas de la salud, científicos, filósofos, historiadores y juristas que van en la misma dirección, aun con matices importantes, se amplía en forma vertiginosa.

Teóricamente, en la ONU se enfrentaron dos concepciones diferentes: la de los jefes de Estado, que insiste en la represión, y la de los ministros y especialistas en salud, que pregonan la prevención y la educación, cuando no la legalización. Pero sólo se oyó una voz, la de los políticos y su policía. Ya puede Soros ser el emblema del hombre de negocios neoliberal; Friedman el pope del monetarismo y la revista inglesa The Economist el difusor globalizador más prestigioso: sus opiniones no son autorizadas en el tema narcotráfico. Los representantes de 185 Estados, entre ellos 36 Presidentes, no tuvieron en cuenta un sola voz discordante, no analizaron un solo informe científico serio, plural y desapasionado, a pesar de que luego de décadas de política represiva y de miles de millones gastados en acabar con los cultivos, la producción no cesa de aumentar: en 1996 Colombia sembró 40.000 hectáreas de coca; en 1998, 70.000. En ese período se fumigaron 26.000 hectáreas. El consumo de drogas sintéticas prohibidas, de fácil fabricación e imposible control, futuro inmediato y aterrador del narcotráfico, aumentó el 35% en dos años.

La de la ONU fue una reunión de políticos sin coraje, ignorantes del tema o con intereses ocultos; una misa del pensamiento único. El presidente francés, Jacques Chirac, acabó su intervención llamando a ‘una gran cruzada de Naciones Unidas contra la droga'."

4. Ahora pregúntese el lector, a la luz de lo que está ocurriendo en San Pablo, en México, en Colombia, en Argentina 2, si algo ha cambiado desde 1998...

  1. Carlos Gabetta, "La República ante el país mafioso", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, marzo de 2005.
  2. Ibid.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 87 - Septiembre 2006
Páginas:3
Temas Narcotráfico, Seguridad
Países Brasil