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La equidad, núcleo del progreso

Argentina ocupa el primer lugar en América Latina en cuanto a producto o ingreso por habitante, pero tiene una posición bastante más desfavorable en algunos indicadores importantes de desarrollo social, en especial pobreza e indigencia. Subsanar los daños de la experiencia neoliberal.

Esta asimetría debe ser eliminada y el nivel de desarrollo social debe ser, al menos, equivalente al del desarrollo económico, según los estándares internacionales. Esta es una parte del "salto cualitativo" al que se aspira. La otra abarca la realización de algunas reformas imprescindibles para alcanzar un mayor nivel de equidad y así revertir la tendencia que persiste desde hace décadas. Se trata de una tarea mucho más compleja que la anterior pero su realización es imperativa. Un rápido examen de algunas áreas del desarrollo social permite aclarar estos conceptos.

1. Empleo

Los principales desafíos que presenta son la reducción de las tasas de desocupación abierta y de empleo informal. Uno de los principales éxitos del actual gobierno ha sido disminuir la tasa de desocupación: en el segundo trimestre de 2006 había bajado a 10,4%; exactamente la mitad del máximo de 20,8% alcanzado en mayo de 2002. No obstante, dicha tasa se elevaría a 12,8% si no se consideraran ocupados a los miembros del Plan Jefes y Jefas de Hogar. La cifra actual de desocupación es mayor a la que existía en el país en 1990 (7,4%) y muy superior a la de 1974 (3%), aunque semejante a la que existe en el promedio de América Latina (10% en 2004). Una meta deseable sería que llegase a 5% o menos, a fin de acercarse al nivel existente a mediados de la década de los '70. Parece factible, tomando en cuenta las cifras recientes de creación de empleo, disminución de los beneficiarios del Plan de Jefes y Jefas y el incremento de la elasticidad empleo/producto.

La disminución del empleo "informal" o "en negro" ha sido mucho más lenta. Todavía afecta a alrededor del 44% de la fuerza de trabajo y abarca, en especial, asalariados no profesionales en pequeñas empresas; trabajadores independientes no calificados del comercio y la construcción; obreros agrícolas; empleadas domésticas y miembros de los planes sociales. Estos trabajadores carecen de protección legal, padecen sub y sobreocupación y reciben remuneraciones mucho menores que las de los trabajadores registrados. Por consiguiente, sería deseable que en los próximos cuatro años se redujera al menos a la mitad la proporción existente de trabajadores informales.

2. Pobreza e indigencia

Como es sabido, la crisis de 2001 aumentó de manera drástica la proporción de pobres e indigentes: en octubre de 2002 alcanzaron 54,3% y 24,7% respectivamente. La disminución de esas tasas ha constituido un éxito importante, ya que bajaron a 31,4% y 11,2% respectivamente en el primer semestre de 2006. De todos modos, todavía 12,1 millones de personas son pobres, de los cuales 4,3 millones son indigentes. Resulta prioritario que el gobierno realice el máximo esfuerzo para que continúen disminuyendo hasta, al menos, alcanzar un nivel semejante al de Uruguay. Pese a tener un PIB por habitante que es 30% inferior al de Argentina, los niveles de pobreza e indigencia en ese país son de 15,4% y 2,5%.

3. Salud, vivienda, saneamiento y educación

Los niveles de pobreza e indigencia son indicadores indispensables pero no suficientes para evaluar el nivel de desarrollo social de una población. Deben considerarse también otros relativos como educación, salud, vivienda y saneamiento básico, que requieren lapsos prolongados para mejorarse pero, a su vez, empeoran menos que los de pobreza e indigencia durante las crisis.

Argentina presenta una buena situación en cuanto a aquellos indicadores en comparación con la mayoría de los países de América Latina 1. Una situación inversa es la de Brasil, que tiene niveles de pobreza e indigencia inferiores a los de Argentina pero, por ejemplo, proporciones mucho más elevadas de población sin educación primaria ni sistemas apropiados de saneamiento básico.

Pero todavía hay mucha tarea por delante en estos aspectos. Por ejemplo, considerando sólo algunos indicadores de salud, la tasa de mortalidad infantil ha descendido de manera sistemática en las últimas décadas y en 2004 era de 14,4 por 1.000 nacidos vivos, pero todavía está lejos de la alcanzada por Cuba (6,0). La tasa de mortalidad materna en 2004 era de 4,0 por 10.000 nacidos vivos, cuando la de Uruguay es de sólo 1,0. El porcentaje de nacidos vivos con bajo peso al nacer en 2004 era 7,6%, mientras que en Chile había descendido a 0,8%. En suma, en estos aspectos deberíamos alcanzar, al menos, los valores logrados en Uruguay, Cuba y Chile que suelen tener indicadores sociales mejores que los nuestros pese a que el ingreso por habitante en dichos países es inferior al de Argentina.

4. Distribución del ingreso

La reducción del desempleo abierto, la indigencia y la pobreza junto a la mejoría de algunos indicadores básicos de educación, salud, vivienda y saneamiento básico son metas que resultan alcanzables en unos pocos años si, como asegura el gobierno, continúan y en algunos casos se amplían los esfuerzos desplegados hasta ahora. Mayores dificultades se enfrentarán con la reducción del empleo informal, porque ello implica modificar aspectos importantes de la relación entre capital y trabajo. Aun mayores serán las dificultades para hacer que la distribución personal y funcional del ingreso sea más equitativa.

La controversia reciente acerca de los criterios metodológicos que debieran utilizarse en la medición de la distribución personal del ingreso no altera el hecho decisivo de que a lo largo de las últimas décadas ha aumentado de manera notable la brecha que separa a los más ricos de los más pobres (el 10% más elevado y el 10% más bajo en la escala de ingreso). A mediados de los setenta los primeros tenían un ingreso diez veces superior a los segundos, a mediados de los ochenta había aumentado a 15 veces, a mediados de los noventa a 19 veces, en 2002 casi llegó a 30 veces y a principios de 2006, después de algunas fluctuaciones, era de 29 veces. En suma, una tendencia poderosa, impulsada por factores tecnológicos, económicos y políticos que resulta muy difícil modificar aun con la ayuda de un fuerte ritmo de crecimiento económico.

La evolución de la distribución funcional del ingreso en el último medio siglo no es fácil de reconstruir porque la serie anterior dejó de actualizarse de manera oficial en 1974. Los datos de aquellos años muestran que la participación del trabajo tendió a estar en torno a 45%, con picos de más de 50% en la primera parte de los '50. Recientemente el INDEC ha presentado una nueva serie 1993-2005 -no comparable con la anterior-  en la cual estima que la proporción del valor agregado bruto de la remuneración del trabajo asalariado que era de 44,7% en 1993, se redujo a 34,6% en 2002 para a aumentar en 2005 a 38,6%. La proporción que se han llevado las empresas no constituidas en sociedad -cuentapropistas, empresarios de pequeñas empresas- también se redujo: 21,6% en 1993, 13,4% en 2002 y 14,0% en 2005. Finalmente, el ingreso que se apropian las empresas constituidas en sociedad -excedente de explotación bruto- aumentó de manera considerable ya que de 33,7% en 1993 llegó a 51,9% en 2002, para reducirse en 2005 a 47,4%.

O sea que durante el apogeo del período neoliberal y su crisis las medianas y grandes empresas se apropiaron un 18,3% del ingreso total que antes era captado por los asalariados, cuentapropistas y pequeños empresarios, situación que comenzó a revertirse a partir de 2003. El actual gobierno ha logrado frenar la tendencia inequitativa que siguió a la distribución funcional del ingreso hasta 2002; pero debería tomar medidas adicionales para disminuir el considerable nivel de desigualdad persistente.

Entre las medidas de base que deberían tomarse para lograr ese objetivo destaca la reforma del sistema tributario. Por cierto, aquí no se puede hablar de metas sino de generar conciencia social y consenso político a fin de comenzar a remontar una cuesta muy complicada.

5. La transformación de los sistemas sociales de educación, salud y previsión

La experiencia neoliberal, comenzada a mediados de los setenta, dejó su impronta en los sistemas educativo, de salud y previsión en múltiples aspectos. Desde el punto de vista del desarrollo social, uno de los más importantes es la segmentación. Diversos factores, como el incremento sustancial de la demanda, el debilitamiento intencional de la capacidad del Estado para responder a la misma y el aumento de la desigualdad en la distribución de la riqueza y el ingreso hicieron añicos los sistemas públicos de servicio social, que fueron sustituidos por otros que se segmentan para responder a la desigual capacidad adquisitiva de cada una de las clases sociales. Los servicios sociales reflejan la desigualdad distributiva: cada uno recibe el servicio que es capaz de pagar. Los servicios sociales no deberían consolidar la desigual distribución del ingreso monetario sino, al contrario, contrarrestarla.

No es posible abundar un tema tan complejo como difícil de resolver por sus implicaciones sociopolíticas. Sólo cabe señalar que la construcción de una sociedad más equitativa requiere transformar estos servicios reduciendo la segmentación mediante la aplicación del principio de solidaridad. Ante los evidentes defectos de las reformas neoliberales aplicadas a los servicios sociales, en muchos países de América Latina se han propuesto y llevado a la práctica múltiples ideas que intentan compaginar los intereses individuales, la factibilidad financiera y las necesidades colectivas. En Argentina, el gobierno ha decidido que la reforma del sector educativo encabece y ponga en marcha el indispensable proceso de reformas de los servicios sociales. Es un paso muy importante que debiera completarse con la puesta en discusión de proyectos relativos a la reforma de la salud y la previsión, de manera que en pocos años el Estado de Bienestar ya no parezca un ideal inalcanzable. Este sí sería el gran salto cualitativo del desarrollo social. 

  1. Según el "Informe sobre tendencias sociales y educativas en América Latina 2006" de la UNESCO, Argentina se ubica junto a Uruguay y Chile entre los países con mejores indicadores educativos: menores índices de analfabetismo, mayor nivel de escolarización, acceso y permanencia en el sistema. No obstante, esos progresos "se están frenando" y "difícilmente alcanzan a la población más pobre", Clarín, Buenos Aires, 24-10-06.
Autor/es Adolfo Gurrieri
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 89 - Noviembre 2006
Páginas:6
Temas Estado (Política), Economía
Países Argentina